Caín

A veces hay que pellizcarse, porque todo el escenario macrimileísta es peor que una pesadilla: nos despertamos y sigue estando. Es como si en lugar de haber estrenado gobierno hace poco más de un mes, este país hubiese mutado de mariposa a larva. Todo para atrás. Y no porque hubiésemos sacado cabeza, qué va, pero militamos por un 2024 en el que el gasoducto Néstor Kirchner iba a ser clave, íbamos a entrar a los Brics, cuyo Banco ya nos había guiñado los dos ojos.

Militamos la salida colectiva. Geopolíticamente también, porque así como Tucumán no se va a salvar sola, la Argentina tampoco. Ni cada uno de nosotros. Militamos lo que creemos que es lo único efectivo para mejorar nuestras propias condiciones de vida, pero entendiendo que las vidas de todos mejoran al mismo tiempo o no mejoran más. Un Estado que cobije.

Pero ahora la orquesta toca otra melodía. No hay una sola vez que se escuche a un funcionario que no escupa bilis, que no extorsione o que no amenace. Los macrimileístas son gente profundamente agresiva. Es la única forma de comunicación que conocen. Pero todo es tan vertiginoso, que aun dentro de la distopía aparece también lo que parecía utópico: el primer acto de resistencia popular a un proyecto de desapoderamiento nacional como nunca se ha visto en la historia, convocado por la CGT y al que adhirieron las CTA. La manifestación popular más grande de los últimos tiempos, si sumamos las réplicas, algunas de decenas de miles, que hubo en todo el país y en todo el mundo. Un acto corto y al pie en el que no solo se habló de los trabajadores organizados, esa afrenta “colectivista” que la ultraderecha no tolera, sino de todos los sectores, y que culminó con Taty Almeida y las Madres Línea Fundadora pidiendo un minuto de aplausos por la muerte de Sara Rus.

Como una señal o una parábola, la vida de Sara Rus, que terminó el mismo miércoles 24 a los 96 años, había comenzado en Polonia con la persecución nazi y su confinamiento en Auschwitz a los catorce años, donde fue asesinada casi toda su familia. Sara logró sobrevivir con su madre y recaló en la Argentina, donde formó su propia familia. El pasado había quedado atrás pero el espanto volvió en la dictadura, en 1977, cuando desaparecieron a su hijo Daniel.

Hasta hace poco, ese trazo grueso de la vida de Sara, que la hizo vivir dos genocidios, era apenas un dato estremecedor. Pero el día de su muerte sonó a alerta. Porque esas cosas pasan. Esas cosas horribles, abominables, pasan. Ahora mismo están pasando en muchos lugares del mundo, como en Gaza. Cosas que no pueden ser narradas sin la sensación de que uno, al contarlo, está yendo demasiado lejos, que hay que ahorrar detalles, como el chirrido de miedo en los dientes de los niños que llegan heridos a una carpa de la Cruz Roja después de un bombardeo. Cuando se publicó la primera edición del Nunca Más, muchos lectores no pudieron terminar de leerlo, porque la náusea los interrumpía.

Preferimos creer que las grandes tragedias humanitarias quedan lejos o son excepcionales, pero basta que los grandes consensos de un pueblo que rompan, basta el aturdimiento de una crisis profunda o la incertidumbre generalizada reaparezcan, para que los motores del odio se enciendan, y las atrocidades más impensadas descompongan lo humano. Vivimos una época en la que ese instrumento de acción política totalitaria es fácilmente introyectable a través de la tecnología. Muchísimo más que en 1933.

En la noche del miércoles, en una charla radial con Mauricio Kartun –en la que explicó que Argentores también está en peligro porque a Milei no le gustan las mutuales-, le dije: “Hay muchos Caínes ahora” y se rió. “Y sí, está lleno”. Vi muchas veces su obra Terrenal. Me marcó mucho más de lo que le conté. Porque es una síntesis perfecta de dos maneras de estar vivo. La de Caín y la de Abel. La de los traidores y la de los leales, en principio, en el principio de todo, a la palabra, al verbo. Están los que usan la palabra para comunicarse con el otro, y los que la usan para engañarlo. Pero sobre todo, por lo de siempre, por lo del Génesis: “¿Acaso soy yo el guardián de mi hermano?”, le dijo Caín al padre cuando le preguntó por Abel, a quien ya había asesinado, desentendiéndose.

Lo que se nos hace inconcebible de un totalitarismo como el que se propone el macrimileísmo, lo que nos provoca este azoramiento que está a punto de convertirse en furia, es la impunidad de su crueldad. Su soberbia al mismo tiempo que su ignorancia, su desparpajo para subvertir cualquier consenso. Lo que nos fuerza a rechazarlo es que todo el tiempo sin parar nos grita que somos una mierda y que tenemos la libertad de morirnos. ¿De dónde salió esta escena de brutos que trabajan para ricos y ricos brutos que a todas luces tienen en mente reventar este país para beneficio propio, y hacerlo todo muy rápido, como un golpe comando financiero?

Todo el enorme entramado político, social, sindical, sectorial, independiente que fue a la marcha del miércoles, y que está encontrando en su propia cohesión y su propia heterogeneidad su fuerza arma política, debe mantenerse articulado de ahora en adelante. Es la tarea. El pueblo unido. La sabemos.

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