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Nunca subestimes el poder de la negación

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Columna de Sandra Russo en Juego de Damas, en Radio Nacional AM 870. Conduce Luisa Valmagia, de Lunes a Viernes de 18 a 20 hs.

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Cuando esto se termine

El día de mañana

Cuando esto termine se nos preguntará sobre cuál fue nuestro rol mientras duró la guerra contra el virus: ¿Vos qué hiciste durante la pandemia? Algunos habremos de recordar que hicimos todo lo que estaba a nuestro alcance, hasta el límite de la obsesión, para evitar
constituirnos en vectores de contagio. Siempre supimos que nunca nos hubiésemos perdonado el haber contagiado a otrxs.

La noche del 17 de agosto, fecha del aniversario del fallecimiento de José de San Martin, fueron internados en el territorio de la Argentina alrededor de 300 personas entre clínicas privadas, hospitales públicos y obras sociales sindicales. Ese mismo día fallecieron alrededor de 90 seres humanos. Una médica amiga, encargada del área de Terapia Intensiva de una clínica privada comentó esa noche: “la marcha no solo amplía indudablemente los contactos y los contagios. También incrementa el peligro de que lxs médicxs, lxs enfermerxs, lxs camillerxs o el personal de limpieza se contagie. Durante las últimas semanas dos víctimas mortales por día pertenecen a operadores de la salud”.

Cuando esto finalice, lxs defensorxs republicanos de las libertades de prensa deberán brindar algunas explicaciones acerca de las agresiones contra movileros de los medios cuya línea editorial no coincidía con sus expectativas.

Cuando esto termine –y va a concluir sin dudas con una vacuna eficaz– muchos prohombres del banderismo en 4×4 deberán aceptar que su irritación no tenía que ver con la salud sino con la imposibilidad de seguir facturando (libremente) en sus empresas. Que tuvo que ver con la contrariedad de no contar con el personal doméstico, con la asunción de que todos somos idénticos ante la enfermedad (cosa que los hacía insoportablemente iguales a la gente que históricamente desprecian), y/o que las restricciones de viajes, cenas, fiestas y ágapes terminaron siendo mucho más molestas para quienes contaban con históricas posibilidades
para practicarlas.

Cuando este se termine los sectores enemigos del distanciamiento social van a tener que revelar por qué estuvieron dispuestos a transformarse en vectores de contagio (aunque ellos hipotéticamente no lo sufrieran) en nombre de su libertad. Tendrán que justificar sobre la llamativa forma del individualismo que se desentiende de los efectos nocivos que puede hipotéticamente producir. Para cuando eso suceda quizás se enseñe que la libertad no es un derecho abstracto. Que nadie tiene libertad para matar, para herir, para dañar. Que eso no puede llamarse libertad sino perversión. O negación irresponsable. O terraplanismo sádico.

Cuando ya hayamos pasado esta tragedia muchos habremos de recordar que hicimos todo lo posible para cuidar y cuidarte. Para reducir el trabajo de los operadores de la Salud, para restringir la posibilidad de que l virus circule. Pero no vamos a poder soslayar el recuerdo de la joven médica María Laura Estanga o del jefe de Terapia Intensiva Miguel Duré. Ni tampoco las vidas malogradas de lxs enfermerxs José Aguirre, Martín Arjona, Grover Licona, Julio Gutiérrez, Armando Lastra y Silvia Chiappa. Todos ellos pedían a los gritos reducir el contacto para prevenir los contagios.

Cuando el virus esté controlado lxs conspiranoicos volverán a su redil de simpatías neonazis, los promotores del patriarcado a sus esfuerzos por justificar la violencia misógina, los defensores de los genocidas a sus Reuniones castrenses, los miembros de la famiglia judicial a sus operaciones en la prensa y los iracundos habitantes de Barrio Parque a repudiar el impuesto a las grandes fortunas.

Para cuando esto sea pretérito sabremos sin duda reconocer a los epidemiólogos, los científicos y los comunicadores responsables que salvaron miles de vidas.

