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El pasado no pasó

Alguien les había puesto la frutilla en el postre, la sortija en la mano, les había tocado a ellos el ramo de la novia. El efecto b les producía un empalago regocijante, después de largos meses de no saber cómo batallar contra el efecto k. Aquella tarde miraron por televisión cómo ese señor rubio que habían visto llorar por el asesinato de su hijo se encaramaba en las escalinatas del Congreso en una ceremonia que no respetaba los usos y costumbres de las ceremonias argentinas conocidas. Vieron una especie de 17 de octubre sin peronistas y animado por el coro Kennedy. Vieron las miles y miles y miles de adhesiones, en su mayor parte provenientes de gente con estudios secundarios completos –decir eso en este país no es como decirlo en Francia: acá supone clase– pero también el innegable condimento popular: decenas y decenas de pancartas con fotos de asesinados en asaltos y secuestros. El común denominador era, más que la inseguridad, la injusticia. Los que alzaban las pancartas indefectiblemente denunciaban causas dormidas o muertas. Vieron al señor Blumberg pararse en una baldosa tentadora: ese hombre inimputable desde el dolor, a todas luces dueño de sí y de sus palabras, indudablemente decidido a todo, partía la manzana por donde nunca se la parte, y el resultado era tan pero tan jugoso, que se les hizo agua la boca.

A los dos días estaban escribiendo en los diarios o diciendo por radio que los únicos que pueden resolver el problema de la inseguridad son los militares, que la izquierda simpatiza con los delincuentes comunes y que a la mano dura le hace falta su oportunidad histórica.

El domingo, Mariano Grondona, con el conejo ya a medio sacar de la galera (siempre saca el mismo conejo. Desorienta por temporadas con palomitas y pañuelos, pero en el alma tiene el conejo castrense), hizo un malabarismo de interpretación que consistió en insistir con la teoría de los dos demonios, dividiendo la realidad en efecto k y efecto b. Según él, el acto del 24 de marzo (efecto k) fue una lectura equivocada de la agenda argentina, en tanto el 1° de abril (efecto b) es la lectura correcta. Es decir: a los argentinos les importa un comino si en los años ‘70 hubo terrorismo de Estado, y en cambio lo que están reclamando es derechos humanos para la gente de bien. Según él, el efecto k tiene una oportunidad de reparar sus errores si se monta sobre el efecto b y se deja de joder con el pasado.

Son asombrosas las piruetas dialécticas de los cuatro o cinco pensadores que a lo largo de las últimas décadas han acompañado con sus juicios y metáforas los mayores desastres y las aberraciones más intolerables de la política argentina. Son asombrosas porque disfrazan la desnudez visible de los hechos: la causa Blumberg no hace otra cosa, día por día, que hablar de la forma que adquirió el terrorismo de Estado en democracia.

¿Qué otra cosa es, si no, esta peste policial implicada en cada caso de secuestro, atentado, negocio sucio, desarmaderos, narcotráfico? ¿Qué ruta tiene el delito, si no es la que lleva del chorro al policía y del policía al puntero y del puntero al intendente y viceversa?

Ellos prefieren (querrían, les conviene) leer el acto del 24 como una defensa estúpida de formas de lucha pasadas de moda, o como un revanchismo con aires de estudiantina trágica. La única lectura sensata del acto del 24, si ésta fuera una sociedad dispuesta a extirparse sus cánceres, sería la que indica que el Estado no puede salirse de la ley. Ni como en los ‘70, cuando había organizaciones armadas, ni como en los ‘90, cuando los funcionarios rifaron en beneficio propio los bienes públicos, ni como ahora, cuando la debacle social propicia el surgimiento de lúmpenes que secuestran, asaltan y matan gente con la complicidad de las fuerzas de seguridad o del Poder Judicial o del Servicio Penitenciario o del aparato político. En todas partes hay delito, pero lo que no puede haber y sí es deber del Estado resolverlo con urgencia, es la sospecha, dramáticamente confirmada en cada caso, de que no hay a quién recurrir ante el delito. Eso es lo que nos hace pobres, débiles, indefensos, más que los lúmpenes que ahora que los buscan, caen. Porque está visto que cuando los buscan, caen.

Antes de la marcha del 1 de abril, en medio de su terrible dolor, el señor Blumberg dijo sentirse culpable de haber hecho la denuncia policial. Ese hombre se quedó con una duda horrible: ¿no haber denunciado el secuestro de su hijo le hubiese dado a Axel una oportunidad que terminó arrebatándole el amasijo de complicidades e impericias que se sucedieron en la investigación y que terminaron con su vida? Una sociedad sana puede enfrentar el hecho de que haya criminales, pero no que el padre de una víctima se sienta culpable de haber hecho una denuncia. En este punto, el 24 de marzo y el 1° de abril son una misma cosa: el Estado no puede salirse de la ley. Y el terrorismo de Estado no es un recuerdo amarillento de porfiados que insisten con sus banderas deshechas, sino una página del diario de ayer, del diario de hoy, del diario de mañana.

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