Discapacidad adquirida

Tiene cuatro años, no camina, sus miembros estás atrofiados. Vive en Santa Elena, Entre Ríos. El chiquito no nació con problemas de discapacidad. Puede hablarse en este caso de una discapacidad adquirida en la pobreza. El, junto a dos hermanitos bebés, fue hallado por la terapista ocupacional Miriam Walter, en una familia de esa localidad sumida en las más extremas carencias. Fue el hambre, la desnutrición la que provocó ese estado de discapacidad.

El chiquito tiene cuatro años pero pesa solamente diez kilos y mide 85 centímetros. Su comportamiento es el de un niño de un año y medio. Así lo afectó el hambre. Así se fue consumiendo desde hace cuatro años, cuando nació en esa zona castigada por la miseria. No es que nadie sabía de ellos. En varias oportunidades se habló de su caso, pero recién el 5 de agosto los niños fueron internados en el Hospital Maternal de Santa Elena. El chiquito de cuatro años y sus hermanitos bebés forman parte de una familia numerosa, integrada por trece personas.

La terapista ocupacional Miriam Walter declaró que un equipo interdisciplinario pudo ocuparse del caso después de una conversación con la madre. Se decidió llevar un médico a la casa, y allí se vio el horror. Era un horror perfectamente previsible y anunciado: la madre de los niños también padece una discapacidad producto de su propia desnutrición. El caso emerge como un testimonio de la desnutrición crónica, sus protagonistas, sus consecuencias, su indignidad, su profundización, su efecto devastador. Es la pobreza estructural, la que viven aquellos a los que no va a parar ningún intento de recuperación ni de inclusión.

Esta familia de Santa Elena no se cayó de ninguna clase en la crisis. No padece sus males y sus dolores porque fue afectada por las políticas de privatizaciones o de concentración de la riqueza. Esta familia puebla, en cambio, el margen que esta sociedad siempre reservó para los menos que humanos.

Estos niños condenados a una vida degradada y tremenda no forman parte de ninguna agenda. Están ahí, sean o no detectados por asistentes sociales, médicos, terapistas, gente de buena fe. Están, lo sabemos, porque es inevitable saberlo. Son la basura que hemos corrido debajo de la alfombra. Es ese espectáculo tan sórdido y revulsivo que hasta nos negamos a ver. Son cuerpos deformes, vejeces prematuras, idioteces, mentes idas, afectos vacíos, mundos inimaginables.

Están ahí.

Compartí tu aprecio

Deja un comentario