La tierra encadenada

La tierra encadenada

En 1930, el cacique mapuche Miguel Ñancuche Nahuelquir viajó a Buenos Aires a pedirle al Estado Nacional la titularidad de lote 140 de la comunidad Cushamen, donde su comunidad vivía desde siempre, porque el poder político de la ciudad de Esquel no le daba respuesta a su reclamo.
El conflicto había surgido cuando llegó el árabe Juan Sfeir a pedirle alquiler, subvivienda, y no solamente nunca le pagó un peso sino que vendió esas tierras a un compatriota. Nahuelquir finalmente obtuvo en Buenos Aires el título, volvió al territorio, presentó la documentación y murió “misteriosamente” de un síncope. Inmediatamente su familia perdió -también misteriosamente- la titularidad. Perdieron la tierra.

Corre enero del año 2018. Una familia bulliciosa ingresa en el Viejo Almacen del Foyel, a mitad de camino entre Bariloche y el Bolsón. Piden tortafritas, agua para mate, y ubicación del baño. El último en ingresar al salón es un señor mayor. Se acerca a Yuyo Brigues -propietario del lugar- y le dice “Yo viví acá”. Explica que su padre trabajaba ahí, y que hacía transporte de madera. Brigues le muestra una foto que atesoraba de los viejos propietarios.
Le pregunta el nombre de su padre:

-Miguel Sfeir. Hijo de Juan Sfeir de colonia Cushamen.

Yuyo queda en silencio, haciendo cálculos.

-Mi abuelo Juan Sfeir se tuvo que ir de la colonia porque mató a un indio que se le vino encima del mostrador.

Miguel Ñancuche Nahuelquir era el bisabuelo de Facundo Jones Huala, perseguido político de los gobiernos de Macri. Bachelet y Piñera. Yuyo Brigues es un historiador sin academia, y ató cabos por su cuenta.

Brigues nació en la ciudad de La Plata. Su papá era trabajador independiente y su mamá telefónica. Lo mandaron a una escuela doble turno Salesiana. No terminó el secundario porque abandonó cuatro veces quinto año.

La noche de los lápices se gestó en el Normal N° 3, en la misma manzana donde él estudiaba a los catorce años: “Hubo hechos violentos y sangrientos a la vista, he visto llevarse de la puerta de casa a militantes, saberlos desaparecidos en supuestos enfrentamientos, vimos en la puerta de la escuela ríos de sangre, restos humanos”, recuerda. Sus padres eran peronistas -según Yuyo- porque entendían sus orígenes. Su papá le repetía “Nunca te olvides de dónde venís”. Él agradece ese recordatorio, que ha sido su guía.

Cuando tenía veintidós años, decidió irse de viaje por Sudamérica con doscientos dólares.
Estuvo cinco meses en Otavalo, un pueblo indígena Ecuatoriano rodeado de volcanes.
Empezó a hacer artesanías. Le gustaba, le posibilitaba viajar con poco y fue encontrando su
identidad.

-Me sentía cien por ciento vivo. No vendía nada, pero me daba para subsistir- cuenta.

Llegó un amigo desde La Plata con un rescate: otros doscientos dólares. Los cuidaban como el aire. Trataban de canjear comida por artesanías, pero al poco tiempo emprendieron el regreso con un capital de dos naranjas, dos bananas y diez dólares.

En Perú, un camionero los levantó y los llevó en la carga, viajaron toda la noche entre cañas de bambú mirando las estrellas. Ese día vieron cómo se puso el sol en el pacífico. Se refugiaron en un hotel con los últimos pesos, pidieron ayuda en el consulado, hasta que terminaron refugiados en un templo Hare Krishna.

Yuyo viajó a Bariloche a hacer temporada de trabajo. Tras idas y vueltas se quedó. Formó una familia, pasó frío, emprendió varios negocios que le demandaban viajar por la zona, y se estableció.

Los ciento veinte kilómetros que unen el Bolsón y Bariloche exigían una semana de travesía y acampe, siempre que las condiciones climáticas fueran favorables. A mitad de ese camino se levanta el Paraje Foyel, con poco menos de cien habitantes, pocas casas, algunos animales y el secreto mejor guardado: el Lago Escondido.

