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Los jóvenes de ayer

Ya correspondería, como cada año, ir dejando pasar a las Malvinas al olvido, hasta el año que viene. Esta vez esa inercia se rompe y es bueno hacer gimnasia consciente con cada inercia que se rompe. Es bueno porque es por eso, por las inercias rotas, que este país es mejor que aquel en el que fuimos jóvenes los que hoy andamos por los cincuenta. Aquel país era porfiadamente costumbrista. Tenía la costumbre, entre otras cosas, de maltratar a los jóvenes.

Este año Malvinas trajo, como un reflujo de la historia reciente, la memoria de los soldados. Los puso en foco mejor que nunca. Estaban ellos también bajo un manto de neblina verde oliva. A dieciséis años de la abolición del Servicio Militar Obligatorio, hubo que volver a pensar en aquellas largas décadas en las que la iniciación de nuestros varones estaba unida a ese año de sus vidas que el Estado les embargaba para darles instrucción militar, y en el que eran los militares –aquellos militares, los que combatían al enemigo interno– los que les hablaban de la Patria. Tuvo que morir uno más, a golpes, ya bien entrada la democracia, en el Regimiento de Zapala, para que en 1994 se terminaran los colimbas.

No era nada extraordinario que se muriera misteriosamente un colimba. No era nada raro tampoco escuchar de humillaciones, castigos y discriminación. Estaba naturalizado bajo un sentimiento general de impotencia. Justamente por eso el asesinato del soldado conscripto Omar Carrasco, a quien primero se había declarado desaparecido y más tarde desertor, desató el escándalo. Eso fue lo que su padre se negó a creer, que su hijo hubiese desertado. Esa palabra empujó la investigación.

Este año, Malvinas no se agotó el 2 de abril. Al día siguiente, Edgardo Esteban decía en la televisión: “Para empezar, es raro estar hablando de Malvinas un 3, porque siempre todo terminaba el 2. Ahora es una cuestión de Estado”. En Malvinas confluyeron, ahora, las piezas que estaban dispersas alrededor de un tema incómodo, indigesto. El Informe Rattenbach no era del todo secreto, se habían hecho películas y escrito libros sobre el estaqueamiento y las torturas a los soldados, los testimonios de esos soldados circulaban desde hacía algunos años los 2 de abril en la televisión, ya existía la iniciativa de asimilar esas torturas como crímenes de lesa humanidad, pero ahora tuvo oídos institucionales y todo eso se fundió en el contexto internacional. El hecho de haber instalado a Malvinas en la agenda diplomática regional, de haber resignificado la escena completa de Malvinas, recargó su intensidad.

A más de uno, este año, el tema Malvinas lo perforó como ningún reality show podría perforar a nadie. La televisión no se comunica con esa parte de uno. Se detiene en el entretenimiento y en el área personal que se autosatisface con estímulos externos de baja calidad. Lo que perfora es la historia, lo que a uno lo atraviesa es sentirse de pronto un sujeto histórico preciso, en contacto con millones más. Eso no se mide en rating. Pertenece a otro reino, a otra región de lo humano, donde no hay cinismo y sí, tal vez, haya ideales, que se esparcen después, como esquirlas, en forma de convicciones.

Vivimos rodeados, intervenidos y limitados por mitos que a veces, en tiempos excepcionales, se deconstruyen y dejan ver su entretejido de alambre. En el relato gran mediático sobre 1982 se ofrece una sociedad argentina hipnotizada por el “patrioterismo”, y ya habrá –es cuestión de esperar– quien de ahora en más quiera comparar cualquier plaza llena con “la plaza de Galtieri”. Sólo hay que meterse en la cabeza de los mitólogos y se pueden prever argumentaciones variopintas cuya estructura siempre es la misma: tomar cualquier elemento del presente, enviarlo al pasado, envolverlo en alguna metáfora vergonzante y devolverlo al presente ya manchado.

No estuve en la plaza del 2 de abril, pero sí en la del 14 de junio, cuando la Junta primero convocó a la Plaza y después avisó que se reprimiría a los manifestantes. Fue entonces que comenzó a llegar mucha gente. También estuve en la marcha del 30 de marzo, aunque esa vez la marcha vino hasta donde estaba yo. Trabajaba en Humor, en Piedras y Chacabuco, y hasta allí llegaron los gases y la montada; algunos manifestantes se refugiaron en el hall de la redacción. También es mentira que nadie se daba cuenta de lo que estaba pasando y del motivo de la guerra, pese a las tapas de los diarios y las revistas de actualidad que estuvimos repasando esta semana, y que mostraban un alineamiento hasta excesivo con el régimen. Se ignora si se les pedía tanta mentira. Pero en 1982, miles de ciudadanos no creían ni una palabra de lo que decían Gómez Fuentes o Grondona, o las revistas Gente o La Semana, o los diarios Clarín y La Nación. Por algo ésa fue la época dorada de Humor. Por algo la dictadura ya estaba fisurada, y la Multipartidaria estaba armada. Cuando, después de haber tragado los gases del 30, el 2 de abril nos enteramos del desembarco en Malvinas, si bien hubo miles que fueron a la Plaza, hubo otros miles que masticaron más rabia. “Estos tipos para quedarse son capaces de vender a la madre”, fue lo primero que dije o escuché: esa línea estuvo de entrada. Ya ese día. Aunque lo que estaban haciendo era matar a los hijos. Una vez más. Habían querido exterminar a una generación y con la guerra abortaban la siguiente.

Todas estas lecturas de la realidad nos pertenecen. Muchas de las que circulan, porque fueron ciertas, pero también las que se ocultan, las que quedan opacadas por las generalizaciones que tienden a hacer creer que todos hacíamos lo mismo, que todos éramos una masa informe de consentimiento y canallada, que todos estábamos obligados a decir lo mismo. La memoria debe funcionar completa, con lo que este pueblo tuvo de torpe y de facilista, pero también con lo que tuvo de resistente.

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