Volveremos a reconocer que lxs investigadorxs –y especialmente el CONICET– son parte integrante de cualquier dispositivo económico y social inclusivo. Y que sus enemigos son simplemente los representación medievales del oscurantismo arqueológico, refractarios a toda racionalidad científica.

Cuando esto termina algunos hijos o nietos se preguntarán porqué las tapas de los diarios más difundidos –y algunos de sus propagandistas más conocidos– invitaban a los compatriotas a emigrar, mostrando una falta absoluta de amor por su tierra y por su gente en el medio de una
tragedia sin precedentes.

Cuando esto termine se publicarán los nombres de lxs miles de seres humanos que perdieron la vida y desde el más profundo dolor le diremos a nuestros hijos y a nuestros nietos que hicimos lo posible para cuidarlos y para salvarlos. Quienes irrumpieron en las plazas no podrán decir lo mismo. Solo les quedará la sombría jactancia de saberse opositores a un gobierno.

Cuando este dolor de hospital, entubamientos y asfixia ya no sea una espada en la garganta cotidiana tendrán que asumir que esta exacerbada susceptibilidad tiene como origen un profundo desprecio hacia los pobres, hacia las mayorías silenciosas, hacia sus renovados vínculos con la política y la esperanza popular.

Y cuando eso suceda, y se vuelvan a abrir, como diría Salvador Allende, las grandes avenidas, volverán a ver el desfile de cientos de miles de argentinxs dispuestos –otra vez– a lanzar el eco de sus cantos y sus bombos. No vendrán en autos importados ni mostrarán su odio como bandera. Llevarán en sus banderas los nombres y las fotos de los que perdimos en esta batalla.

Serán la expresión, otra vez, de aquello que Raúl Scalabrini Ortiz definió como “El subsuelo de la Patria sublevada”.

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Contratapa Página/12

Anticuarentenas y liderazgos

Vemos las caras de los anticuarentena, pero no las de los muertos. Vemos los ojos desorbitados, los ojos con derrames de ira, pero no vemos los ojos que ya están cerrados. Escuchamos las voces de los negacionistas, pero las de los infectólogos suenan “molestas” a los que insisten en que todo es un “invento”. Esto faltaba en las distopías conocidas: que los médicos fueran el objeto de odio de los que quizá mañana mismo los necesiten.

El virus no es uno solo. “Viralizar” era hasta hace pocos meses una expresión de redes: se viralizan noticias, verdaderas y falsas, pero a lo que asistimos mudos es a la viralización de un tipo de desvío mental y emocional que hace que el odio se manifieste en argumentos inconexos que mezclan a Venezuela con Valenzuela, a Bill Gates con “fetos abortados”, a eventuales vacunas con “chips de control”. Esos argumentos los esgrimen personas que precisamente están bajo el control de la fandemia, que imaginan conspiraciones casi galácticas cuando la conspiración evidente es la de la ultraderecha del mundo contra cualquier solución que no sea volver a poner todo en marcha de nuevo, como antes, como si “antes” existiera. Y no se desconoce la desesperación legítima de tantos que no pueden retomar sus trabajos, pero el control les hace inimaginable un auxilio derivado de impuestos nuevos a la punta de la pirámide. Es difícil pilotearse a uno mismo cuando se choca de frente contra el desequilibrio horneado en usinas que buscan que explote todo para recuperar las riendas de un orden extinguido.

Suelo mirar una página italiana que descubrí hace un tiempo y que por la que creí que estaba de paso. No pasé. Volví. Muchas veces. NoiDenunceremo tiene base en Lombardía, y recién ahora, pasados un par de meses del colapso, sirve para que las familias que sufrieron pérdidas de abuelos o de padres o madres o hijos rindan su homenaje, describan al que no está y suban sus fotos en cumpleaños, en casamientos, en plazas, riendo. Los recuerdan riendo. Sus familias lloran todavía la soledad de dos puntas a las que las sometió la mala gestión política de la pandemia. En un extremo, los contagiados que entraron a algún centro de salud y ya no volvieron a salir, y en la otra, los que los amaban y sólo en algunos casos pudieron mandarles mensajes de despedida vía whatsapp cuando los médicos les avisaban que se acercaba en final.

