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Tela rasgada

“Pocas veces quedé tan cansado como esa noche. Al otro día le dije a mi hermano que estaba angustiado; que no sabía cuántas noches como ésa nos quedaban por delante.” Así terminaba su crónica Mariano, que tiene treinta y muy pocos, después de relatar extensamente cómo vivió su santo jueves en River, su noche Stone. Sensaciones semejantes a las que describió Mariano refirieron otros, más o menos jóvenes que él, sobre la fiesta de U2. El correo electrónico funcionó esta semana como un soporte de decenas de cronistas deseosos de comunicar ese tipo de excitación sudorosa y viral que se vivió en esos conciertos, aunque con los matices propios que exuda cada banda. Gente de veinte o cuarenta, con reflejos hormonales activados y autónomos. Gente con necesidad de expulsar algo de lo que tragó toda esa noche; gente lactante ávida de buena leche; gente con súbita vocación de chequear que eso que le atravesaba el pecho no era algo individual, sino una porción de la torta gigantesca de la que habían formado parte; gente buscando que el hechizo se convirtiera en palabras, y gente que, como Mariano, advertía que las palabras no designan casi nunca lo mejor que nos pasa: que lo mejor que nos pasa no se escribe, se siente; que no se comunica, se comparte; que no se dice, se vive.

“…que estaba angustiado; que no sabía cuántas noches como ésas nos quedaban por delante” leí en la pantalla, y un impulso me hizo levantarme de la silla y buscar en la biblioteca El cielo protector, de Paul Bowles. Cuando leí hace muchos años ese libro, hubo un párrafo que me estremeció de pies a cabeza. Y cuando vi la película de Bertolucci, que cierra el escritor hablando a cámara, me volví a estremecer porque él decía esas mismas palabras: “La muerte está siempre en camino, pero el hecho de que no sepamos cuándo llega parece suprimir la finitud de la vida. Lo que tanto odiamos es esa precisión terrible. Pero como no sabemos, llegamos a pensar que la vida es un pozo inagotable. Sin embargo, todas las cosas ocurren sólo un cierto número de veces, en realidad muy pocas. ¿Cuántas veces más recordarás cierta tarde de tu infancia, una tarde que es parte tan entrañable de tu ser que no puedes concebir siquiera tu vida sin ella? Quizá cuatro o cinco veces más. Quizá ni eso. ¿Cuántas veces más mirarás salir la luna llena?”.

Cuando terminé de releerlo comprendí con claridad la asociación entre las palabras de Mariano y las de Bowles. Sólo que Bowles las puso en boca de un personaje trágico, Port Moresby, que muere en el desierto, y Mariano usó las suyas para cerrar una crónica de un tipo de felicidad completa, un rato de plenitud, una excepción a la regla. Eso es lo que pescó Mariano y lo que hizo que el remate de su crónica lo dejara a uno desacomodado. Superpuesto a la excitación y la diversión, estaba ahí el sentimiento de la finitud. Acaso tenga algo que ver, no lo sé, el hecho de que el padre de Mariano está desaparecido. Quizás eso explique su sensibilidad rasante, su carne viva, porque la carne viva no está muerta.

Cada banda a su modo, los Stones y U2 vinieron a entregar extracto de un perfume que se huele pocas veces: eso es lo que dicen Mariano y Bowles. Eso mismo decía, con precisión exquisita, John Berger, cuando hablaba en una entrevista de esos momentos individuales o colectivos en los que dos personas o decenas de miles sienten algo que no se puede traducir en palabras, algo que todavía no tiene nombre ni forma, pero que es experimentado como un rayo de luz, como una inyección intravenosa en el alma.

Toda la industria del entretenimiento, la fastuosa, millonaria, colosal industria del entretenimiento, yace sobre la necesidad de distraer a la gente del sentimiento de finitud. En definitiva, a ese mar indigerible van a dar todos los ríos del hastío, el aburrimiento y el vacío. La industria del entretenimiento dirige sus productos hacia ahí, dispara sus cañitas voladoras para evitar que la gente se pregunte si hay o no hay un cielo protector que esté amparándola. Los resortes más burdos, masivos y previsibles de esa industria resuelven la ecuación a través de diferentes formas de alienación individual y colectiva. El hombre solitario que se deja ir en la pantalla televisiva y mastica el popcorn de la intrascendencia; la masa que viva a un ídolo cuyo nombre se olvidará mañana, pero del que consume todo el merchandising.

Pero en la industria del entretenimiento, en la que obviamente y en última instancia se inscriben también estas grandes bandas, hay algunos aspectos centrales que disparan fenómenos inexplicables, esos que no tienen nombre. Tanto los Stones como U2, cada uno a su manera, física o mental, festiva o politizada, rasgan la tela y hacen un tajo: en sus shows, el público, transpirado el de los Stones, conmovido el de U2, revive, se reanima, resucita, se despierta, reacciona, vibra, late, llora, ríe, canta, baila, ama. Eso no se puede fabricar. Eso pasa por afuera de todas las reglas del mercadeo, que puede fabricar ídolos pero no ese tipo de ídolos que siembran preguntas interesantes. Y es ahí cuando se abren, como senderos del jardín que se bifurcan, la industria cultural y el arte. La industria cultural distrae. El arte, en cambio, suele conectar a la gente con cierto tipo de misterios, con una inquietud vital.

En estos días, el correo electrónico fue el soporte por el que se deslizaron decenas de testimonios de gente que mezcló adrenalina con esos signos de interrogación. Y más allá de las particularidades de los Stones y U2, más allá del fasto que impregna sus shows y de la maquinaria que arrastran, uno tiende a creer, por las preguntas en el aire que dejaron en tantos, que ellos generan ondas expansivas del otro lado, en el campo, en las tribunas. Que la industria del entretenimiento es perforable. Que por las rasgaduras de su tela puede drenar algo de esencia, algo de magia y algo de verdad. Y entonces ahí, en ese instante, la música no entretiene: señala un desvío.

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