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Política internacional

¿Guerra híbrida?

El filósofo italiano Giorgio Agamben, que fue uno de los primeros en bocetar una análisis de la pandemia –entonces, todavía no era llamada pandemia –, habló directamente de “una construcción neoliberal” para forzar un estado de excepción. Sonó conspirativo. No hay tiempo para echar hablar de conspiraciones cuando están a la vista número escalofriantes de infectados y muertos, y cuando la curva de crecimiento de la pandemia se eleva a niveles que no llegaron en China. Las cepas europeas no son las de Wuhan. No es China la que contagia al mundo aunque Trump o Bolsonaro sigan hablado de “el virus chino”.

Después se escucharon otras voces, porque el curso de los acontecimientos estaba torciendo su propia curva de sentido, implanificable aunque esta pesadilla que vivimos globamente ya haya sido nombrada por altos funcionarios chinos como “guerra
bacteriológica”. Para decirlo sencillo: incluso si el virus hubiese sido “colocado” en Wuhan por alguno de los soldados y oficiales norteamericanos que un mes antes llegaron a esa ciudad para un evento conjunto, el curso del desastre es tan profundo y la reacción de autodefensa china fue tan fuerte, que las sociedades atacadas responden resignificando mitos estructurales del noeliberalismo: la salud pública no es un gasto. Con eso estamos: modifica todo un paradigma.

Hace muy poco tiempo y es fácilmente hallable en Internet, Bill Gates dio una charla TED en la que dio que “la próxima guerra no será con misiles sino con microbios”. En una nota para Asia Times, Pepe Escobar recuerda ahora que un mes antes del estallido del brote en Wuhan, tuvo lugar en Nueva York un simulacro de pandemia. Entre los auspiciantes estaba Bill Gates.

Lo concreto es que gobiernos neo fascistas como el de Trump, Boris Johnson o Jair Bolsonaro ha adoptado el mismo discurso y la misma estategia frente a la pandemia: dejar morir. Dejar que el virus los atraviese, que se salven los más jóvenes y que los sistemas
debilitados de salud pública dejen morir a los enfermos o a los mayores de 60 años. Selección natural. Es lo único que tienen en la cabeza.

El filósofo esloveno Slavoj Zizek, ahora en Londres, escribió para RT. Espantado por el presente, afirmó que este descalabro de todo lo racionalmente concebible y tolerable en términos geopolíticos, hará virar la opinión pública, en un movimiento natural de supervivencia, hacia nuevas formas de cooperación de las que dependerá la vida de
millones de personas. No habla de ninguna conspiración. Pero si la hubo, fue tan enloquecida y mal calculada que esta bisagra preanuncia el fin de ciclo de quienes, por lo menos, son los responsables ideológicos y económicos de que los sistemas púbicos de salud exploten. En ese paisaje, la que emerge es China. Y quedará para los países afectados, tal como está sucediendo en Francia, un replanteo medular de lo “precioso”, como calificó el presidente Macron a la sanidad gratuita, a la que hay que salvar del
mercado.

Hay muchas otras líneas de pensamiento para seguir en medio de la confusión. Pero dejémoslas para estos días, en los que todos estamos en casa, sospechando que los que no lo hacen no tienen remedio, y decididos a verlos como corredores de picadas: no deciden por ellos, deciden sobre los demás en un tema de vida o muerte. No pueden estar en libertad, porque para ellos la libertad es un malentendido.

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Contratapa Página/12 Política

Negacionismo

La derecha no acepta que estamos en emergencia, en una emergencia tal que si no se toma el toro por las astas de una vez seremos atracción para buitres. Que no acepten la emergencia no guarda relación con ningún dato objetivo, como casi nada de lo que dicen, o piensan, o dicen que piensan. El proceso general en el que se inscribió el debate por la primera y fundamental ley que presentó el nuevo gobierno argentino es el de los negacionismos. Y es global. Niegan lo que hicieron, lo que hacen y lo que harán. Niegan sus propósitos y sus consecuencias (“dos pizzas”). Niegan porque lo que deberían aceptar los pasaría a una posición defensiva, y porque ni siquiera sus periodistas comprados les aceptarían que hay sectores sociales enteros y a su vez generaciones que deben ser sacrificadas. Y hay algo que va quedando claro: no lo harán. Serán ofensivos como lo fueron siempre. Niegan el diálogo, la negociación, la lógica, y los problemas sociales, el sufrimiento de millones les importa nada, sólo les importan ellos mismos. Los ademanes civilizados con Alberto Fernández se fueron por la canaleta del cinismo.

Aunque un par de millones de argentinos más se murieran de hambre, la deuda es impagable si no se pone en marcha un plan que si tiene errores podrá rectificarlos, como tantas veces hemos visto. Fue precisamente el hambre, lo visible del hambre, el regreso y la multiplicación de los comedores comunitarios, lo que comenzó a fisurar del todo la imagen de Macri. Ellos niegan, dicen que el peronismo vive de los pobres, entonces los inventa. ¿Cómo se remonta el mismo debate que va durando ochenta años? Los chicos que en el 2015 comían en sus casas, hoy comen en comedores desabastecidos donde en muchos casos tienen que elegir a quiénes darles de comer y a quiénes no, porque lo que hay en las ollas no alcanza para todos los que están en la fila. Y eso fisuró a Macri porque unió al peronismo. Y la tarjeta alimentaria rige ya. El hambre está siendo atendido ya.

