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Lo inevitable

Lo inevitable suele ser inevitable, entre otras cosas, porque nadie lo evita. Esa es la media batalla ganada de lo inevitable: ser, por definición, imposible de evitar. Lo inevitable es un muro, un abismo, una aplastadora de conciencias, una picadora de voluntades, el punto sobre la i de la palabra fin, una película cuyo guión empieza por el desenlace. Hay cosas que se nos muestran como inevitables porque mostrándose así se hacen todavía más inevitables. Lo inevitable acobarda, arrincona, desalienta.
Vivimos en un país salido de control, en un país periférico que no le importa a nadie, un detalle en un mundo a punto de salirse de control. Otra vez los diarios dan cuenta de millones de personas en América y Europa desmarcándose de lo que está por suceder. Está por empezar una guerra inevitable pero esa guerra significará, además de los muertos inevitables, la instauración de un nuevo orden inevitable.

Nadie sabe qué quiere decir exactamente todo eso, pero esos millones de personas lo sospechan: cuando esa guerra termine, con Saddam Hussein fuera de juego y un gobierno más –uno más– asumiendo en un país exótico sostenido por el Gran Dedo norteamericano, este siglo flamante inaugurará su nueva naturaleza contra natura. La lógica del enemigo potencial dominará tácticas y estrategias, y de eso los argentinos con más de cuarenta años podemos dar testimonio. Un enemigo en potencia es cualquiera. Quien moleste, quien se oponga, quien resista. Si esta guerra empieza y termina como es predecible, inevitablemente la presión cultural, política y psicológica del ganador se impondrá ejemplificadora sobre el resto del planeta.
Probablemente esta guerra sea de verdad inevitable, por eso es bueno preguntarse qué hacer ante lo inevitable, pensar un poco cuánto, por qué, para qué y de qué modo sirve tomar posición ante lo que es o se supone, en este caso, políticamente inevitable.

La primera sensación es la de una infinita soledad, una soledad inmensamente colectiva. El muro de lo inevitable es demasiado alto, el abismo de lo inevitable es demasiado profundo, no se puede con ello, no tiene caso querer saltar ni animarse a caer. ¿Millones de personas marchando convencerán a Bush de que está solo? No. Lo inevitable saca ese primer rédito: quien está a punto de actuar lo inevitable se reserva el control, la fantasía de la representación, ha tomado de rehenes las palabras que designan sus actos y es él quien nombra, como el Dios bíblico, todas las cosas. Democracia es esto. Libertad esto otro.

También aquí, tan pequeños, tan lejos, tan sin gracia, nos han tendido la trampa de lo inevitable. No es una guerra lo que está en puerta, sino las elecciones presidenciales más desangeladas de las que se tenga memoria. Vencidas las ilusiones populares de higiene política y moral, vino al galope, apantallada por unos cuantos medios, pagada por un puñado de canallas, la noción de lo inevitable. Ahí los tenemos, detrás de algunos canales, detrás de algunos diarios, manejando el aparato, haciendo sus operaciones, usando a los taxistas porteños de portavoces ad honorem, sentando las bases de la continuidad inevitable. No se fueron, no se van, no se irán. Son inevitables. Cualquier estrategia electoral que no los tome en cuenta se presenta (la han logrado presentar) como “no sustentable”. Cualquiera que no sea uno de ellos “cae en tres meses”. ¿No escucharon por lo menos a tres buenas personas argumentar algo de esto en las últimas semanas? Lo “no sustentable” quiere decir que lo “sustentable” es lo de siempre. O sea, que la pandilla conocida es miserable, es cierto, pero es inevitable. Han conseguido, nuevamente, que suene razonable, inteligente, casi, darlos por hecho. Vienen con la Argentina como los cuatro climas. Quien diga lo contrario es romántico o necio.

Por eso parece sensato reflexionar cómo, para qué, por qué y de qué modo uno debe pararse ante lo inevitable. ¿Rendido? Sueñan con eso. Esa es la gracia de lo inevitable: hay que rendirse ante lo que no se puede modificar.

Los millones de personas que este sábado volvieron a marchar contra la guerra saben que no convencerán a Bush de que está solo. Saben que a Bush estar solo lo tiene sin cuidado. No marchan para eso. En Estados Unidos la consigna que nuclea la oposición a la guerra es “Not in our name” (No en nuestro nombre), que este fin de semana reapareció en varias pancartas de la manifestación de Madrid: “Maten, pero no en mi nombre”. Una síntesis perfecta de este asunto: desmarcarse. Alguien dice: lo que suceda, sucederá sin mí. Si no puedo evitar lo que vendrá, no abandono mi conciencia a la conciencia de no poder evitarlo.

Me viene a la cabeza, desde el túnel casi vergonzante (que sea vergonzante es otra victoria de ellos) de mis cuadernos psicobolches, una frase de Mario Benedetti que decido resucitar: “Uno no siempre puede hacer lo que quiere, pero siempre tiene el derecho de no hacer lo que no quiere”.

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