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Kiosco 24 hs

Fue hace escandalosamente poco que para calmar la sed ya no hizo falta ir a los bares: el pasaje de la botella a la lata de gaseosa presagiaba, aunque entonces no lo sabíamos, una interminable retahíla de cambios en nuestra percepción del mundo, o al menos de la ciudad. Con las latas vinieron las heladeras vidriadas de las que primero hicieron gala los kioscos de mejor familia y poco a poco cualquier kiosco. Y después, casi sin que nos diéramos cuenta, y bajo el influjo ya desdibujado de la reina lata, nacieron los kioscos abiertos las 24 horas y sus sucedáneos, los autoservicios de las estaciones de servicio, valga en este caso la redundancia que no es tal, porque bajo ese designio, el del servicio, están ahora regidas nuestras humildes vidas de sujetos urbanos.

Aunque la población que le da uso concreto a los kioscos de 24 horas suele ser acotada –adolescentes, insomnes, escritores de inspiración errática, desempleados a la espera del clasificado neonato– la existencia de esos lugares está instalada en el imaginario colectivo como el de un ángel de la guarda kitch al que se podrá recurrir en casos de emergencia kitch: el kiosco de 24 horas desmantela la idea de la noche cerrada, lleva alivio a esa zona de uno que se encoge a la vista de las luces que se van apagando, de los mozos barriendo la vereda, de las sillas arriba de las mesas, de los signos inequívocos de que un día más ha terminado y que habrá que sobrevolar la noche para arribar al día siguiente. De que, en fin, para algo ya es tarde.

Los kioscos de 24 horas son un acompañante terapéutico impersonal que, si quedan a una o dos cuadras de casa, arrullarán con su sola existencia, aunque jamás acudamos a ellos para comprar aspirinas o cigarrillos o chocolates, nuestros sueños complicados. Son el reaseguro de provisiones impensadas, la garantía de deseos repentinos, el tranquilizante que atenúa la ansiedad de sentir una ansiedad ilimitada que a las tres de la mañana nos haga necesitar desesperadamente cuatro pilas.

A los clientes previsibles de los kioscos de 24 horas se les suma un ejército potencial de clientes probables. Amantes sin red que ponen las balizas del auto para comprar de apuro una cajita de preservativos; amas de casa desquiciadas que advierten recién cuando toda la familia duerme que deben, sí o sí, emprolijarse las uñas y se quedaron sin limas; estudiantes nerviosos cuyos hígados requieren Chofitol para seguir tomando café de madrugada; madres o padres que pagarían fortunas a esa hora por una aspirineta que le calme la otitis al bebé; cónyuges en vías de separación que salen a la calle sin rumbo fijo y planean una borrachera en la plaza merced a la petaca de Criadores que acaban de comprar; hombres o mujeres con alguna duda torrencial que los desborda, y que aligeran antes del amanecer masticando bombones rellenos de licor. El elenco nocturno de los kioscos de 24 horas es virtualmente tan extenso y tan amplio que si todavía no lo hemos integrado, la sensatez aconseja que memoricemos dónde está el que alguna vez, problable o imaginaria, nos sacará de apuro.

Cuando los kioscos eran kioscos y las gaseosas venían en botellas, la noche era más noche y más cerrada. La lata inauguró una escapatoria, una salida de emergencia que fue tomando cuerpo en otras posibilidades. Cuando hay cerca un kiosco de 24 horas, uno da las buenas noches más tranquilo.

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