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El virus en pueblo chico

SEPTIEMBRE TRAJO FLORES Y ALGO MÁS

Suardi.  Una localidad santafesina, doscientos cincuenta kilómetros al norte de la capital provincial.

El lunes catorce, una pareja fabricaba velas aromáticas.

  • Alcanzame la esencia de vainilla – dijo ella.
  • Aquí está. 
  • Pero… ¡esto no huele a nada!
  • ¿Cómo qué no?  ¡Si es fuertísimo el aroma!
  • Yo no lo siento…

Se miraron. Sin decir nada él fue a la cocina, puso un poco de vinagre en una taza y volvió.

  • ¿Y este líquido?
  • No tiene olor. Eso es agua.

Las artesanías se interrumpieron y hubo una llamada al hospital.

Con las reinvenciones de la cuarentena aparecieron cosas deliciosas. Los cafés personalizados de Marcela. Las lasagnas con champignon y cheddar de Federico. Las pizzas con nombres de equipos de fútbol italiano de Kevin. Los postres helados de Gustavo. Los alfajores de lemon pie de Lara y las tortas altísimas de Karina.

El miércoles dieciséis, hice un listado de cosas dulces, incluida la torta, para armarle una merienda  sorpresa a Javier, mi marido, que cumplía años al día siguiente.  A él le encanta cocinar cuando vienen amigos de visita. Tiene sus especialidades: locro, carne al disco con verduras, puré cremoso y un flan de huevo con caramelo líquido que nunca le falla. Pero odia los cumpleaños. No le gusta que le canten y menos aún, apagar una vela. El dos mil veinte  le cumplió los deseos.

A las ocho de la noche, escrito con mayúsculas, entró un mensaje en mi WhatsApp:

“URGENTE. CONFIRMADO. PRIMER CASO DE CORONAVIRUS EN SUARDI. MUJER JOVEN QUE EMPEZÓ CON FALTA DE GUSTO Y OLFATO. ESTÁN AISLANDO A TODOS LOS CONTACTOS. LO CONFIRMÓ A NUESTRO MEDIO EL DIRECTOR DEL HOSPITAL”.

Y explotaron las comunicaciones. Todos buscaron nombres concretos. Aparecieron los rumores típicos del pueblo chico que todavía no se acuerda que es ciudad desde hace dos años. Suposiciones. La desesperación de ser el primero en pasar un dato nuevo. Miedos. Preguntas.

Llamé a mi papá, de ochenta y dos años, que hacía apenas una hora había estado en casa:

  • Mejor no salgas por unos días hasta que se aclare el panorama…
  • ¡No hay ningún problema! Ya tengo todo armado para sobrevivir en fase uno…

Corté la llamada con la certeza de que estaba planeando una comida nueva para guardar en el freezer e invitarnos a almorzar cuando acabara su nuevo aislamiento.

Las visitas familiares quedaron prohibidas. El jueves reduje mi lista dulce a los minialfajores de Lara. Cubrí la mesa del almuerzo con mi mejor mantel, el que tiene bordadas hojas de roble y arce. Busqué los platos  Verbano y las tazas de café que saco cuando hay visitas. Solamente para dos. En un extremo acomodé los regalos que nuestros hijos mandaron por Mercado Libre. Cuando llegó del trabajo, Javier tuvo el cumpleaños menos concurrido de toda su vida. Pero inolvidable, con corona (no confundir con Coronavirus).

El nombre de la chica del caso uno estaba en boca de todos. La entrevistaron por la radio local, junto con su esposo, y la nota con foto salió en el diario digital.  Con el correr de las horas se produjo el efecto tubo de dentífrico. En una crisis que aprieta, cada uno sacó lo que tenía adentro: 

  • ¡Hay que ir a patearles la puerta!- decía un grupo de jóvenes sentados en un paredón a la tardecita, la hora de la cerveza.
  • ¡Los políticos viajaron de incógnito a Rosario y trajeron el virus! ¡Que salgan a aclararlo por el Facebook!

Juan, un egresado de la promo 2020 que este año se quedó sin fiestas, sin acto de colación, sin baile de egresados, y quizás sin viaje a Bariloche, publicó un mensaje en las redes sociales:

OFREZCO REALIZAR GRATUITAMENTE MANDADOS, TRÁMITES, O CUALQUIER SERVICIO NECESARIO PARA LAS PERSONAS QUE ESTÉN EN SITUACIÓN DE RIESGO.

