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El azar de la no-tragedia

Fue un pedido de las Madres del Dolor que rápidamente corrió de boca en boca, ayudado, ese sábado sin diarios, por la caja de resonancia televisiva: que fuera un fin de año sin pirotecnia en señal del duelo colectivo. A las doce, pareció abrirse una brecha en ese pedido: petardos y cañitas volaron como siempre, parecía que como siempre, pero no. Fueron dos, tres minutos interminables y sonaron como una fuerte irreverencia. Después, el silencio se hizo eco del estado de ánimo general. Este 31 no hubo nada que festejar, y si algún deseo sensato pudo elaborarse esa noche desquiciada en la que decenas de familiares esperaban todavía en las puertas de la Morgue Judicial que les entregaran los cuerpos de sus chicos, seguramente ese deseo tuvo que ver con lo importante y no con lo anecdótico. Los golpes descomunales a los que arrojan este tipo de tragedias funcionan como resaltadores de lo importante. Qué desear, sino que los hijos estén bien, que no les pase nada, que salgan y que vuelvan. Pero cómo desear eso sin desear además vivir en un país en el que no sea el azar el responsable de que justo ese techo no se caiga, de que justo esa discoteca no se incendie, de que justo esa noche alguien estúpido o alguien borracho no decida jugar a la ruleta rusa con las vidas de los demás. Cómo desear que nuestros hijos vivan sus vidas sin que los estemos controlando o tutelando permanentemente, sin desear además vivir en un país en el que no sea el azar el responsable de que no sea justo hoy que todo estalle. La sensación que sobrevuela el ánimo general es que estamos abandonados al azar de la no-tragedia.

Y una vez más, en esos deseos importantes, básicos y tan íntimos que cada padre y madre de adolescentes deben haber pedido para sí, con énfasis egoísta y humano, en las grietas abiertas de una angustia general que no daba tregua, volvieron a cruzarse lo personal y lo político. Porque cuando nuestros hijos salen a la calle, cuando van a discotecas, cuando circulan por lugares públicos, cuando ya tienen edad para disfrutar de la magia irreemplazable de los shows musicales multitudinarios, en ese país deseable es el Estado el que debería hacernos posta y darnos la tranquilidad de que si un boliche o un estadio están abiertos es porque alguien ha verificado que está en regla. Si los deseos de este fin de año fueron elementales, si tuvieron que ver con los afectos más cercanos, también se entrelazaron con la necesidad de que lo público, de una buena vez, nos ampare.

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