El Viejo Almacen del Foyel, un lugar histórico al que Yuyo miraba en cada viaje estaba cerrado y abandonado. Un día vio gente, frenó y pidió la dirección del dueño. Encontró a un hombre, que desde la puerta de su casa lo miraba fijo y en silencio. Yuyo hacía ademanes, buscaba convencerlo de que se lo alquilara y argumentaba, elocuente. “Si me decido le aviso, lo llamo”, fue lo único que consiguió.

Un año después, camino a Esquel, Yuyo de detuvo en el paraje y se acercó nuevamente a la casa:

-Hace tiempo estoy viendo si pasa con la camioneta- le dijo el viejo.
-Bueno, don, ¿qué decidió?
-¿Sabe que perdí su número?
-¿Y a cuánto me lo alquila, Don?
-Doscientos pesos, ¿le parece bien?
-Sí, bueno, le dejo cincuenta de seña. Me estoy yendo pero al regreso armamos un contrato
de alquiler.
-Hagamos un contrato de seis meses.
-Hay que hacer una inversión para amortizar, había pensado diez años.
-¿Y si yo quiero vender el día de mañana?
-Usted quiere vender, y yo quiero comprar.
-Pero usted, ¿vio cómo está?
-Sí, Don.

Yuyo conoció a Marta, su esposa, en el paraje mientras ponía en condiciones el lugar. Ella es santafesina, criada en el valle de Fiske Menuko (General Roca), y estaba de visita. La invitó a cenar y luego a escuchar música. Después tuvieron dos hijas y abrazaron juntos el proyecto.

En el terreno de Yuyo y Marta está ubicada la tranquera donde comienza el camino hacia el lago Escondido, según una sentencia del 2009 del tribunal superior de la provincia que lo habilitó como paso de servidumbre, pero hasta el día de hoy no hay paso. Aparece entre las nubes, el bosque y la montaña. La chimenea de la cabaña humea y la puerta se abre.
Adentro suena un disco compacto.

Se necesita una tarde para revisar todo lo que cuelga de las paredes del Almacén. Fotos de la familia Foyel e Inacayal, últimos caciques en resistir la conquista del desierto, libros, recortes de diario, fotografías, documentos. Yuyo atiende a dos mujeres que acaban de ingresar. Un barril ubicado en el medio del local oficia de salamandra.

La causa de la apertura al Lago Escondido es solamente la punta del Iceberg. La extranjerización de la tierra es la cuestión de fondo, y la apertura a nuevos terratenientes.
Ese camino al Lago atraviesa nueve campos, entre ellos, las doce mil hectáreas de Joseph Lewis. El resto de los propietarios, llegados luego de las corrientes migratorias post- campaña del desierto, tampoco quieren compartirlo.

-Me parece que están ilusionados con que algún día llegue uno con una valija de dólares.

Marta se acerca a la mesa. Pregunta qué queremos comer, pero sugiere: “Yo haría truchas para todos”. Aceptación inmediata. Se suma al relato horas después, habla muy claro, es precisa y contundente. La trucha está exquisita.

Por ese fallo, ese mismo año organizaciones políticas y sociales les pidieron alquilar el predio para manifestarse. Yuyo y Marta lo evaluaron internamente por los conflictos que podría traerles, y decidieron aceptar y avanzar, después de todo viven del turismo y la apertura es estratégica. La decisión trajo consecuencias de inmediato. Les pintaron y empapelaron los carteles del Almacén.

– Hicimos de cuenta que habíamos alquilado el espacio, para protegernos del qué dirán de los vecinos, del linchamiento. Ellos no tienen acceso al lago tampoco, ni acceso a nada. Pero esto es un Boca-River constante, lo tomaron personalmente, y nos obligan a posicionarnos, no tuvimos margen. Nosotros pensamos permanentemente en los grises posibles, porque tenemos un negocio de madera, porque tenemos hijas que van a la escuela acá. Por eso evaluamos los riesgos.

Creen que los vecinos del paraje defienden al magnate por intereses personales, por esa posibilidad tan latente como incierta de que ese vecino rico les compre las tierras. La garantía que le brindan a cambio es que nadie circule por el lugar.

