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Aquel brote general

[Durante el día, el 19 de diciembre de 2001 fue el territorio de los saqueos. Durante la noche, el de las cacerolas. A esos dos impactos se sumó el de la represión y más muertes del 20. Qué alumbraron esas jornadas que fueron capaces de despedir un gobierno. Las sensaciones y los debates.]

Las cosas iban mal desde hacía mucho. La Argentina era un Tren Fantasma en el que cada uno, a bordo de su carrito descarrilado, gritaba de espanto en cada curva. Una curva y ¡horror!: el recuerdo fresco de Menem. Otra curva y ¡horror!: la Alianza era un bochorno. Una curva más y ¡horror!: Cavallo de nuevo. La curva siguiente y ¡horror!: Chacho Alvarez se iba en medio de la denuncia sobre coimas en el Senado, pero decía que seguía apoyando a ese gobierno coimero, clausurando con esa decisión inexplicable la posibilidad colectiva de dar pelea contra los Muertos Vivos. Después el Tren Fantasma no dio tregua y ya ni siquiera había tiempo de respirar entre curva y curva. Estábamos entregados a ese agobio de comprender que la alternancia política en la Argentina era una farsa, y que radicales y peronistas se tragaban, como plantas carnívoras, al Frepaso y con él, según la lectura de muchos, al país capaz de hacer sin violencia su propio tratamiento de desintoxicación.

Recuerdo con exactitud fotográfica el titular de uno de los grandes diarios argentinos, un día después de la instauración del corralito, detallando que “La gente toma las nuevas medidas económicas con calma”. Permítaseme ser grosera: era por adelante, por atrás, por la oreja y hasta por la nariz que, mientras pudieron, los Muertos Vivos cometieron estupro contra un pueblo que displicentemente había olvidado que era un pueblo. Eramos usuarios, clientes, consumidores, éramos la oferta y nunca la demanda.

Ahí comenzó el trauma de la clase media que había creído que al cielo se llegaba en 4×4, o que Dios es argentino pero recibe en Miami. Cierto raro contrato entre esa clase media y la clase perpetuamente dirigente voló por el aire, como habían volado la embajada, la AMIA y Río Tercero. La clase perpetuamente dirigente violó a esa clase media, como había violado tradicionalmente a los pobres. Por adelante, por atrás, por la oreja y hasta por la nariz: la pestilencia de las prácticas políticas que condujeron al corralito rescindieron ese contrato. Fueron diez, quince días de shock. Hablando de shock, hasta Susana Giménez decía que estaba limitada a 250 pesos por semana. Es curioso, porque hay millones de jefes/as de hogar que viven todavía con menos y por mes, pero eso les pasa a los pobres y es natural, ¡pero que le pase a gente como Susana! El estupor fue tan grande, que el shock duró, duró y duró, la pava se recalentó hasta que el 19 de diciembre se supo que había saqueos. No era la clase media enrarecida, claro, la que saqueaba supermercados coreanos esa tarde de calor insoportable, sino los pobres de siempre, multiplicados al cuadrado por las políticas neoliberales y manijeados por los que estaban planificando una nueva estrategia para que el poder hiciera una nueva posta y pasara de radicales a peronistas: los pobres de siempre se daban por hechos, pero en el imaginario social los conflictivos eran los nuevos pobres y la conciencia desparramada sobre la clase media de que entre ella y la pobreza no había un abismo sino una baldosa. Un empujón, y ahí.

Incluso los saqueos y el desorden se hubiesen tolerado al estilo típicamente manso de los argentinos medios, creo, si la reacción del mamarracho De la Rúa no hubiese sido, aquella misma noche de TN a full, negar todo. Para el desastre que era ese gobierno no había texto posible, de modo que la cadena nacional exhibiendo a De la Rúa decir que no pasaba nada fue la chispa. Al cabo de sus tres minutos de idiotez puesta en palabras, fue que empezaron a sonar las cacerolas.

Las lecturas de esos sonidos y de lo que siguió fueron múltiples, pero en esas escenas alucinadas de las que fuimos testigos y protagonistas se mezclaron los de los 250 pesos y los que jamás habían tenido acceso a un banco porque trabajaban en negro, no tenían trabajo o estaban incluidos entre los excluidos, por definición de origen y clase (cabe recordar queesa exclusión se había llevado a cabo con el consentimiento implícito del resto de los usuarios/clientes/consumidores).

Y con las cacerolas llegó el brote. Fuimos durante un largo verano un país de brotados. Y a ese verano le siguió un año y pico de dislates no exentos de otros crímenes y de otras farsas y de otros arreglos políticos cuyos términos no conocemos. Es mucho más lo que no sabemos que lo que ha logrado salir a la luz. Los Muertos Vivos se reacomodaron, pero la Argentina comenzaba la lenta conversión mutante de cachivache a mueble modular. Poco a poco las piezas volvieron a moverse imprevisiblemente, para sorpresa incluso de los esperanzados. Aquellos días, aquel 19 y aquel 20 de diciembre, algo cambió. Algo se rompió. Algo brotó. No fue una inofensiva temporada de viejas locas golpeando vallas de bancos, ni tampoco el momento crucial del nacimiento de nuevas alianzas de clases o sectores. La historia nos enseña que las cosas no pasan así. Ni tan poco, ni tanto. Ni una puesta en escena ligera de una revolución imaginaria, ni una revolución. Fue un brote literal, de los que indican que hasta aquí se llega y punto. Siempre hay algunos que ponen el cuerpo donde los demás ponemos solamente la conciencia, y ésos fueron los muertos del 20 de diciembre. No conviene olvidarse de ellos, porque cayeron baleados allí donde cualquier otro asqueado hubiese podido caer, y cayeron en nombre de ese asco. Aquel brote colectivo, aquel país con pueblo reestrenado, sigue hasta hoy exudando la promesa de otro tipo de brote. Un capullo, un espejo que no nos dé vergüenza.

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