La intimidad de un folletín

Gastón Garriga, autor de la novela La Cuestión del puerto, narra en esta nota la cocina de la trama, que transcurre en 2040 y en la que interviene el Comando Celestial.

“La cuestión del puerto”: la intimidad de un folletín

La novela, escrita durante la cuarentena, tiene influencias cruzadas, de Philip Dick a Marechal y de Oesterheld a Verne. Narra los hechos de 2040, cuando los líderes de la Argentina, asesorados por el Comando Celestial, asumen que no se puede exportar la revolución justicialista al resto de la región sin resolver antes las cuestiones domésticas. Buenos Aires, la ciudad pantano,  el reducto unitario, se separó de Argentina en 2023, pero no le va tan bien. Es la hora de la reunificación, pacífica y definitiva.

La chispa inicial. Fue en abril, todavía no hacía frío, pero se había perdido la calma tradicional de los domingos a la noche. Seguíamos, pegados a la pantalla, las idas y vueltas por la presencialidad escolar entre nación, ciudad y justicia, como una definición por penales. Entonces recordé un comentario de sobremesa de un amigo: “el resquicio que permitió que se reestructurasen las fuerzas unitarias, hasta ganar una elección democrática por primera vez en 2015, fue la constitución del 94. La policía, el puerto, son discusiones del siglo XIX que vuelven en el XXI”. Entonces lo había comprendido, pero ahora podía verlo claramente. Con un agregado: si este mundo de algoritmos desbocados nos hace rediscutir la forma del planeta o la utilidad de las vacunas, por qué no se reeditaría el conflicto entre Buenos Aires y el resto del país?

Eros en estado puro. Esa noche escribí un capítulo, no recuerdo cuál, y me fui a dormir con una sonrisa enorme. Al día siguiente ocurrió lo mismo. Al tercero, la historia se empezó a configurar en mi cabeza. Empecé a obsesionarme, a pensar en ella con mucha frecuencia, a esperar el momento de sentarme a escribir como se espera a una amante. Hay que preparar el lugar, elegir el sillón, la luz, asegurarse de que los chicos duermen para no sufrir interrupciones, mirar las fotos de Arlt y Marechal en la pared y encomendarse a ellos. Pequeños rituales que propician el clima y hacen fluir las palabras. Fueron treinta noches, treinta capítulos, treinta entreveros intensos, agotadores… y felices. 

Contrarreloj. “La cuestión del puerto” será ebook y libro este verano, pero ya se publicó como folletín, a razón de dos capítulos por semana durante este invierno en www.lacuestiondelpuerto.com.ar y en varias revistas digitales y sitios de noticias.  ¿Por qué el apuro? Porque la realidad es tan dinámica que lo que hoy es ciencia ficción mañana puede ser ficción a secas. Y porque la literatura y el humor son formas de desnaturalizar y objetivar lo que ocurre. Política pura. Cuando no podemos transformar la realidad, la literatura nos consuela, nos da la oportunidad de crear otro mundo. Allí decidimos el destino de cada personaje, jugamos a ser dios por un rato. Queríamos ridiculizar la soberbia porteña, por eso el apuro.

Línea de montaje fordista. Escribir es un acto solitario. Editar, producir, por suerte, no tanto. Daniel Roncoroni, lector compulsivo, recibía mis textos recién escritos, todavía calientes, los corregía y les agregaba, después de una meticulosa selección, el epígrafe que mejor encajaba. Entre ellos conviven citas de Borges, Sarmiento, Viñas, Cooke y el Indio Solari, entre otros. Rodolfo Parisi los esperaba en su quincho, atelier y museo del peronismo: el salón Benito Juárez, en Devoto. Allí leía, releía y luego elegía la técnica, el motivo, los colores. Cada capítulo tiene por lo menos tres ilustraciones. No es una novela gráfica, pero está cerca. “El todo es más que la suma de las partes”, vieja máxima gestáltica.

¿Qué sigue? Estamos conversando con dos editoriales para publicar este verano. Pero intuimos que la historia da para más. Puede ser podcast, animé, miniserie, todas las opciones son bienvenidas. Queremos que la gente, sobre todo los pibes, se la apropien y le den una nueva vida. Por ahora tiene una circulación medio under, medio clandestina, que no nos disgusta para nada. 

También es cierto que el hecho culminante del relato, que es la concentración en Plaza Las Heras un 9 de junio no está narrada, nos despedimos de los personajes cuando marchan. Escribir sobre una movilización peronista es como organizarla: un kilombo. Bueno, este es un kilombo mayor, porque reúne a peronistas terrestres y celestes. Mejor tomarse el tiempo necesario, reunir la energía y hacerlo bien, para no desatar ninguna interna…

Fragmentos

Capítulo “Juanjo, cambio de planes” 

-Además, hay compatriotas sufriendo mucho ahí. Son compatriotas, hay que hacerse a la idea-, dijo la voz inconfundible de Evita. Se dio vuelta a mirarla y le sonrió. Era la primera vez que se le presentaba. Supo de inmediato que, si no había ocurrido antes, había sido por prejuicios de ellos. Celebró íntimamente que los veteranos machirulos empezaran a deconstruirse, aunque fuera ahí. Nunca es tarde, pensó.

-Tenemos información-, agregó el viejo. -Hay presencia británica en Montevideo, como no se detectaba hace bastante. No puede ser casual. Lo digo por experiencia, uno no puede descuidarse cuando se trata de…

-La pérfida Albión-, completó la frase Máximo. Su padre sonrió con orgullo, al verlo tan metido en tema, pendiente de los detalles.

-Perdón, ¿hay café, General?

Capítulo “Gobernador”

El Rusito solía recibir en cueros para mostrar las cicatrices y los puntazos recibidos en los años difíciles. Era una manera de marcarles la cancha a los intendentes que venían a manguear obras o partidas. Era comprensible. Al Rusito lo habían denostado mucho durante su primer mandato. Que era porteño, que no era peronista, que era muy petiso. Al sentarse en 5 y 53, afloró en su sangre la herencia de los gauchos judíos. En su caso, no se trató tanto de las tareas agrícolas y la producción, como de la afición al caballo, al naipe y el culto al coraje, en general. 

Al segundo mandato mudó la residencia oficial a un campo en Villa Elisa. La élite de la policía que estaba a cargo de su custodia se fue transformando también, hasta convertirse en una renombrada montonera, “Los Leales al Ruso”, con los que entrenaba cada día técnicas de combate cuerpo a cuerpo. Veinte años ininterrumpidos despachando en la provincia más importante del país, habían modificado sus gustos, sus intereses, sus prioridades y sus costumbres.

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