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Arreglarse

–Pero el pelo lo tiene desarreglado. Eso tenés que reconocerlo –me dijo la señora de 75 años, muy bien puesta, con la que había entablado conversación en el Jumbo de Palermo. La señora se refería a Cristina Kirchner.

–¿El pelo? –repregunté. No es que no hubiera reparado en cómo lleva el pelo Cristina Kirchner, pero es que con la señora veníamos hablando de los piqueteros.

–Sí, ¿no viste? Algo le pasa con el flequillo, no sé… Es bastante desarregladita. Un spray le vendría bien, no sé cómo no hay alguien que la asesore.

La señora dijo dos veces “desarreglado”. Eso me llamó la atención. Es una palabra a la que es muy afecta la clase media tirando a más. Una palabra que viene de antes de la era del diseño de indumentaria, y antes de la era de los básicos, antes incluso del reinado de Elsa Serrano o Gino Bogani, cuando un evento, un cumpleaños, un cóctel, un casamiento o un té canasta invitaban a ponerse algo “un poco más arreglado”. Me imaginé el placard de la señora del Jumbo: los suéteres en bolsas de nylon, las camisas colgadas, los zapatos bien ubicados en un botinero. Esa señora era una sobreviviente de un mundo en el que un accesorio bien elegido (un prendedor, un buen par de aros) le daban a un trajecito de calle el toque necesario para “estar más arreglada”. Arreglarse era una señal de clase, más específicamente de clase media tirando a más. Los aristócratas y los ricos en serio no tienen problema en presentarse en un cumpleaños en alpargatas, si es que justo están llegando de la estancia.

Un hombre, al principio de nuestra cola, intentaba canjear sus Luncheon Tickets y no se los recibían porque estaban rotos los códigos de barras. La mujer del hombre hablaba a los gritos, para que todos escucháramos: “Te los dieron rotos otra vez en la empresa. Qué barbaridad. Pagá en efectivo. Pagá con tarjeta”.

La mujer quería comunicarle al resto de la clientela que esos Tickets no eran el único recurso con el que contaban. Le daba vergüenza esa situación de vales de comida rechazados. Pero su marido no tenía efectivo, y ahora, para colmo, había problemas con la tarjeta. Así que con la señora de 75 empezamos a charlar, un poco para no incomodar al matrimonio de los Tickets con nuestras miradas, y ella me dijo que les tiene miedo a los piqueteros.

–Esos trapos en la cara, ¿ha visto?

Los trapos en las caras de los piqueteros, por cierto, no son muy arreglados que digamos. Pero la señora me hablaba de los piqueteros como si estuviesen a punto de degollar a María Antonieta. La señora estaba invadida por una inquietud que la excedía. La señora venía de un viaje de cincuenta años en el que el orden estaba contra el caos, y el orden era lo que se presentaba como el orden, sin reparos: la policía, los militares, la Iglesia, la familia. En ese viaje, para hacer visitas, había que ir “un poco arreglado”, aunque quiso la semántica argentina que llegáramos hasta aquí con cinco millones de muertos de hambre porque hubo unos cuantos que salieron de la función pública bastante bien arreglados, y que el arreglo fuese además una manera de designar el lado de afuera de la ley. Quiso el otro lado del lenguaje implicar que mientras las señoras se arreglaban para el cóctel, sus maridos hicieran otros arreglos. Y sigue queriendo la idiosincrasia de esa clase escandalizarse más por un trapo en la cara que por una cuenta en Suiza.

Los arreglos para el casamiento, los arreglos para el divorcio, los arreglos para el testamento, el arreglo financiero, la coima o el soborno bajo la forma de arreglo. Viven atrapados y cómodos en la noción del arreglo, porque el arreglo supone una estrategia de clase. Arreglar, después de todo, es algo así como autolegislarse, reinventar para sí otras reglas que las que rigen a los otros. Todavía no han vuelto de ese viajeque duró cincuenta años. Y no vuelven porque volver implicaría darse cuenta de que tienen la conciencia desarreglada.

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