Preguntas en falso

La primera larva fue dejada en suspenso, colgando de un hilo: era aquel latiguillo de “se viene el zurdaje”. Hasta lo dijo la señora, y directamente a Kirchner:

–¿Se viene el zurdaje, señor Presidente?

Lo preguntó la señora con ese tono irreverente de Doña Rosa de Palermo Chico. Ese tono que le permite ser a veces pacata y otras veces audaz. Desde hace años, Mirtha Legrand es el soporte vivo del sentido común de la gente de canasta básica completa. Lo que pasa por su boca no nace en ella: Mirtha recoge, como una esponja bien calificada, dimes y diretes de esos que circulan ya en countries y pisos, casonas y dúplex, departamentos con loza radiante o con tiro balanceado. Ambitos no necesariamente financieros en los que anida la gente “de bien”. Mirtha se jacta, y tiene razón, de preguntar aquello que su público espera que pregunte. Nadie espera una pregunta que no ha sido capaz de formularse. Mirtha hace las preguntas que se hacen los demás (algunos, claro, de “los demás”).

Hace ya un año, todavía, la larva estaba en suspenso. ¿Se venía el zurdaje? Y en todo caso, ¿eso qué quería decir? ¿A qué le llamaba la derecha, que siempre se atribuye el centro, “zurdaje”, después de Menem y de De la Rúa, después del diciembre trágico, después del desastre extendido que dejaron, con un tendal de hambrientos y de lúmpenes, las políticas del neoliberalismo?

¿A qué se podría llamar zurdaje hoy, cuando lo que para la derecha es el zurdaje incluye al oficialismo, y cuando para el verdadero zurdaje, el que se define como tal, el oficialismo es pura lata?

La derecha argentina no muta. Permanece. Gélida, inconmovible. Persiste en el gesto civilizado y goza de buenos modales, se eriza con los negros que le cortan la calle, convence a miles de idiotas útiles de que el enemigo es el que más se les parece, y los hace actuar como fuerza de choque en una opinión pública voluble. Esa fuerza de choque está compuesta de gente arrasada que rema a favor de los arrasadores.
Un año después de aquella pregunta insidiosa, la larva escupe otras preguntas en boca de otros referente de ocasión, aquellos surgidos de la misma mugre que esparcieron las políticas de la derecha. ¿Los derechos humanos son sólo para los delincuentes? ¿Dónde se anuda ese discurso según el cual aquel que no comparte la versión de ningún exterminio defiende los derechos de los delincuentes? Un año después de aquella pregunta zorra, toma cuerpo otra pregunta: ¿Para cuándo un Museo de la Memoria para las víctimas de los secuestros extorsivos? ¿Qué pregunta esa pregunta? Nada. Esa pregunta afirma, más allá de la intención con que fue pronunciada, diferencias de base en la sociedad argentina. Esa pregunta afirma, desde la inimputabilidad del dolor que se le reconoce a una víctima de un secuestro extorsivo, que estas víctimas de hoy son inocentes. ¿Y qué afirma sobre los muertos del pasado? Esa pregunta es vacilante. Y la duda, en este caso, la duda en sí, es terrible.

Esa pregunta queda colgando sobre la duda. Si éstos de hoy son víctimas, ¿los otros no lo fueron? ¿Qué afirma esa pregunta? ¿Que las víctimas de hoy merecen tanta atención como las del pasado, o que es hora de olvidar el pasado? Esa pregunta, más allá de la intención con que fue pronunciada, ancla y es recogida por quienes siempre sostuvieron que los muertos de los ’70 se la buscaron. Esa pregunta descalifica el sufrimiento de otros. Esa pregunta es esencialmente política, no emocional.

Blumberg reaparece ahora, a la sombra del caso Garnil, reivindicado, después de la gaffe que lo mantuvo en sana reserva: cuando dijo que el crimen de Sebastián Bordón era un crimen menor, cuando dijo que “ese caso era diferente, ¿entiende? El chico estaba drogado”, mostró la hilacha. El aparato del Estado y sus fuerzas de seguridad deben estar disponibles y desplegados para salvaguardar las vidas de todos los ciudadanos, claro, pero lo de “todos”, entre “nosotros”, es un decir: algunos se lo buscan. La derecha argentina tuvo su oportunidad, a la luz de los desastres que provocó, para rehacerse tan derecha como quiera, pero sujeta a dos o tres consensos básicos. “Somos derechos y humanos”, repetían las señoras de reflejitos dorados en el pelo, mocasines de campo y remeras cuello polo en los setenta, mientras sus maridos juntaban con pala la plata dulce. Hoy la mugre que generó ese sistema barre la orilla de barrios privilegiados. El dolor da derechos, y los padres y madres que pasan por el calvario de tener a sus hijos secuestrados, con desenlaces dispares, hablan. Algunos de ellos hablarán este jueves, pedirán seguridad, dirán que así no se puede seguir. ¿Así cómo? ¿Con derechos humanos sólo para los delincuentes? Quien adhiera a esa marcha estará haciendo también esa pregunta, que no pregunta nada. Afirma. Afirma que en este país algunos siguen diciendo por lo bajo las frases más terribles, inhumanas, las frases a las que nadie tiene derecho y a las que ningún dolor habilita. Quien a treinta años de la masacre sostenga que “algo habrán hecho” no es menos vil que un vulgar secuestrador.

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