Si te atrapa, no te suelta

Mañana, 9 de noviembre, es el Día de los Maestros Rurales. Una crónica con el delantal puesto. Nota de Alicia de la Fuente.

Otra vez me despierto cinco minutos antes de que suene la alarma en mi celular. Ya estamos en presencialidad completa en el secundario rural y la mente volvió a acostumbrarse a la rutina horaria. Mi perro se para en dos patas en la reja y se queda inmóvil. Me despide con un quejido cuando me subo al remise. Veinticinco kilómetros por el ripio. Hay desgarrones de neblina. Parecen trapos gigantes tirados al azar en algunos sectores del campo.

La bandera del cielo de hoy es de tres franjas: una  superior azul noche, una central naranja fuego y la inferior negra, de tierra. En la de arriba todavía está la C de la luna menguante y un par de estrellas. 

Hay una moto estacionada en la esquina, contra el paredón de la escuela. Es de Ángel. Vino de otro colegio y a principios del año siempre llegaba tarde porque lo traía un tío con sus primos que entraban a la primaria a las ocho. Pero desde que arregló la moto, es el primero. Aparece antes que los profesores. La portera le abre el aula de tercero. Cuando pasamos por el pasillo lo vemos aprovechando la calefacción y el wifi.

La bandera trepa por el mástil altísimo. La están izando  los futuros egresados, la promoción dos mil veintiuno. Los que pasaron su cuarto año en pandemia, con poquísima o nula conexión de internet, sin salidas, sin contacto con los amigos y compañeros del colegio. Tienen un hambre inocultable de vínculos. Se sienten unidos por la remera que diseñaron combinando rayas negras, verdes, rosadas y violetas. En letras doradas dice “Promo Hudex”. Colgaron la bandera con sus nombres en una de las paredes del salón de clase.

No alcanzan las aulas grandes y más nuevas  para todos los cursos. Por eso,primero y segundo tienen clases en el galponcito de atrás. Las paredes son prefabricadas. Calientes en verano, heladas en invierno. Las estufas no son suficientes.  Las ventanas son chiquitas y miran al sur. Y tienen que estar abiertas por el protocolo de ventilación cruzada del covid. Las caras son un retazo de piel con dos ojos apenas visibles detrás del barbijo, los gorros de lana bajados hasta las cejas y coronados con las capuchas de los buzos de algodón o las camperas. En un extremo, los pizarrones negros. En el otro, espera la olla con leche para preparar chocolate caliente en el recreo largo de las nueve y media. Sobre una de las paredes, paneles de colores donde, con alfileres, están pinchados los nombres de todos, letras de canciones, dibujos, personajes de cuentos inventados y la regla de los signos para multiplicar números enteros.

Javier camina despacito hasta llegar al banco. Habla poco.  Se saca el casco y lo apoya en el piso, contra la pared al lado de su silla. Hoy se olvidó los guantes. Le miro las manos moradas de venir ocho kilómetros en el cuatriciclo expuesto al aire frío. Las pone cerquita de la estufa pero igual le tiemblan cuando quiere escribir con letras mayúsculas, chiquitas, apretadas.  Ayer vino la mamá y me contó:

  • Javi se levanta a las dos de la mañana para hacer el tambo con nosotros. 
  • ¿Todos los días?- le pregunto casi con incredulidad pensando en sus catorce años.
  • Todos. Quiere ayudarnos siempre. Y no le gusta faltar a la escuela.
  • ¿Y se acuesta de nuevo a las cinco cuando terminan?
  • A veces sí…otras veces se queda completando carpetas porque a él le cuesta un poco, ¿vio? Y a las siete menos cuarto ya sale para acá…

Esperan con ansias el recreo largo. Toman apurados la leche y se llevan los paquetes de galletitas al patio. No hay panes con dulce de leche porque el protocolo marca que todo alimento tiene que entregarse envasado. Se apuran a comer porque ya salió el sol y hay que hacer rendir los minutos para jugar al vóley y al fútbol. Los equipos son siempre mixtos.

David dice:

  • Mejor que Tamara vaya al arco porque pega muchas patadas…
  • ¡No! ¡Hoy juego al centro!- y nadie le discute más.

La cancha de fútbol es inmensa, de tamaño profesional. Tiene arco de un solo lado. Del otro, ponen un par de camperas para marcar los postes. El rocío de la madrugada ya se fue y se puede patear la pelota sin mojarse los pies.

Me siento a tomar un café y aparece Anahí:

  • Profe, ¿tenés una cinta adhesiva ancha para prestarme?
  • Sí, sacá una del armario marrón.
  • Mirá…-me dice mientras se agacha con la cinta en la mano.

Se le abrieron las zapatillas en los costados. Las dos. Se sienta en el piso y con rapidez  da varias vueltas abarcando la suela y los cordones.

  • ¡Listo! ¡Me están esperando para seguir con el vóley!- guarda la cinta y sale corriendo. Cuando llega al pasillo, frena y desde ahí se asoma y me grita:
  • ¡Gracias!

Anahí tiene catorce años y también hace el tambo de la madrugada y el de la tarde. Su hermano volcó en el auto un día que volvía de dejarla en la escuela. Le hicieron cirugía en pleno auge del coronavirus. Tuvo que estar solo en la ciudad grande. Tiene más de veinte puntos en el brazo que le quedó débil. Ya no puede trabajar como antes y a ella le toca ayudar más. Nunca la escuché quejarse.

En cuarto resuelven ejercicios de Química. En tercero salen a filmar y sacar fotos para un corto. En quinto analizan una planta de soja que trajo Cristian. Axel estuvo trillando la semana pasada. Los dos se entusiasman cuando los temas tratan sobre sistemas productivos. Llega la profe de Biología y los estudiantes de primero y segundo salen a la huerta. Hay aroma a eucaliptus y poleo. Ese que las hormigas dejaron con las ramitas peladas, pero renació. Las palas remueven la tierra preparándola para los almácigos.  Las lechiguanas se adueñaron de la canilla del tanque que almacena agua de lluvia así que riegan con agua común, de la napa. Se oyen conversaciones cruzadas al aire libre:

  • ¿Terminaste el trabajo de Geografía que hay que presentar mañana?
  • Ese tik tok no quedó lindo, hagamos otro…
  • Chicos, marquen aquí con el hilo, este es el espacio para los rabanitos.
  • Pero el delantero de Colón, ¡qué caño que le hizo!, ¿lo viste?

Los escucho hablar y me viene el recuerdo de la maestra caracol, esa que recorría las zonas del campo santafesino en un vagón viejo devenido en aula. 

La esencia de la ruralidad es intransferible. Pero una vez que te atrapa no te suelta más.

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