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El living y la pieza del fondo

En la pieza del fondo, ellos hablaban de la vuelta de Perón. En el living, nosotros escuchábamos a Pescado Rabioso. La casa era una casa de clase media, suburbana. Una familia típica: padre, madre, dos hijas. Los que en la pieza del fondo hablaban de la vuelta de Perón eran los amigos de la hermana mayor y la hermana mayor. Los que en el living no hablábamos de nada, mareados como estábamos por el humo y la música que impregnaban el aire, éramos los amigos de la hermana menor y la hermana menor. Entre ellas se llevaban solamente cuatro años. Una franja de tiempo delgada. Pero por ahí, justo por esa franja, pasó la historia su guadaña.

Esa diferencia de cuatro años nos hacía tan incompatibles que en ese tiempo no nos dignábamos, juntos, ni a comer una pizza. No era recelo ni enemistad, era más bien, por un lado, desprecio; y por el otro, desinterés. Los más chicos estábamos profunda y precozmente desinteresados de los apasionantes temas que encendían a los de la pieza del fondo. Rehenes de las hormonas que nos estaban explotando en el cuerpo y en el cerebro, rehenes también y sin saberlo todavía de la tempestad que se avecinaba, flotábamos en un mambo de sensualidad, introspección, arte y pequeñas revoluciones personales. Ellos, los de la pieza del fondo, a su vez, estaban descubriendo, con un alborozo juvenil apenas más domesticado que el nuestro, otro mambo. Les estaba siendo revelada la dimensión política de las cosas. Para ellos nosotros éramos unos pelotuditos. Para nosotros, ellos eran hartantes.

Acá se termina lo personal del recuerdo. Esa casa suburbana podría haber sido cualquiera. La diferencia de edad entre los de la pieza del fondo y los del living hubiese podido ser de dos o de seis años. Como fuere, quien esto escribe estaba en el living. Y los de la pieza del fondo… ¿quiénes eran?

Podrían ser muchos de los que salen, paralizados para siempre en su más cruda juventud, en los recordatorios que se publican cada día en este diario. Esa franja de dos, cuatro o seis años de aquellos hermanos mayores los instaló en ese perpetuo lugar de mártires, en esa herida que en veintiséis años no ha cesado de sangrar, en ese cuadrado blanco y negro desde el que, sonrientes, con la guardia baja, mal enfocados, muchos de ellos niños todavía, no han dejado de mirarnos nunca, ni de señalarnos que su ausencia en masa tal vez sea la clave de la orfandad de este país.
Fue a fuego lento, como se cocinan los complejos y las leyendas, que entre los del living y entre los sobrevivientes de la pieza del fondo surgió una idea difícil de sostener y sobrellevar. Esa idea refiere algo más o menos así: mataron a los mejores. Al atroz “algo habrá hecho” se le sobreimprimió una consigna inconsciente que marcó a los del living y a los sobrevivientes de la pieza del fondo: “Si sobrevivió, algo habrá dejado de hacer”.

Y ahora, por primera vez desde que aquellos niños-todavía fueron detenidos en esas fotografías luctuosas desde las que siguen mirándonos tan atentamente, aquellos otros chicos que siguieron con la inevitable tarea de crecer, hacerse hombres y mujeres, vivir, madurar y padecer un país que cada vez se fue alejando más de aquella fantasía de justicia y equidad –de la que tanto hablaban en la pieza del fondo, y cuyos ecos llegaron hasta el living–, tienen una chance.

No es que hasta ahora los miembros de esa generación hayan permanecido congelados, pero es como si hasta ahora los miembros de esa generación hubieran permanecido congelados. ¿Cómo me explico? No es fácil lo que quiero decir. Hubo un mareo, una enorme confusión, un desaliento hondo y profundo que caló en los huesos de los vivos en nombre de los huesos de los muertos, que nunca aparecieron (mientras falte uno faltarán todos). Hubo un estado de shock generacional, una rendición simbólica, un desasosiego que duró más de veinte años, una desconexión ciega y sorda de cada bandera caída. No hubo con qué manos levantarla. No hubo energía ni disposición del alma. Hubo duelo, un duelo largo, extraño ycontradictorio. Hubo otros que llenaron cada silla vacía en el juego argentino de la silla. Hubo lo que todos sabemos: política de mierda y mierdas que hicieron política hasta envenenar cada palabra y cada uno de sus actos.

Y ahora, como los invitados al baile de la Bella Durmiente, que cien años después de haber quedado petrificados por la maldición de un hada volvieron mágicamente en sí, algo reaparece, alguien reaparece, algunos reaparecen. Reaparecen en los lugares que estaban vacíos porque estaban ocupados por desaparecidos. Reaparecen pronunciando palabras voluptuosas, como cualquier palabra verdadera. Reaparecen creyendo lo que dicen, o por lo menos podemos creernos eso: que se puede creer lo que se dice.

Puede ser un espejismo o puede ser real. Que esa generación vuelva a encontrarse con aquel espejo roto que fue ella misma antes, en la pieza del fondo o en el living, y que en honor a los que faltan sea capaz de regalarles –a los que faltan pero sobre todo a los que están– la certeza de que no estuvo mal haber sobrevivido. La certeza de todo lo contrario.

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