Muy pronto aparecieron seis nombres más, chicas y chicos que se adhirieron a esta propuesta solidaria. En el Facebook, la Municipalidad publicó un anuncio: “Si estás en aislamiento y necesitás contención, estamos para escucharte y acompañarte. No dudes en llamarnos”. Y una lista con los nombres y números de contactos telefónicos privados de cinco profesionales de la salud con el slogan: “VOS CUIDATE, NOSOTROS TE ACOMPAÑAMOS”

Más de ciento cincuenta personas entraron en aislamiento preventivo. La chica uno era muy activa en la comunidad. Atendía un negocio y daba clases en el club. Además había estado cenando en familia el domingo anterior, en uno de los bares más concurridos. La ciudad chica dio la ventaja de saber exactamente con quién se había cruzado. El número de casos que se enviaban cada día a analizar era vox populi.

  • ¿Viste que de los cinco primeros hisopados, solamente hay dos positivos?

Y el resultado se replicaba por las redes sociales. En las colas del banco y del supermercado. En las conversaciones entre adolescentes y en charlas de los mayores. Era casi como un Boca-River, o para Suardi, un Sportivo-Juniors, los dos clubes rivales. Era el partido contra el coronavirus.

De repente, de estar en el podio entre las cinco ciudades santafesinas con más de diez mil habitantes que no se habían infectado en seis meses, pasamos a ser casi los leprosos de la zona. Los dos pueblos vecinos, San Guillermo y Morteros (que pertenece a Córdoba) se mantuvieron invictos. Y nosotros, geográficamente en el medio, teníamos habitantes saliendo todos los días al norte o al sur, para trabajar o ir al médico. Los controles de ingreso a las otras  ciudades seguían estrictos como al principio. 

  • Buen día, nombre y apellido por favor. Número de patente. Teléfono de contacto.
  • Te los paso…
  • ¿De dónde viene?
  • De Suardi.
  • ¿¿De Suardi?? Tenemos orden de no dejarlos entrar…

La primavera estalló en lapachos rosados, amarillos y blancos. El veintiuno, también fue el día del estudiante. Sin juntadas. Sin picnic en el parque. Sin presentación de bandas musicales ni elección de la reina. Sin competencia de los egresados 2020  mostrando sus camperas y remeras.

Ese mismo lunes, la gente que tuvo que salir de Suardi por trabajo o salud se encontró con lo nuevo: los test. Llamadas al hospital, a los médicos particulares. ¿Qué hay qué hacer? ¿Cómo y dónde? Los primeros exámenes se hicieron en la farmacia. Un pinchazo y una gota de sangre sobre el reactivo. En segundos aparecía la línea. La espera era más expectante que la de un test de embarazo.

A los pocos días cambió el protocolo. El test debía ser hecho por un bioquímico que avalara con su firma el resultado. Con este papel en mano o en formato pdf en el celular, algunas ciudades vecinas aceptaron el ingreso de los trabajadores. Pero solamente a lugares donde no hubiera contacto directo con los habitantes.

El viernes a la siesta tuve una reunión por meet con una colega docente y los estudiantes de tercer año del secundario de Arrufó.  Esta localidad queda cincuenta kilómetros al norte de Suardi. Naty vive ahí. Las dos somos de disciplinas artísticas y les presentamos un proyecto grupal, destinado a los chiquitos de tercer grado de la primaria. Siempre se enganchan con los trabajos de proyección hacia la comunidad. Pero en este encuentro percibí algo raro. Nuestros dos rostros eran los únicos que aparecieron en la pantalla. El resto era un tablero con mayúsculas: T, M, A, J…metidas en círculos como fichas de un juego de damas. Algunas piezas tenían la foto de una cara, otras un personaje de dibujo animado o de videojuegos. Cuando les pedí que conectaran la cámara por unos segundos, para poder  verlos, solo uno apareció. Los demás, muteados. Excepto dos de las chicas, nadie quiso usar el micrófono. Únicamente respondieron por chat y con frases cortísimas. Ni siquiera se asomaron para la despedida, donde solemos sacar una foto final del grupo.

