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Deshágase la luz

Lo bueno de trabajar a destajo y sin tregua durante toda la semana es que uno llega reventado a su casa y puede darse una ducha y sentirse desmayar en la cama mientras mira un rato de televisión. Lo cual es imposible los sábados, porque los sábados uno no trabaja, pero en mi caso y en mi casa tampoco puede ducharse ni mirar tele. En mi cuadra, últimamente los sábados Edenor corta la luz y con la luz se va el agua. Dos sábados seguidos sin luz ni agua, con el teléfono inalámbrico mudo y, por el otro, el que uno ha conservado justamente para esas ocasiones en las que se corta la luz, operadores muy amables surgen de un 0-800 para dar explicaciones técnicas que parecen jodas para Tinelli pero no.

El primer sábado, después del corte, una sucesión de cuadrillas invadieron las veredas. Con mamelucos azules y detalles en naranja flúo, los cazafantasmas llegaron y fueron bienvenidos por la turba de vecinos mientras caminaban con unos raros bastones detectores de fallas que, increíblemente, a los ojos de todos, detectaban fallas cada cuatro pasos. El semblante de los miembros de la primera cuadrilla iba ensombreciéndose, como nuestras casas, hasta hacerlos confesar abiertamente que la luz no volvería, como habían indicado antes, a las dos horas, ni a las tres ni a las cuatro. “Está todo quemado”, dijo uno.

Una cuadrilla se iba, llegaba otra. No estábamos desatendidos en la emergencia: habíamos sido desatendidos mucho antes, cuando alguien hubiese tenido que prever que esos malditos cables terminarían quemándose. Alguien de la tercera cuadrilla tuvo una idea: “Vamos a darles servicio provisorio”, dijo, y tras el módico aplauso empezaron a romper la vereda a la altura de la cochera de la cuadra. “Cagamos”, se escuchó poco después. “Acá hay una falla más grande”.

Todo el sábado sin luz y sin agua, más toda la noche y la mañana con luz pero ignorándolo (¿nadie le puede avisar a una mujer sola que cuando vuelve la luz tiene que revisar las térmicas?), marcó literalmente a fuego un día caluroso y memorable. Por eso este último sábado de verdad pensé en un déjà vu cuando apreté la perilla de la luz y la luz, nada. Y cuando abrí la canilla y en lugar de un chorro salió un soplido, me encaminé encabritada no hacia el teléfono inalámbrico sino al otro, y disqué con la furia concentrada en el dedo índice el 0-800 que me sabía de memoria. “Oiga, otra vez no tengo luz”, le dije al operador de simpatía irreprochable. “¿Puede darme su número de cliente, señora?”, dijo él. “Cómo no”, contesté, y le leí mi identificación de usuaria en desgracia. “Efectivamente, señora, usted no tiene luz”, dijo él. “¿No me digas?”, contesté. “Tenemos un cable quemado en la cuadra”, afirmó él. “¿El mismo de la semana pasada, o es otro?”, pregunté con una ironía que le pasó completamente inadvertida. “No sabría decirle, señora”, aseguró él con una claridad de conceptos tan evidente que me rendí y me despedí con un: “Bueno, gracias”.

La luz, si uno la paga, siempre termina por volver. Volvió esa tarde, mientras yo no miraba la tele ni me duchaba. No hizo falta, como el sábado anterior, encender esas velas pedorras y aromáticas que se amontonan en el estante del living. De pronto, en el silencio de la casa, los aparatos reviven con sus milagrosos chirridos de reconexión, y oops, he aquí la normalidad. Lo único que me molestó fue leer en los diarios del día siguiente el ok del ministro Lavagna al aumento de tarifas, porque antes de que me aumenten la tarifa yo quisiera que al menos en mi cuadra alguien se ocupara de verificar que los cables no se seguirán quemando una vez por semana, sobre todo cuando en los últimos cuatro años no se habían quemado nunca, y ahora parece que llegan a la discusión por las tarifas con sus últimos alientos de cables desinvertidos. Y quisiera que mientras dure la discusión por las tarifas las empresas privatizadas dejen de sacar apasear a sus cazafantasmas, y sobre todo que dejen de sacar a pasear a sus fantasmas, porque somos pocos y nos conocemos.

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