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“En este país, el hambre es lo más perverso”

[SOCIEDAD › ALBERTO MORLACHETTI, COORDINADOR DEL MOVIMIENTO DE LOS CHICOS DEL PUEBLO.

Desde hace 30 años trabaja con chicos en situación de calle. Ahora, la organización que coordina encaró una campaña contra el hambre y la desnutrición infantil. Ayer, junto a la CTA, marcharon por el centro de la ciudad en el marco de la campaña “El hambre es un crimen”.]

En Avellaneda, cerca del puente Pueyrredón, están las manzanas en las que Alberto Morlachetti trabaja desde hace treinta años, con la Fundación Pelota de Trapo. Desde bebés hasta adolescentes encuentran en esas casas no sólo atención, también cariño; no sólo un plato de comida, también un postre; no sólo adultos que los contienen, también otros jóvenes con una historia parecida a la de ellos que decidieron quedarse para cuidar a otros más chicos. Esta semana, con una lista larga de adhesiones, el Movimiento de los Chicos del Pueblo, que Morlachetti coordina, emitió un comunicado recordando el estado de situación de la infancia más desprotegida. Como un ayuda-memoria de lo que sería preferible olvidar, Morlachetti enumera: “Para nosotros, las cifras del hambre no han bajado. Manejamos la cifra del 70 por ciento de niños bajo el nivel de pobreza. Del Indec surge el 65 por ciento, pero nosotros creemos que esos datos son bajos. En el 2001 llegamos a tener ocho de cada diez niños bajo el nivel de pobreza. La recuperación es demasiado lenta y, mientras tanto, en el imaginario social, los chicos pobres parecen responsables por su pobreza”.

–¿No se está tomando el tema, desde el Estado, con la importancia que requiere?

–En la Argentina, el hambre es una barbaridad. Lo que nosotros notamos, en materia de infancia, es que en los últimos años no hubo modificaciones, al menos en los grandes centros urbanos. Y es imposible que un tema como éste se modifique si no se modifica la distribución de la riqueza. Hasta que no haya una distribución democrática, esto no se va modificar.

–Salen con un comunicado que describe una situación muy dura.

–En él decimos que el 70 por ciento de la población vive bajo la línea de pobreza, que la mitad no come: decir indigencia es decir eso, que no come. Decimos además que mueren decenas de niños por día por causas evitables. Y decimos que a la tasa de mortalidad habría que agregar a esos chicos que quedan inválidos para siempre. A los que el hambre deja inválidos. Yo me opongo a decir que un chico es irrecuperable. Pero vamos a ser realistas. Cuando hay pérdida de masa neurológica, no vas a lograr nunca que esa persona llegue a tener pensamientos superiores. Podrás hacer de él un buen trabajador. Pero nada más. Y el acceso a ese nivel de pensamiento es un derecho, que pierden en los hechos los chicos a los que afecta la desnutrición grave.

–¿Qué mirada cree que tiene la sociedad sobre estos chicos?

–Nosotros estamos interesados en modificar un imaginario que se ha convertido en hostil hacia los niños. Queremos modificar esa idea de que hay que protegerse de los niños. Hay que construir puentes entre una generación y otra, porque están rotos. Que vuelva el sentido común.

–¿Han notado cambios desde la irrupción del paco en los barrios pobres?

–Después del paco y después del crack hay que cambiar todo lo que se sabe sobre drogas. El paco en tres meses te liquida. Daña el cerebro en forma irreversible. Vale un peso, por eso se consume tanto, pero el paco te pide más paco muy rápido, y es otro pesito, y al rato otro pesito, y va destruyendo la personalidad y se llega al robo. Te lleva a un lugar de éxtasis, pero te baja inmediatamente. Y la bajada es insoportable.

–¿Lonota también en este barrio?

–Este es un barrio obrero pauperizado. Hay muchas casas tomadas. Nosotros hicimos la sala de primeros auxilios, la biblioteca; nos quieren, pero ahora, cuando voy, tengo que ir con cuatro pibes.

–¿Cuántos años hace que trabaja con chicos?

–Treinta. Y tengo sesenta y tres. A mí no me gusta hablar de mi infancia. Yo digo solamente que tuve una infancia dura, parecida a la de estos chicos. He tenido una vocación clara para esto. Le dediqué mi vida. Cuandoempezamos con esto, había un chico que venía de la villa. Yo había puesto una bañera y un calefón en la Casa de los Niños. Y el pibe estaba tres horas bajo el agua caliente. Era una caricia para él, ¿vos te das cuenta? Esa sensación de bañarse con agua caliente él no la conocía. Con los pibes vos construís una pedagogía muy distinta. Primero hay que hacer un vínculo, y después poner pautas.

