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El rumbo

Que por primera vez en cinco siglos esta región está “creciendo sin desigualar”. Eso dijo la secretaria general de la Cepal en la Cumbre de San Juan esta semana, además de elogiar dentro del conjunto a la Argentina por su activa política de empleo. Uno sabe que eso no será jamás un título de diario o noticiero, porque esos títulos surgen de otro tipo de informaciones, y no necesariamente recién ahora. Es una lógica interna de los medios la que hace que la controversia sea un posible título, mientras que la buena noticia, no.

Sin embargo, tratándose de una afirmación que provino de datos comparados, parece interesante rescatarla, porque indica un rumbo y la conciencia de ese rumbo probablemente sea vital para profundizarlo. Ese dato supone también una lógica: los respectivos electorados eligen ese rumbo, y en consecuencia la mezquindad especulativa de los grandes medios, volcados de lleno a la política, insistirá en mantener en la opacidad las conquistas. Pero nada impide rescatar ese dato duro aquí: después de todo, lo que dijo la funcionaria de la Cepal se basaba en datos duros, no en sus gustos personales. Son nada menos que sus altezas los números los que indican que en este año de desgracia europea, consecuencia directa de la crisis no resuelta en el ombligo del mundo, el crecimiento de América latina se sostiene con una característica marcada como inédita porque lo es: por primera vez en la historia moderna de la región, junto con el crecimiento económico han bajado los índices de desempleo y pobreza, y con ellos los de inequidad.

Es obvio que se trata solamente del principio de un camino, los primeros resultados de un modelo. De ese modelo regional no estamos del todo al tanto, paradójicamente, ya que la información sobre la región es aún más sesgada que la nacional. Las coberturas sobre el conflicto entre Colombia y Venezuela son un ejemplo de cómo contar la serie empezando por el décimo capítulo. Mientras tanto, las respectivas oposiciones no trabajan ni aspiran a síntesis superadoras, sino que apenas se refriegan en el recuerdo de lo horrible, e inexplicablemente vuelven a proponerlo. Por aquí y por allá, dirigentes políticos y empresarios, que ya no se distinguen entre sí, hablan con ensoñación de los ’90, en una loca performance que propone un olvido suicida y colectivo para volver al “orden” que extrañan: el derecho a expropiar al mundo del trabajo de sus derechos, para entregarle el poder al mundo del capital. Los ’90 fueron, sintéticamente, eso.

Los ’90 fueron una foto como la que se sacaron esta semana un montón de personajes de la política y las empresas con Héctor Magnetto. A falta de una explicitación del modelo que propone la oposición, se colige su alineamiento con los reclamos de sus principales representados: los que tienen la sartén por el mango. Con lo demás se puede molestar, como con el 82 por ciento móvil, aun después de haber votado en contra de la reestatización de los fondos previsionales. Allí se engarzan con la izquierda, que les llena las calles para apoyar el reclamo.

Volviendo al dato duro de la Cepal, y al camino democrático elegido virtuosamente por la región, que aún no reconoce al gobierno de Honduras precisamente por su génesis golpista, ese dato en sí mismo señala un rumbo, sólo eso. No implica que no haya inequidad, no implica que las cosas no se puedan hacer mejor o más rápido o de una manera más ágil o justa. Señala un rumbo, apenas. Una dirección.

En los países involucrados por esa nueva tendencia, la del crecimiento que no de-siguala, hay gobiernos tan disímiles como idiosincrasias y tradiciones. Pero lo que trasciende a esas enormes diferencias en materia de ritmos y consistencias políticas, podemos verlo: el crecimiento sin desigualar, sostenido en dos ejes: políticas activas de empleo y políticas sociales.

Una cosa y la otra son los dos grandes demonios del neoliberalismo. Lo social debe ser borrado del mapa, como hace el macrismo en Buenos Aires. Te doy una sombrilla amarilla y te pongo bancos de diseño en las plazas del norte, pero me quedo con los insumos de los hospitales y no ejecuto el presupuesto de educación. Y el empleo: si pudieran, irían sistemáticamente a cortarle la cabeza de nuevo a cada conquista y darían de baja cada subsidio. El modelo que tienen en mente no tiene ninguna respuesta para el mundo del trabajo, ya que es en sí mismo la respuesta del mundo del capital al Estado de Bienestar. No hace falta llegar al extremo del “estatismo socializante”, frase pronunciada por Biolcati pero también por todo el poder económico y mediático en 1977, cuando celebró el aniversario número uno de la dictadura. Cualquier Estado que arbitre entre fuertes y débiles será para ellos un “estatismo socializante”: los asquea tanta negociación entre sectores. Qué tanto, si son los dueños.

Encontrar regionalmente una dirección política y económica permite enderezar a un continente gestado como patio trasero. Claro que no es la revolución, pero ¿qué es la revolución? ¿Es necesariamente algo súbito, o es un camino lleno de trampas y tramposos? ¿Es algo a lo que conducen las vanguardias, o es un inmenso colectivo político que se adhiere a lo que lo hace rodar para adelante, y expulsa lo que lo pretende retrasar? Son preguntas que no tienen respuestas, porque pertenecen a debates silenciosos.

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