No les vemos las caras a los muertos porque es una manera de proteger una intimidad que no pudo ser tal por las características de esta enfermedad. Pero entonces se convierten en números, en listas, en estadísticas, en pantallazos de “alertas” que nos llaman desde el televisor cuando estamos en el baño o la cocina y están por anunciar a los caídos del día. Por eso, creo, vuelvo a NoiDenunceremo. Porque por un lado se me hizo necesario, extrañamente, ver con mis propios ojos los ojos llenos de vida de esos miles de italianos del norte que no recibieron la asistencia adecuada pese a que en marzo ya se sabía que lo único seguro era el distanciamiento social y así y todo, el polo industrial nunca cerró, y así y todo los barbijos no eran obligatorios ni Bérgamo era zona roja.

No soy la única que busca en esa página historias reales de personas reales. Veo un comentario que llega desde Estados Unidos: “Aquí nadie habla de los muertos. No sabemos quiénes son ni qué ha pasado con ellos. Por eso leo las historias de ustedes”, dice.

El virus de la fandemia coloca a millones de personas en un estado infantil de “no soportar más” el encierro. Como si alguien que debe ser operado “no soportara más” el hospital y se diera a la fuga. Como si otro “no soportara más” no meter el dedo en el enchufe. Esa intolerancia a algo desagradable, perdidoso y lleno de angustia, como es la cuarentena, esa imposibilidad de frustración, toma naturalmente algo de la realidad: la ansiedad y la hipocondría acechan, los seres queridos se extrañan, el cuerpo inmóvil duele, la mente atiborrada de imágenes y de datos contradictorios se nubla. Pero a la verdad le suman la mentira para puerilizar a los que les creen: millones de personas que por ejemplo, en Miami, “no soportan más” no ir a la playa, o por ejemplo en Niza o acá nomás, “no soportan más” no bailar en fiestas electrónicas o no jugar al póker.

La discordia no es con gente racional con la que se pueden discutir estrategias, diagnósticos o información, sino con personas que odian que les pongan un límite, aunque tenga que ver con su propia supervivencia. Todas esas personas han bajado de la nave del odio, que no se detendrá aunque se abra la economía. La nave ya existía y subía a bordo a los bien predispuestos a no creer en un médico pero sí a creer en políticos que odian la política y que les han mentido descaradamente para llevarlos en la nave. Tomará nuevas formas. Seguirán instalados en ese lugar impreciso que también a ellos los incomoda, y esa incomodidad los violenta.

Los grandes movimientos simultáneos a la pandemia, como la rebelión negra en EE.UU, o los choques sociales en Chile, o en Francia, no tienen liderazgos. Los negros que decapitan estatuas de esclavistas en EE.UU, se llaman a sí mismos woke (despiertos), como en Chile, poco antes de esta pesadilla, se gritaba que el pueblo “ya despertó”. Un libro, White Fragility, que hace dos años no causó revuelo, trepa al puesto número uno dela lista del NYT. El libro explica la sucesión de mecanismos defensivos que se ponen en marcha cuando un blanco es acusado de racista: el resultado siempre es un refuerzo del racismo, nunca una merma de su intensidad. Eso explica en parte por qué han decapitado la estatua de esclavistas de la Guerra de Secesión, pero también la de Lincoln, que abolió la esclavitud. Sí, se abolió. Pero el sistema racista es tan perfecto que no ha dejado de cegar vidas negras nunca, ni por un momento, gobernaran republicanos o demócratas. Otra vez el paralelo con Chile, aunque se podría trazar con cualquier otro país latinoamericano: el poder nunca cambió ni el color de la piel ni la clase social. Esa estalactita histórica es la que se quiebra, y no se quiere quebrar, cueste lo que cueste.

Es cierto, como aseguran muchos interpretadores de época, que el capitalismo es un hueso duro de roer. Pero éste ni siquiera es el capitalismo contra el que se sabía cómo luchar: las protestas de médicos residentes a los que Madrid no les paga, los expone. Hay más probabilidades de que se enfermen que de que consigan imponer sus reclamos.