Cerramos la reunión y le pregunté a Naty:

  • ¿Qué les pasa? Si este grupo en clase no para de hablar y viven sacándose fotos…
  • Es que anoche apareció el primer caso de covid de Arrufó. Nos pasaron a fase uno…

Para fin de septiembre, los casos positivos en Suardi llegaron a doce. Contactos estrechos de la chica uno. Entre ellos el esposo, el suegro y un hermano. Todos presentaron síntomas leves o directamente fueron asintomáticos. Nadie internado. Y todavía no se pudo definir cómo se inició el contagio. Ya casi están por salir del aislamiento.

Pero yo recibí un mensaje de mi hijo desde Córdoba:

  • Me duele detrás de los ojos y estoy muy cansado. ¿Tendré covid?
  • Quedate sin salir y esperá hasta mañana por si aparecen otros síntomas.
  • Me parece que tengo fiebre…
  • Prepará un té con jengibre rallado, miel y limón. Tomalo bien caliente y quédate en la cama.

Al día siguiente a la mañana me volvió a escribir.

  • Me empezó a faltar el olfato y los amigos con los que estuve el finde están igual que yo.
  • ¡Ni se te ocurra poner un pie fuera del departamento!
  • Es que tengo poca comida…
  • Hacé de cuenta que sos Robinson Crusoe y arreglate con lo que haya.
  • ¡Pero él era ficticio!

Yo estaba justo chateando con mi primo y le conté. El me escribió:

  • Decile que Daniel Defoe era real y escribió esa ficción para que el que naufragara en una playa pudiera sobrevivir
  • Me va a decir que él no está en una playa… ¡Lo conozco como si lo hubiera parido!

A la tarde llegó otro mensaje:

  • Ma, tengo hambre. Acá hay arroz, polenta, un huevo, una berenjena, un poco de harina para pizzas, una caja abierta de salsa de tomate, un poquito de aceite y dos cebollas. No tengo leche, ni queso, ni pan.

Le mandé dos recetas rápidas. La primera: lavar bien las papas con cáscara, cortarlas en fetas de un centímetro de ancho y pasarlas por un bowl donde previamente haya puesto aceite, sal y polenta. Cocinar en horno fuerte veinticinco minutos. Quedan crujientes y no se pegan en la asadera. La segunda: Cortar bien fina la cebolla, dorarla en aceite y agregar la berenjena en daditos junto con la salsa de tomate. Cuando la mezcla esté cocida, echar el huevo y revolver. Usar la preparación como salsa para el arroz blanco.

A la mañana siguiente llamó para contarme que se había levantado a las seis para no cruzar a nadie del edificio. Bajó con doble barbijo, llevó un algodón con alcohol y fue limpiando todos los botones que tocó en el ascensor y la manija de la puerta. Tomó un taxi para ir al hospital a hacerse un hisopado. La cola llegaba hasta la terminal. Diez cuadras de gente guardando distancia de un metro y medio en el frío de la mañana. Algunos estaban ahí desde hacía horas. Ni se bajó del vehículo. Volvió al departamento y siguió guardando estricto aislamiento hasta cumplir los catorce días.

Inolvidable este septiembre de dos mil veinte que hizo florecer hasta al covid.

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Política

Pandemia, sectores populares y comunicación

No hay peor pobre que el que tiene coronavirus

*Por Mauro Brissio y Leticia Cocuzza

A diferencia de lo que muchos creen, el COVID-19 nos trajo una oportunidad: la de detectar las desigualdades que operan en el interior de una sociedad capitalista. Todos vimos cómo el virus, que se expandió rápidamente de forma democrática, ha dejado -y aún continúa haciéndolo- un elevado saldo de víctimas, correspondiente a los sectores marginados de la población.

Es que el sentido común nos advertía que ahí el coronavirus no debía llegar. No se necesita ser un experto en infectología o especialista en políticas sociales, para entender la compleja situación que se vive en las zonas en donde persiste la pobreza estructural. Sin dudas, esos sectores han sido los más golpeados, primero por las políticas de exclusión del gobierno de Mauricio Macri y luego, por la actual pandemia. Si a las necesidades básicas insatisfechas le sumamos la repentina propagación de este enemigo invisible que no perdona, estamos frente a un combo perfecto para una parca que termina siendo injustamente clasista.