–¿Cómo se construyó todo esto?

–Yo soy sociólogo, era docente. Yo vendí diarios muchísimos años, mientras estudiaba de noche. Y empecé a trabajar con chicos cuando todavía no existían los chicos de la calle. La sociología abstracta a mí no me interesa. Y los chicos de la calle no existen desde siempre, son el producto de un modelo. Y la infancia es una etapa de la vida tan importante como cualquiera. Por eso reivindico esa noción que nos dice que un niño es un sujeto político. Y ese niño tiene que tener voz. Hay que escucharlos.

–Cuando surgió la Casa del Niño, ¿cuál era el panorama?

–Había chicos con pobreza. La historia argentina marca etapas muy claras en relación con el niño. A fines del siglo XIX, principios del siglo XX, vos tenés una enorme cantidad de chicos en la calle. Nuestros abuelos vinieron a un plan de colonización de tierras que ya estaban otorgadas. Y ahí esas familias llenaron los inquilinatos, los conventillos. Un cuarto para cada familia no alcanzaba. Y ahí vos tenés esas primeras camadas de chicos en la calle. En la manufactura de esa época había muchísimo trabajo infantil. Está en el censo.

–Por esa época surgió la Ley de Patronato.

–Claro, pero Agote, cuando saca la Ley de Patronato, no apunta al chico en la calle por pobreza, o por delito, sino al chico que es caldo de cultivo para el anarquismo. En 1910, en plena discusión sobre la ley, propone sacar 10 mil chicos de las calles de Buenos Aires y trasladarlos a la isla Martín García. Los chicos ya eran blanco fijo del Partido Conservador. Cuando llega el peronismo, con el Estado de bienestar ya instalado, los chicos desaparecen de las calles. Y esto es así: cuando los padres tienen trabajo, los pibes no están en la calle. ¿Vos creés que Ferrer hubiese escrito “Chiquilín de Bachín” si hubiese habido miles y miles de chicos de la calle? No, escribió eso porque había pocos. Los pibes pobres vivían pobremente, pero en familia.

–Eso estalla con la dictadura.

–Claro. Hasta ahí nosotros trabajábamos con esa problemática. Con lo que hoy se conoce como chicos de la calle empezamos a trabajar a principios de los ’80. Ya había pibes desarraigados de la familia, chicos que vivían con sus pares. Ningún chico huye de la ternura. El pibe, cuando se escapa, se escapa del maltrato. Se va cuando hay deterioro afectivo. En el ’82, ’83, el fenómeno era grande. Y no había recetas: nadie sabía cómo manejarse con esos chicos. Yo recuperé la palabra de Evita, que llegó a decir que cualquier sistema que no sea el familiar es una forma de violencia para los chicos. Ella era una mujer de una intuición fenomenal. Yo conocí todos los hogares escuela. Era un trabajo inédito, con consultorios pediátricos, odontológicos. Las competencias deportivas eran usadas también como controles médicos. En fin, aquélla era una sociedad que se hacía cargo de sus hijos. Hoy no podemos decir lo mismo.

–¿El peronismo se hizo cargo se los chicos?

–No, fue más amplio; si no, no se explican las décadas del ’60 y el ’70. El cambio llegó en el ’76. Cuando empezamos, todo era nuevo. Un pibe institucionalizado, ¿qué quería? Libertad. Bueno, dije. El que quiere, se va. Y se fueron quedando. Pero eran chicos grandes. Con el tiempo fuimos trabajando cada vez con chicos más chicos. Hoy la edad más violenta no es la de 17, 18 años, como antes. La franja más difícil es la de 12 y 13. El pibe de esa edad no aguanta ni el hambre de los hermanos, ni el llanto de la mamá. No lo tolera. Y sale.

–Y son púberes, casi niños.

–Yo digo: a ese pibe le sacás la escuela, no lo alimentás, nunca come lo que le gusta, nadie le guarda su dientito de leche, nadie lo acaricia, no tiene su primera foto… ¿Qué estás haciendo con ese pibe? Lo que vos mismo entendés como condición humana, se lo estás sacando todo. ¿Y después qué querés?, ¿qué te acaricie? Te va a sacar los ojos…

–¿El hambre es un crimen, entonces?

–Si un pibe se muere al lado de una pila de comida… ese pibe muere asesinado. Por eso el hambre es un crimen. Es mentira que el capitalismo tiene un rostro humano, no tiene ninguno. Haber inventado el hambre en la Argentina es lo más perverso que pasó en este país.

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