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Mamíferos

“Es nuestro conflicto de mamíferos: lo que dar a los demás y lo que conservar para nosotros. No traspasar esa línea, contener a los demás y ser refrenado por ellos, es lo que llamamos moral.” Eso dice Ian McEwan en su novela Amor perdurable. En unas apacibles colinas de las afueras de Londres, donde el protagonista y su mujer han ido a almorzar en un reencuentro romántico, sobreviene una tragedia: un globo aerostático fuera de control está a punto de estrellarse con un abuelo y su nieto a bordo. Desde todas las direcciones llega un puñado de hombres –seis o siete– para ayudar. Se cuelgan de las cuerdas del globo para evitar que vuelva a subir, pero el viento conspira contra el salvataje. Los levanta del piso. Son unos pocos minutos de zozobra y desesperación. Una situación completamente límite: “Si no hubiéramos roto filas, nuestro peso combinado habría llevado el globo a tierra antes de llegar a la pendiente”, dirá el narrador después de que uno a uno, y por miedo a ser arrastrados junto al globo, todos los hombres se fueran soltando y abandonando al globo a su suerte. Todos menos uno: sólo uno se resistió a soltar la cuerda, pero como era sólo uno, su peso no fue suficiente. Subió junto con el globo y después cayó para morir desde doscientos metros de altura.

“Es nuestro conflicto de mamíferos”, dice McEwan, y se refiere a ese instante de acción pura e instintiva que su genio de escritor concentra en esa escena si se quiere tan trágica como disparatada: dos pulsiones luchaban en el interior de esos hombres tirando de las cuerdas del globo, y una era tan animal como la otra. Salvarse solo o cooperar con los demás. La cooperación, después de todo, ha sido y es la base de la supervivencia de muchas especies, también la humana.

Lo interesante de esa escena es que desnuda la esencia misma de la cooperación: no sirve de nada cooperar en un grupo que no coopera. La pulsión entre el “yo” y el “nosotros” se resuelve más de acuerdo al grupo de individuos que de acuerdo a los individuos mismos. La escena, en rigor, delata una verdad: hay ocasiones en las que el “yo” depende enteramente del “nosotros”. “En general, somos solidarios cuando tiene sentido. Una buena sociedad es aquella donde ser solidario tiene sentido”, dice McEwan. Que ese hombre se quedara tirando de la cuerda solo no tuvo ningún sentido. Fue apenas un sacrificio individual.

Me olvido de McEwan por un rato y veo los diarios. Los diarios muestran escenas multitudinarias en los escenarios centrales de este planeta. Creo recordar que, según la historia oficial con origen en esos mismos escenarios, este planeta está conformado, de un lado, por países atrasados, muchos de ellos gobernados por dictadores, locos, fanáticos, tiranos (expresión ellos mismos del atraso de sus pueblos, practicantes de un ejercicio arcaico del poder) y, del otro, por países ricos, regidos por democracias representantivas en las que un cúmulo de contralores perfectamente reglamentados impiden los abusos. Creo recordar, además, que según esa misma historia oficial es por eso que Estados Unidos y Gran Bretaña –o mejor dicho: George W. Bush y Tony Blair– dicen que quierenliberar a Irak del tal Hussein: para que Irak goce de un sistema político como el que ellos mismos lideran en Occidente.

En esos diarios veo miles y miles y miles de norteamericanos, británicos, franceses, españoles, alemanes, italianos, manifestando por la paz. Lo hacen porque la guerra es inminente. Los pueblos no quieren la guerra, pero si Bush la decide, la habrá. Me viene a la mente una pregunta pueril: si lo que está a punto de estallar es nada menos que una guerra en la que morirán centenares de miles de personas, y si esa guerra es decidida y provocada por los gobernantes de países democráticos cuyos pueblos se oponen rabiosamente a ella, ¿qué necesidad de ser liberados tienen los iraquíes, cuando los más ricos Estados democráticos mundiales les están demostrando que sus propios sistemas políticos se han independizado de las respectivas voluntades populares? La sola existencia de un conflicto de este tipo demuestra que a millones de ciudadanos de primer nivel se les escamotea la información y se les miente como a cualquier vulgar ciudadano del tercer o cuarto mundo. Nosotros, pobres, tiernos y fracasados argentinos, estamos acostumbrados a la política basura. Parecía que eso era la política argentina, ¿o no? Simulación, traición. Pero caramba: véanles ahora la cara a los británicos con el neurotizado Tony Blair vomitando discursos que le deben hacer agua a la boca a Miss Thatcher. Simulación, traición: esa no es la política argentina solamente, es la clase de política central que primero dejó que se contaminaran los márgenes del mundo. Ahora la peste es visible en el ombligo del planeta: ¿quién está al mando del desquicio? Bush y Blair aparecen dando versiones de la historia oficial que nadie cree. ¿Liberar a Irak del tirano? La opinión pública mundial escucha esos argumentos trash y advierte, azorada, que la política es una pantomima que encubre otros intereses.

Este mal trago mundial está poniendo al descubierto que, unos y otros, civilizados y bárbaros, no somos otra cosa que mamíferos en pugna por sobrevivir. Las manifestaciones europeas no son altruistas, por lo menos no son sólo altruistas: los votantes europeos de Aznar, de Blair, de Berlusconi o de Chirac probablemente no quieran ver caer como moscas a miles de inocentes iraquíes, pero sobre todo no deben querer ver caer misiles cerca de sus propias casas.

La cooperación entre los mamíferos no tiene ideología. Es la fuerza de la vida contra el peligro de la muerte lo que la impulsa. “Qué dar a los demás y qué conservar para nosotros”, simple estrategia de supervivencia. “No traspasar esa línea, contener a los demás y ser refrenados por ellos es lo que llamamos moral.” Con su megalomanía, Bush ha llevado las cosas tan lejos que en plena era de cultura global sobreviene este impulso mamífero global: los hombres y las mujeres comunes y corrientes de los países centrales advierten escandalizados que también ellos, llegado el caso, pueden ser población sacrificable. Eureka: el descubrimiento puede depositarlos en el sendero de una nueva moral: esos pueblos, que han concentrado en los últimos siglos la riqueza del mundo, tal vez empiecen a preguntarse si su propia supervivencia no depende, ya, de que también otros pueblos sobrevivan. El mundo hoy es ese globo de McEwan: hay ocasiones en las que la cooperación es la forma primaria de la lucidez.

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