Macri niega la emergencia pero ha vivido en una reposera desde que nació. Y no podemos contar ni con él ni con los que todavía creen que los que cortan calles son “la vagancia”. Me lo dijo el otro día un taxista boliviano. “Son desocupados”, le dije. “No, quieren vivir del Estado”. Dijo que en Bolivia no hubo golpe. Desciende de guaraníes y odia a los coyas. Y así está Bolivia, con Evo en la Argentina y con una dictadura que baila el vals con Estados Unidos y con Israel.

“¿Soy acaso el guardián de mi hermano?”, cita el primatólogo Frans De Waal remitiéndose al Génesis, a la pregunta que Dios le hizo a Caín. “Sí soy el guardián de mi hermano” y “No tengo por qué hacerme cargo de mi hermano”, sigue el científico, son dos respuestas opuestas que sin embargo ocultan su origen, aunque cada una retoma tradiciones filosóficas más antiguas. Y el origen de ambas es el capitalismo. “Siempre es bueno que haya competencia” o “Mejor que no la haya”. Surgieron masivamente, esas dos respuestas, durante la primera etapa de la Revolución Industrial británica.

Muy lejos de la voluntad mercantilizadora que poco a poco fue torciendo el rumbo de nuestro mundo, siempre y en todas partes hubo grandes nichos de resistencia de otro modo de entender la vida. Porque esto es liminar. Es al corte. Llega al hueso. Está en los humores profundos de todo lo que exhala. Son modelos de país, pero son éticas y son valores que la derecha nos niega que tengamos, y ellos no tienen seguro. No tenemos un aparato de medios equilibrado sino todo lo contrario. Estamos a merced de cómo se designen las cosas para que así sean nombradas.

Pero ni en la Argentina, que está ante uno de los desafíos más grandes de su historia, ni en ninguno de los países sufrientes que nos rodean, existen mayorías sádicas ni vengativas. Es tan evidente el anhelo de armonía y justicia social que lo que está pasando, sencillamente, es que a unos pocos les repugna porque significaría tener un poco menos de lo que tienen, y muchos otros se identifican con ellos aunque los hayan perjudicado. Les hicieron creer que les faltaba tiempo, y a uno se le estruja el corazón de sólo pensar que Macri podría haber tenido más tiempo.

Pero no lo tuvo. Perdió las elecciones como las perdimos nosotros en el 2015. Salimos a la calle y nos gasearon muchas veces. Revisaron nuestros perfiles de redes y nos echaron por filiación ideológica. Nos denigraron públicamente. Armaron causas y encarcelaron ex funcionarios sin pruebas. Persiguieron vergonzosamente a la actual vicepresidenta.

Nunca aceptarán sus verdaderas intenciones. Siempre seremos los ladrones, los aprovechadores, los corruptos. Que digan lo que quieran. El pueblo argentino tiene derecho a que el gobierno elegido ahora tome el rumbo que crea más correcto para alcanzar sus promesas de campaña. Venimos de otro gobierno que no cumplió ni una sola.

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Contratapa Página/12 Política internacional

Mitos mediáticos: “Perpetuarse en el poder”

Uno de los mitos mediáticos que la derecha convirtió más exitosamente en frase hecha, es que los líderes latinoamericanos de los diversos movimientos populares surgidos en la década pasada quieren “perpetuarse en el poder”. Recuerdo un día hace más de diez años, cuando mirando distraídamente la pantalla, mientras instalaba alguna aplicación, me apareció un jueguito de apariencia infantil, cuyo título era “Los que quieren perpetuarse en el poder”, y en una secuencia sinfín iban apareciendo Chávez, Lula, Néstor, Cristina, Evo, Ortega, Lugo, Correa. Era una especie de publicidad sin anunciante visible, que lo que publicitaba era lo que se convertiría en latiguillo, en acusación y en una de las justificaciones de los golpes blandos que siguieron. Ya estaba planteado por Estados Unidos cuál era el “eje del mal” en América Latina: el que ganaba las elecciones. Si todos los beneficiarios de esos gobiernos se hubieran sentido tales, el ciclo era definitorio: por primera vez en siglos, las grandes mayorías serían las que retendrían el poder, y no las elites, como hasta entonces.

El mito mediático, que completaba su sentido con otros atributos negativos (narcisismo, ambición desmedida, robo de lo público para beneficio personal, etc.), plantaba una semilla transgénica en la mente de millones de usuarios no politizados que tomaban a la web como un soporte neutral, y en los que les creían todavía a los grandes medios de comunicación. Las grandes mayorías debían ser desarticuladas. Y lo hicieron fomentando el odio de clase, el odio racial, los bajos instintos de sectores que pertenecen al mundo del trabajo y no al del capital.