– Uno de los argumentos que utilizan los vecinos para no permitir el paso es que “con los dueños originarios, antiguamente, tampoco se accedía porque te cagaban a tiros”. Pero era una época en la que imperaba el revólver en la cintura, y a los trabajadores indocumentados de origen trasandino se dice que ante cualquier reclamo los fondeaban en el lago. De estas cuestiones no se hablan, hubo homicidios, muertes dudosas, hace muy pocos años atrás.
Por eso nos preguntamos todo el tiempo si continuar –dice Yuyo.

Hace dos años él decidió dejar de ir a las reuniones vecinales. Marta tomó la posta en un grupo que organiza el turismo en la zona: “Mi presencia tiene un montón de ventajas, soy mujer, hablo correctamente, tengo un tono bajo de voz, no me saco los pelos, puedo ser sumamente diplomática, puedo ser la rubia tarada y a los dos segundos una arpía que te come la cabeza. En general, en el mundo de los varones nuestra voz no vale nada, entonces te dejan hablar y hablar, y fui comiendo algunas cabezas”.
Un vecino llamó al telefóno personal de Marta para decir que “Nos vamos a quedar todos sin trabajo con esto del Lago Escondido”. La amenazó, le preguntó cuánto le pagaba La Cámpora. Y en el mismo tenor le preguntó “¿Están buscando otro Santiago Maldonado?”.

Hacía menos de un mes habían encontrado el cuerpo de Santiago.
-¿Qué me estás diciendo Jorge?
-¿Cuánta plata te están poniendo? Están viniendo Montoneros armados.
– Jorge, yo nací en el 78, y Montoneros hoy no existe.
– Si ellos vienen armados, nosotros vamos a estar armados también.

El vecino estaba sacado. En el barrio se lo conoce como “el francés” porque vivió en Francia un tiempo, pero es argentino. Y se le rinde cierta pleitesía porque “Es el dueño de cien hectáreas, porque fue gerente de una empresa, o porque se maneja como parte de ese grupo de élite que se reparte las tierras fiscales como si fuesen propias”, dice Marta.

Mientras lo escuchaba, ella recalculaba. Conocía a sus vecinos, que son tranquilos, hasta que -como todo grupo humano- entra en histeria. Pensó que se iba a armar una batalla campal en la puerta de su casa.

-Está en el inconsciente colectivo, la lógica de ellos es que a mí me manda Yuyo, no que quiero que se libere en acceso al lago. Yo tengo dos hijas, y una casa de madera. Al centro comunitario Azul, ubicado en el paraje, lo prendieron fuego tres veces hasta que lo eliminaron. A la radio que se opuso activamente a que Lewis cambie el aeropuerto de lugar también la prendieron fuego. No voy a correr riesgos porque sí. Corté el teléfono, le dije que era una estupidez lo que decía. Y le dije a Yuyo “¿qué hiciste?”.

Yuyo pidió que el acampe no se hiciera en la puerta de su casa, y paralelamente Marta denunció a Jorge en la policía. Ahí cambió todo. Alguien de la fuerza dio aviso a Jorge, quien minutos después cayó en el Viejo Almacen del Foyel:

-¿Vos me hiciste una denuncia?
-Sí.

Yuyo se acercó y se agarraron a las piñas. Marta lo recuerda con enojo: “La arreglaron como arreglan las cosas los varones, yo soy grande, me defiendo, me pasaron por encima”.

Las piñas sirvieron para otra cosa. Esa noche Yuyo contó lo que pasó a los medios a través de un audio. Le recomendaron que presentara un habeas corpus y eso obligó a la jueza a sentar a las partes a dialogar. Se empezó a hablar del lago. Pidieron custodia policial. El patrullero llegó, bajó la velocidad, y siguió de largo. Liberó la zona. Esa noche no durmieron.

-Fue una chispa en falso, si el tipo se hubiera ido de acá enojado, sin poder dar la piña, hubiese ido a llenar cabezas- dice Marta.

Después de eso hubo otras marchas más. La relación con los vecinos sigue latente.
Conviven con la cuestión de por medio.

-Mucha gente llega acá con ganas de ir al lago, y nosotros recomendamos que no lo hagan.
Además no se llega. Cruzás algunas tranqueras, a medida que vas pasando van avisando, te pasan camionetas por al lado y te miran. La última tranquera está cerrada. Es pelear con Goliat.

Yuyo comenta que el próximo dieciocho de noviembre se hará una nueva visibilización: “Yo ya estoy bailando, me podría callar la boca, pero no lo hago, sigo bailando”.

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