Vemos a menudo cómo se llenan las tapas de los diarios con noticias alarmantes sobre el crecimiento de los contagios en las villas de CABA y GBA. Esto contribuye a la conformación de un imaginario colectivo que asocia la pobreza con el COVID-19. El pobre no solo es negro, vago, chorro y drogadicto, por citar algunos de los adjetivos calificativos más escuchados, sino que también ahora se le añade la categoría de propagador de esta enfermedad.

Sin embargo, paradójicamente, nos horrorizamos con el racismo, la violencia y el maltrato que se dan a nivel mundial. Nos indignamos con casos como los de George Floyd, el afrodescendiente asesinado por la policía de Estados Unidos, por el solo hecho de ser negro. Pero no tomamos conciencia de los comentarios denigrantes y ofensivos y de los actos discriminatorios y despreciativos que, lamentablemente, son moneda corriente en nuestro país.

Una lógica comunicacional que ha sido históricamente el argumento de la derecha y que se ha convertido en el mayor logro del liberalismo, es el de haber instalado la idea de que los sectores populares son los que viven del Estado, los mantenidos por las clases que pagan los impuestos. Según el mismo criterio, los pibes pobres delinquen porque quieren, porque les resulta más cómodo que salir a trabajar. Esto no solo relativiza el problema de fondo, sino que además provoca una pereza intelectual bastante conductista y reduccionista ―propia de la colonización del sentido común― que no ve más allá de lo que un titular le indica, culpando al pobre de todos los males que aquejan a la sociedad.

De muestra tomaremos algunos titulares de varios diarios argentinos que no solo evidencian esta afirmación, sino que además ―según el lingüista neerlandés van Dijk―programan el proceso de interpretación y aportan una definición subjetiva de la situación:

“Coronavirus en las villas porteñas: hubo tres nuevas muertes y el total de infectados representa casi el 40% de los contagios” (24 de mayo de 2020, Infobae); “Coronavirus en la Argentina: aumentan los casos en las villas, pero la letalidad es menor que en el resto de la ciudad” (23 de mayo de 2020, La Nación); “Aislaron una villa del conurbano tras confirmar 53 contagios de Coronavirus: ‘No pueden entrar ni salir’, afirmó Berni” (24 de mayo de 2020, Clarín); “Coronavirus en las villas: crece el malestar social por el peligro de contagios masivos y la falta de alimentos” (24 de mayo de 2020, Infobae); “Detectaron 33 casos y un muerto por Coronavirus en Villa Fiorito: reforzarán los controles del barrio casa por casa” (16 de junio de 2020, Infobae).

Si bien, el espectro de estos titulares es bastante amplio, tienen el poder de configurar un escenario homogeneizado, en el que se replica la carga negativa hacia esos ciudadanos: los que viven en las villas. Pero, ¿por qué hacemos hincapié en este análisis semántico? Porque cuando se piensa en términos de los sectores más pobres, es posible observar que generalmente son noticia cuando roban, caen presos, mueren en un tiroteo con la policía o se los aíslan porque representan un potencial peligro para la sociedad, como sucede en la actualidad. Por lo tanto, creemos que es fundamental replantear esquemas de comunicación para modificar la representación que de ellos se hace, sensibilizar sobre la temática y construir nuevos significados para que no se los estigmatice.

Todo lo contrario sucede con los famosos runners; aquellos que apenas comenzó la pandemia salieron a comprar compulsivamente papeles higiénicos, generando un gran desabastecimiento en los mercados; los que volvieron del exterior y no respetaron el aislamiento; los que se fueron de vacaciones en plena cuarentena; los que escondieron a sus empleadas del servicio doméstico en sus 4×4, para que continúen con la limpieza de sus lujosas casas; y así podemos seguir enumerando ejemplos. A ellos nadie los estigmatiza porque viven en la esfera de poder ―que se encuentra a un par de cuadras de donde murió Ramona― de la impunidad de clase, la que les permite hacer lo que quieran porque saben que la espada de Damocles no pende sobre sus cabezas.

Esa es la doble vara de la hipocresía que tanto daño nos está haciendo. Estamos a tiempo de deconstruir todo lo malo que rodea a los sectores marginales. Es hora de reinventarnos como sociedad. Seamos solidarios. Seamos empáticos. Este es el momento, no lo desaprovechemos.

*Ambos son Magíster en Comunicación (UNLaM) e integrantes del Grupo Artigas.

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