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El sistema

En Cromañón murieron jóvenes. En Caballito, bolivianos. Las dimensiones de las tragedias son asimétricas si la vara mide cuánta gente fue interrumpida en el acto de vivir. Pero conviene apuntar que en Cromañón murieron jóvenes y en Caballito, bolivianos.

Los seis muertos esclavos del taller clandestino de costura de la calle Luis Viale se constituyeron en la primera conmoción del flamante gobierno de Jorge Telerman. Sus también flamantes funcionarios prometieron rever el hecho de que, según estiman tanto vecinos como voceros del gremio de los costureros, en esa zona residencial se aglutinen, vaya uno a saber por qué justo ahí, más de un centenar de talleres de esa rara especie, esas jaulas infernales llenas de prisioneros voluntarios que vienen aquí a rendirse ante la evidencia de que sus vidas son accidentes de los que deben ocuparse ellos mismos de prolongar, de la manera que sea, de la que encuentren.

Es de esperar que no sólo los funcionarios del gobierno de la ciudad revean no exactamente esas habilitaciones (es difícil pensar que alguien se presente a habilitar un taller de esclavos; lo más probable, indica el sentido común de un chico de ocho años, es que la habilitación corra por un carril legal), sino específicamente el hecho comprobable a todas luces de que después de que una habilitación es otorgada, nadie se ocupa de verificar que es usada para lo que se pidió. Lo que es evidente es que faltan controles. Pero también en esa faena sería deseable ver sumergida a la oposición, a todos esos vociferantes defensores de la dignidad humana en el estrado cuando hay cámaras de televisión transmitiendo alegatos.

La tragedia de Caballito pone de manifiesto, entre otras cosas, que aquel sistema que falló en Cromañón sigue siendo el mismo sistema que hoy falla cuando un vecino va hace un mes al CGP del barrio a denunciar la existencia del taller clandestino donde ocurriría la desgracia y allí le exigen dar su nombre y apellido, además de todos sus otros datos personales, y constituirse en denunciante de una mafia. Una política pública porteña abonada durante años logró hacer emerger a los Centros de Gestión y Participación como los referentes de las preocupaciones vecinales, pero algo grave falla cuando un ciudadano anónimo se acerca a denunciar algo tan aberrante como el trabajo esclavo y ese gesto de civilidad se le vuelve, merced a empleados que deben estar obedeciendo órdenes, una escupida al cielo.

Lo que pasó en Caballito es distinto, pero en algún punto es igual a lo que pasó en Cromañón. Son esas cosas que todo el mundo sabe que algún día pasarán, pero se sospecha que ese día siempre será mañana. En una ciudad en la que se llegaron a habilitar estaciones de servicio abajo de autopistas, ¿cuánto puede demorarse una tragedia?

Son esas cosas horribles que pasan a la vista de mucha gente, esas cosas irregulares con consecuencias espantosas que no requieren ni siquiera ser demasiado disimuladas. Esas cosas sucias y malolientes para tantos de las que viven muy bien unos pocos. Esas cosas que están mal, pero se arreglan, porque la cadena de responsabilidades es larga y ofrece generalmente algún eslabón interesado en el sobre, en la propina. Esas cosas odiosamente crueles que un día estallan y parecen escandalizar a todos: ¿cuánto y cómo puede escandalizar la cara de un chico boliviano de diez años mirando por atrás de la reja de una casa en llamas? ¿Cuánto y cómo puede escandalizar la fuga desesperada de los sobrevivientes, que con su huida están diciendo que son ilegales, que no quieren ser deportados, que esa jaula ardiente era un lugar en el mundo, el único lugar que encontraron en el mundo de mierda que ven desde esos ojos aindiados?

Cuando se habla de “sistema” vaya a saber uno en qué se piensa. Bueno, se habla de todo eso. De un gigantesco engranaje que hace mover las piezas cada día, de un monstruo de mil patas y mil ojos que ni se mueve ni ve: la lógica de un sistema yace mucho más expuesta en lo que no sucede que en lo que sucede. El sistema debe encargarse, por ejemplo, de que la gente no se mate entre sí, de que la gente pague lo que compra, de que se paguen los impuestos o de que se diriman los conflictos sin violencia. El sistema es artificial: un aparato creado desde la política para que la vida en común sea posible. Pero un sistema sólo puede sobrevivir unido como un siamés a una idiosincrasia. Un sistema es asimilado y absorbido y vomitado para persistir y perpetuarse, haciéndose pasar por un “modo de vida”.

En Buenos Aires, tras décadas de un sistema corrosivo que se caracterizó por el robo a mano desarmada, tras años de una concepción de lo público más parecida a una alcancía que a una causa, el sistema empezó a cobrar vidas. El sistema nunca fue gratis, pero lo parecía. Ahora no lo parece más. Cromañón, aunque se haya ya cargado a Aníbal Ibarra y a pesar de que sigue impidiendo que toque de nuevo Callejeros, fue el agónico estertor de un sistema que se pasó años esquivando desastres y ya no puede evitarlos. Parece ser que no se trata sólo de cambiar de jefe de Gobierno, ni siquiera de partido: ese sistema, que cuando hace agua hace fuego, seguirá tragando vidas si no se replantea lo central y no lo accesorio.

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