El capitalismo no es un sistema rígido: el que nos confunde ahora es otro, de tinte ferozmente autoritario, que no es el del dueño de la fábrica ni de la empresa. La corporación es anónima y no necesita ni mano de obra ni clientes: necesita que el dinero se multiplique. Frente a esta malformación política y mental de los negacionistas, en algunos países como el nuestro, quedan los liderazgos. En muchos lugares se rechazan los liderazgos “porque vienen a hacer política con nuestro dolor”. Sí. Se trata de hacer política, no usufructuando el dolor sino poniéndole límite a la extracción vampira de vida. Sí. Eso se llama política. Y funciona con liderazgos que asuman la responsabilidad feroz de tomar decisiones.

Que quienes se rebelan contra el statu quo se nieguen a dejar germinar los liderazgos, es también parte del engaño, un subproducto de la nave del odio. Si se conserva un poco de cordura, se entenderá fácilmente que sólo aquellos colectivos que se organicen bajo liderazgos claros tendrán alguna chance. Nos lo dice la historia. No rifemos, por embotamiento, confusión o ansiedad, ni un milímetro de esa oportunidad, porque si algo tenemos son liderazgos, disímiles, matizados, a veces contradictorios: pero con un mismo propósito. La comunidad organizada es la única que con suerte podrá encontrar un rumbo en esta oscuridad.

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Política

Hartazgo

Hace más de quince años que vivimos en un desfasaje psíquico que nos ha doblado en dos como sociedad. No es que antes no lo estuviéramos, pero uno supone, quizá puerilmente ahora, que hay causas superiores, temas unificadores por encima de las diferencias de perspectiva o ideológicas. Uno de esos supuestos era el valor de la vida.

En el ciclo político popular anterior nos confundimos creyendo que la equidad iba a ser bien recibida y nos encontramos con el huracán de frente: no fue bien recibida incluso por muchos de sus beneficiarios. La equidad es un consenso a alcanzar, no un valor que respalde esta sociedad. Todo lo contrario: está alimentada con mitos meritócratas en los que buena parte de las clases medias descendientes de inmigrantes fueron educadas. Vinieron escapando de la hambruna y creyeron, después de muchos sacrificios, que el mérito del progreso era su esfuerzo, y no el país que les dio las oportunidades. Nuestros abuelos eran recelosos de los criollos y de los negros ni hablar. Los indios ni existían.

Y resulta que la vida, a ellos que se embanderan con las dos vidas, les importa un bledo. No hay causas superiores. Todo es sacrificable en la hoguera de lo que llaman populismo y es cualquier cosa que les ponga tope o techo a sus ganancias.

Los agitadores que hoy usufructúan la desesperación de tantos y tantas que necesitan volver a trabajar no tienen perdón. El planteo del tema, si hubiera cuestiones superiores, sería cómo preservar todas las vidas posibles y trabajar en un Estado que tenga herramientas para ir
compensando las enormes pérdidas de diversos sectores. En eso reside la esencia del proyecto del impuesto a las grandes fortunas, que será por única vez aunque a muchos nos gustaría que aportaran regularmente a la sociedad en la que viven y de la que los ricos extraen la fuerza de trabajo, a la que hacen trampa llevándose la plata afuera y a la que también perjudican con sus extraordinarios privilegios.

Pues no: la fábrica de desequilibrio trabaja intensamente para confundir cuidado con autoritarismo. Gana terreno porque tienen los grandes altavoces, los grandes capitales, medio Poder Judicial y algo parecido a dos partidos políticos. Lo que hacen demuestra que no hay ninguna causa superior, ni la vida de sus compatriotas.

No hay ningún amor por la patria, porque no tienen. No hay escrúpulos porque casi todos van a tener que zafar de delitos cometidos. Tienen que trabajar para el fracaso del gobierno de Alberto Fernández. Aunque esa estrategia se lleve puestos a miles, o a decenas de miles de trabajadores.
Son los de siempre pero están peor que nunca. Todos padecemos la cuarentena, pero muchos además padecemos como un daño psíquico y emocional escucharlos decir mentiras o incitaciones al odio desde hace quince años sin parar. Estamos hartos. Hartos de todo hartazgo. Por una vez, que paguen sus chanchullos (a veces me perece que somos un poco hippies).

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