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Psicológico

La vulgata freudiana que tan hondo penetró en Buenos Aires ya forma parte no sólo del monoambiente psi sino del sentido común porteñohablante en general. De su lento goteo hacia el exterior del universo de divanes y poltronas de Palermo, brotaron primero ciertas nociones que prendieron fuerte en la vida de barrio, agitada tal vez por la presencia infaltable de la psicóloga que pone puntos sobre íes en programas como el de Lía Salgado. Pero ahora, el boom de lo psicológico también se extendió a la política, enredada ella simbiótica, psicótica o simplemente neuróticamente con la economía.

Tal vez no haya sido casual que la primera denuncia sobre el carácter “psicológico” del bajón argentino haya surgido de boca de un técnico del FMI hace unos meses, en la última reunión europea del Fondo. Según de quien provenga la observación, el mote de “psicológico” es relevante o despreciativo. En el mundillo delimitado por Charcas, Córdoba, Coronel Díaz y Scalabrini Ortiz, y en todos los rincones en los que el discurso psi tiene eco –o sea, por lo menos, toda la Capital–, decir que algo es “psicológico” denota una predisposición consensuada al buceo en los móviles, las motivaciones, los trasfondos, los contextos, el pasado, los mecanismos, los complejos, los miedos o las fobias que yacen agazapadas en un hecho, individual o colectivo. Es decir: si algo es “psicológico”, eso no significa que sea menos real, menos cierto, menos importante, sino todo lo contrario: argentinos, a las cosas (psicológicas). Pero en boca de un técnico que confía más en los números que en los síntomas, decir que algo es “psicológico” equivale a otra cosa, a algo poco menos que inventado, a algo antojadizo, idiosincrático, caprichoso.

Como fuere, desde entonces han aflorado las interpretaciones y las alusiones al “clima mental” que domina la política, la economía y la sociedad argentinas. El reciente paquete económico parece haber sido fruto de un intento por “calmar los nervios” de los mercados. Después del anuncio los diarios titularon que “Ahora hay otro humor” en el Gobierno. Cavallo llama a “no ahogarse en un vaso de agua”. Las tibias muestras de unión de la Alianza están destinadas a “levantar el ánimo” de la población que, no obstante, según declara Moria Casán en un reportaje esta semana, parece seguir aletargada en su melancolía, dato que no se sabe si nos viene del desolado paisaje de Pompeya que todos llevamos en el alma, del cierre del Café de los Angelitos, de la obstinación que nos hace creer que estamos peor de lo que estamos, o de la marca de provenir de oscuras bodegas de barcos transatlánticos. “Me asombra el silencio de los sábados por la noche. Está el teatro lleno y decimos: ¿hay alguien? Parece que estuviera vacío, nadie habla. El argentino es un ser muy quejoso”, opina la vedette.

Este síndrome quizá haya arrancado con aquello de “estamos mal, pero vamos bien”, una frase que al menos admitía el desastre, pero que pretendía imponerle al desastre la apuesta maníaca por un futuro que nadie veía ni dibujado. Hoy, por televisión, los periodistas económicos explican el nuevo sistema de créditos hipotecarios con seguro de desocupación diciendo que de ese modo se trata de dar “un shock de confianza” a aquellos que quieren su casita, pero temen embarcarse en deudas por treinta años, toda ella gente que no pondría ni una ficha en el casillero “sigue participando”. La gente tiene miedo y el miedo es psicológico, pero no es zonzo.

¿Somos o nos hacemos? Y en todo caso, ¿qué diferencia hay?

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