Campo, inflación y divisas

Algunos apuntes sencillos sobre los temas económicos que se debaten públicamente y cualquiera dice disparates. Nota de Gastón Garriga.

Uno, bimonetarismo. Argentina no tiene problemas económicos. Tiene, como mucho, subproblemas, o distintas manifestaciones -con la inflación en primer lugar-, de un problema único y central: su condición bimonetaria. Si la restricción eterna es algo que aqueja a la mayoría de las economías medianas que requieren divisas para profundizar su desarrollo, el bimonetarismo es una patología exclusivamente criolla. Vamos un poco más allá. El bimonetarismo es, a la vez, característico y constitutivo de nuestro rol colonial en la economía internacional. Un noventa y pico por ciento de argentinos trabaja, gana, consume y vive en pesos, pero apenas un puñado exporta commodities, los cobra en dólares y aspira a recibir cada vez más pesos y por eso apuesta contra la moneda nacional. Como consecuencia, el noventa y pico ahorra o aspira a ahorrar en dólares, cerrando el círculo.

Dos, ley de Murphy. Todo lo que puede empeorar, empeora. Claro que hay monopolios y oligopolios, pero el problema adicional es que después de la pandemia subieron los precios internacionales y, para acceder a la comida, competimos, con nuestros pesos devaluados, contra consumidores que tienen dólares, euros o yuanes y sólo la intervención de un Estado fuerte y firme podría corregir esta deriva. 

Pero el Estado que tenemos hoy, desmantelado en su capacidad operativa por Macri -gran dolarizador de todas las variables menos los salarios- y por motivos que no vale la pena enumerar, es el más golpeado y menos potente desde la crisis de 2001. Hasta acá, nada nuevo: se sabe en círculos políticos, académicos y periodísticos, aunque no se diga. El problema es que no lo sabe mi vecino, ni mi mamá…

Tres, problemas de comunicación. “La emisión”, “el clientelismo”, “el gasto político”, “los planes sociales”. Todas estas son, en el lado no politizado de la luna, que es el más poblado, las causas de la inflación. Una enorme mayoría de argentinos piensa su mayor problema en los términos en los que sus antagonistas quieren que piensen. “Vamos a comprar al almacén con el manual… que escribió el almacenero”, decía Jauretche y está hoy más vigente que hace medio siglo. Frente a esto, el recurso más habitual es la queja, la indignación frente al rol de los medios. Respuestas morales a un problema político que requiere, obviamente, respuestas políticas.

En la narrativa dominante “el campo” está asociado al trabajo y a la producción y cualquier política distributiva es confiscatoria, intervencionista o autoritaria. Hasta acá, el problema de la renta extraordinaria y el consecuente poder político del complejo agroexportador pampeano fue encarado como un issue de redistribución. La bandera de la redistribución permitió, hace una década, capturar unos puntos de renta extraordinaria y convertirlos en AUH y netbooks, pero ese enfoque está hoy agotado. 

Cuatro, framing y narrativas. El problema económico -el bimonetarismo y la inflación- debe asumirse como un issue de desarrollo. El complejo agroexportador pampeano, rentista y evasor, constituye una barrera que impide el desarrollo, la industrialización, el empleo y la generación de valor. La producción de granos genera poquísimo empleo y mucha inflación. Los exportadores usan esos dólares para apostar contra el peso -esto es, contra el docente, el tachero, el comerciante y el jubilado- y extorsionan al gobierno de turno, que no tiene cómo remplazar esos dólares, con ese poder. 

¿Qué interés tiene ese sector en que la Argentina se industrialice y diversifique sus fuentes de divisas? Ninguno, porque eso implicaría pérdida de poder político y, en consecuencia, de rentabilidad. ¿Qué es una actividad estratégica? Aquella que provee a un Estado la mayor cantidad de ingresos. ¿Se desentendió Chile del cobre, Bolivia del litio o Venezuela del petróleo o Francia de sus vinos? No. Los estados intervienen, con distintos mecanismos, en las actividades de las que dependen, con regulaciones fuertes, empresas testigos -todo remite a Vicentín- o estatizaciones parciales o completas. Entonces, la condición bimonetaria, la falta de divisas, el precio de la comida, ¿se resolverían con menos o más intervención estatal?

Explicar e instalar esto será, sin duda, fatigoso, lento y complejo. Pero hasta para negociar con los secuestradores hay que tener al menos alguna carta.

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