La comunión

–¡Silvi!
–¡Luli! ¿Cómo andás, tanto tiempo?
–Bien, ¿y vos?
–Bárbaro. ¿Qué contás?
–Te llamo para avisarte que el jueves que viene Camila toma la comunión. Es a las cinco de la tarde, en la iglesia de las Hijas de la Divina Lágrima. Después hacemos algo en casa, sencillo. Bueno, están invitados.
–…
–Hola, ¿Silvi? ¿Estás ahí?
–Sí, sí, Luli.
–Ah, pensé que se había cortado.
–No, no, sí.
–Bueno, ¿qué te parece? Cami está loca de contenta con su vestidito. ¡Se lo hizo mi suegra!
–…
–¿Silvi?
–Sí, Luli, no.
–¿Qué te pasa?
–¿Ustedes no eran ateos?
–Claro.
–¿Claro qué? ¿Y por qué mandan a la chica a tomar la primera comunión?
–Nosotros no la mandamos. Cami elige tomarla.
–Pero tiene ocho años.
–Pero tiene ideas propias. Me hinchó tanto…
–A que las compañeritas de Cami tomaron la comunión.
–¡Casi todas! ¿Podés creerlo?
–Pero, Luli, las compañeritas de Cami deben tener padres creyentes…
–Ay, no sé, ¿vos sabés que yo también estoy en la duda? Pero, digo, total qué mal puede hacerle comerse una hostia, ¿no?
–Pero, Luli, ése no es el tema.
–¿Cuál te parece que sería el tema?
–Qué sé yo, vivir de acuerdo a las propias convicciones.
–Pero yo no estoy traicionando a nadie. Y no me digas que me traiciono a mí misma porque si es por eso ya me perdoné. Es un gusto que se quiere dar la chica. El vestidito es de lindo…
–Bueno, Luli, qué sé yo, cada casa es un mundo.
–¿Sí, no es cierto? No le hacemos mal a nadie. Hice unos souvenirs preciosos de cinta blanca con velitas amarillas.
–Qué simpático.
–Bueno, ¿van a venir?
–Mirá, no sé.
–No pueden faltar en un momento tan importante para Camila, che.

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