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¿Ahí abajo también?

Esto es el colmo. ¿También ahí hay que rejuvenecer? ¡También ahí hay que rejuvenecer!

De las cirugías de vagina se viene hablando por estos lares desde que Alejandra Pradón eligió ese retoque en el programa Transformaciones. La mujer que salvó su vida después de caer de un séptimo piso quiso volver al quirófano para retocarse abajo, puesto que los ajetreos de la vida, parece, a algunas mujeres las vuelven ¿anchas?, ¿cilíndricas?, ¿circunferenciales?, ¿redondas como aseguraba Colón que era la Tierra? ¿Huecas del todo?

Las vueltas de la vida nos hacen, parece, ¿demasiado continentes para lo que hay de contenido?, ¿demasiado hondas como para dar miedo?, ¿demasiado cóncavas para lo convexo?, ¿demasiado blandas para ofrecer la resistencia justa?

Hace ya unos años, cuando todavía los Monólogos de la vagina recorrían el mundo y coros de mujeres de todas las edades coreaban “¡vagina, vagina!” a voz en cuello (y no de útero), como liberando siglos de secretos, estas cirugías todavía no se habían puesto de moda y, pobre Eve Ensler, lo que se perdió. Achicarse la vagina, se habrá visto. ¿Qué será Bamba, el almohadón vaginal que hizo famoso la sexóloga Alessandra Rampolla? ¿Joven o madurito? ¿Serán las formas de Bamba las de una vagina promedio o tendrá el aspecto de una buena vagina joven o en todo caso las de una vagina rejuvenecida y retocada?

Hay que aclararlo: esta operación estética de última generación se bifurca en dos direcciones. Hacia fuera, en lo visible, en los labios, aniñándolos y poniéndolos rozagantes. Hacia adentro, en lo invisible, estrechando paredes. Se han escuchado testimonios de mujeres que afirman que después de “estrechársela” gozan más. Andá.

Pero el colmo, según un artículo de Los Angeles Times, es que las candidatas al rejuvenecimiento vaginal llegan al consultorio del cirujano con la foto de la que quieren: la de actrices porno o escorts de caras obviamente desconocidas modelan sus partes para que sean copiadas. Hay novios y maridos que señalan, con la hoja de la revista ya recortada:

–Hacete ésta.

Y ellas van, seguramente con la susodicha bien fruncida, a lograr que labios mayores y menores se retraigan, a que las cavidades por las que tal vez salieron niños se contraigan, a que las modifiquen de manera tal de poder gatear con la luz encendida ante esos novios o maridos que seguirán teniendo en mente siempre otra cosa, porque, querida, tu vagina es tu trinchera, tu pasaporte, tu currículum, tu salvoconducto, tu zona fronteriza, tu carnet, tu cara en el espejo en el que nunca te mirás, tu religión sin dioses; tu vagina es santa.

A la época ahora se le ha dado por meterse incluso ahí, en ese lugar reservado hasta ahora para muy pocas cosas. Llevamos siglos, las mujeres, repitiendo que ese lugar no es exclusivamente la vía por la que las que quieren y pueden se convierten en madres. Llevamos siglos intentando reivindicar ese portal del cuerpo femenino como el accidente físico que nos ha sido dado, y muy bien dado, para acceder al placer. Y vean lo que pasa cuando parece que media batalla está ganada: la vagina, ya definitivamente sexuada, ya herramienta de frenesí y deleite, se vuelve carne de bisturí, carne sangrante, carne dolorida y sufriente, insatisfecha, deformada, envejecida, y esa vagina presuntamente triunfante por sobre aquella otra, la que sólo tenía por destino una sala de partos, vuelve a internarse en la extravagancia médica y en el abuso patriarcal, y hay que tenerla despierta pero angosta como si ella no supiera nada de la vida y fuera, ella, la vagina sexuada, una colegiala que se resiste al beso, una histeriquita que dice “no, no, no, que me duele”, pero que se ha tomado el trabajo de sufrir para estar dispuesta aparentando no estar disponible.

Desde tiempo inmemorial el entrecruzamiento de poderes reinantes en diferentes culturas destinó al sexo femenino la sentencia del dolor y la culpa. En países musulmanes africanos todavía hoy, diariamente, en aldeas perdidas, niñas de doce o trece años padecen la ablación del clítoris. No hace falta desentrañar demasiado esas costumbres ancestrales y sanguinarias para advertir la condena al goce femenino. En Occidente, los castigos adoptaron otras formas, más abstractas pero no menos eficientes. La culpa, trabajada artesanal y largamente; el prejuicio, diseminado sin ahorro; la ignorancia, siempre multiplicada incluso cuando adopta el disfraz de información. Discernir entre el sexo reproductor y el sexo placentero tomó siglos. Formular el concepto de “derechos sexuales” también tomó siglos. Solamente el sexo seguro puede ser placentero, y todavía, para millones de mujeres, el sexo no es seguro.

Y en los ínfimos segmentos privilegiados de las sociedades contemporáneas en los que las mujeres podrían ahora disfrutar de su sexualidad, surgen ya estos desvíos que vuelven a llevar a la vagina a su zona de riesgo, a su frontera con el dolor. Y algunas caen en la trampa.

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