Francia Márquez y el palacio

La vicepresidenta colombiana rechaza convertirse en un souvenir. Nota de Jorge Elbaum

En Colombia el racismo es una pandemia interiorizada que sus portadores no logran visibilizar. Les parece exótico e incomprensible que una afroamericana vaya a ocupar el palacio que los blancos creen reservados solo para sus homónimos epidérmicos. 

Para la mente colonial, en todas sus variantes discriminatorias y racializadoras, el poder, el dinero o la fama viste de una pátina blanquecina a quienes se aceptan mimetizarse con sus supuestos rayos de superioridad. 

Esa es la razón por la que –en ocasiones–, individuos de los sectores populares, descendientes de pueblos esclavizados, intentan adecuarse a los cantos de sirena de las pompas palaciegas y las estrategias de condescendencia de la jerarquía jerarquizadora. 

Cada vez que alguien de abajo irrumpe, con fuerza, hacia la legitimidad pública se desata una operación doble. Por un lado para cooptarlo y comprarlo. Y por el otro para disolver su carga innovadora, subversiva, cuestionadora del estatus-quo. Se pretende, en este caso, que Márquez deje de ser aquello por lo activó, militó y soñó. 

Parece que no podrán con Francia. Ella llegó a la vicepresidenta después de sortear charcos de dolor. Vio a las mujeres parir en la tierra. Sobrevivió a un atentado. Sabe el gusto de la tierra contaminada por pesticidas. Conoce la historia de los campesinos desplazados, de los “falsos positivos”, de los cuerpos descuartizados lanzados en los caminos para aterrorizar a las familias. 

Y no quiere salir de sus heridas. No admite ser investida del halo de purismo al que se la quiere someter: ella no consiente el abandono de su identidad golpeada. No  acepta dejar de ser negra para convertirse en autoridad pública. Ella les advierte, sin titubear, que el tránsito de  lealtad requiere de una humildad latente en los orígenes. 

Mientras se la pretende sobornar con hospedajes de suntuosidad, ella les avisa que no hay distracción posible: que la tarea no es sumarse a la comodidad sino ser coherente con los  pisoteados. Y que solo hay “sabrosidad” en la dignidad humana. No en el brillo ilusorio que se amontonan en los cortinados de la simulación.  

 Para quienes conocen el color del miedo compartido, la angustia del señalamiento discriminatorio y la empatía con los que permanecen en su tierra, no hay palacios, ni cambios de hábitos, ni disfrute de boatos inútiles. Solo hay una melodía que se parece a la entrega. Y una nota claramente definida que suena a compromiso y consciencia.

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