Todo ha ocurrido vertiginosamente en estos últimos treinta días. En la Argentina estamos en el final de una etapa que nos devolvió sombríamente al neoliberalismo y a su verdadera biblia, que no es la que levantó la presidenta de facto de Bolivia, sino la creencia fanática en el ajuste social para elevar el margen de la renta financiera y la reprimarización de la economía. Fue a lo largo de años y en boca de miles de comunicadores y dirigentes que hablaron desde centenares de medios, que la caracterización de los gobiernos populares se cristalizó. Esos mitos –el populismo regala a los pobres cosas a las que no tienen derecho, porque son pagadas con los impuestos de todos; simula beneficios para las grandes mayorías pero ésa es la pantalla para que “los políticos se roben todo” –, son los mismos en todos nuestros países. Es una pantomima un poco pueril, ya que Chile estalló porque su pueblo no aguanta más, en la Argentina el neoliberalismo perdió por diez puntos las elecciones y en Bolivia derrocan a Evo Morales con una excusa ridícula (irregularidades en 78 actas sobre más de 33.000) y entonces, en el país con mejores resultados económicos y sociales de la región, donde por primera vez la población indígena estaba representada en el poder, pegan un golpe duro, sangriento, ya sin pretensiones de república, se decreta que las fuerzas de seguridad pueden matar sin tener que dar explicaciones, atrás de la presidenta de facto hay un hombre al que le gusta que lo llamen “el macho Camacho”, los pobladores aymaras son repelidos con balas y asco por militares de piel oscura, y una ministra de Comunicación echa a la prensa extranjera y amenaza con acusar al periodismo de “sedición” si menciona la palabra “golpe”.

Esos mitos antipopulares y antipolíticos germinaron con su veneno adentro y nos depararon en la Argentina estos últimos cuatro años de derecha saqueadora, persecutoria, delictiva, pero ahora parecemos mirar un terrible partido de tenis, girando alternativamente la cabeza, la mente y el corazón hacia Chile y Bolivia. Ambos escenarios son inéditos. Hace más de cuarenta años que el pueblo chileno dormía el sueño neoliberal de la normalidad, y su despertar combina extrañamente dolor y alegría. Es difícil de asimilar esa combinación, cuando estos días de policía militar enloquecida están dejando, de noche, a una generación sin ojos, mientras se están cometiendo delitos sexuales en las comisarías, están arrinconando a los manifestantes para que caigan al río, están matándolos. Y de día, la nueva Plaza de la Dignidad exhibe la contracara del horror de unas horas antes: la explosión de la creatividad y la confraternidad que da la lucha callejera. Muchos vimos el video de Frank, ese joven estudiante de Historia de Maipú, que tomó por asalto una cámara de televisión para hacer probablemente uno de los alegatos y análisis más lúcidos y autorizados que se hayan escuchado sobres las mentiras del neoliberalismo. Frank reprochaba el discurso de la meritocracia porque en Chile “ya están aburridos” de escuchar que el que no tiene éxito es un flojo. Frank tiene una beca y por eso estudia, pero pertenece a esos sectores que “se rompen la cresta” de sol a sol trabajando para después usar su salario apenas en comer mal y enfermarse, porque no hay salud pública, mientras los chicos ricos aprenden tres idiomas y cursan en aulas donde hay veinte, no cuarenta, y tienen su capital cultural ya embolsado por haber nacido en el seno de familias de elite.

“Me aburrí”, decía Frank, y me llamó la atención que reemplazara el me harté o me cansé. En los ´90, la derecha logró generar “jóvenes aburridos” que caían en la abulia política, porque “todos eran lo mismo”. Eso marca una enorme diferencia con lo que pasa hoy, cuando el “aburrimiento” no aísla sino junta, no aplaca sino enardece. También estos jóvenes chilenos están decepcionados de la dirigencia política, pero han descubierto que no están obligados a seguir mansos mientras otros hagan o no hagan las cosas por ellos. Han tomado el destino en sus manos, y si doscientos ojos después, decenas de muertos después, decenas de violaciones y abusos después, siguen y más inflamados todavía, es porque no se trata de espuma y no los convencerán con promesas. Hay una épica de la “primera fila”, que parece una avanzada vikinga protegida con escudos rudimentarios, atrás de la cual avanzan también uno o dos músicos, haciendo salir de su saxo o su violín la cadencia de El derecho de vivir el paz. Y uno ve eso y se queda estupefacto, porque ahí hay un pueblo que estuvo callado pero que entendió visceralmente que lo estaban jodiendo.

Frank pedía un cambio de rumbo, como piden todos los chilenos que hace un mes están en las calles. Colombia sigue esa ruta. Bolivia, mientras tanto, se desangra. No ha sido un golpe cívico militar tradicional el que sacó a Evo Morales del poder. Tuvo componentes inéditos. Los más importantes son la complicidad activa de la OEA, y el odio racial apoyado en la nueva religiosidad impulsada por las agencias de la CIA, que parece que ya abandonan las formas que nunca tuvieron contenido, y renuncian a simular que les importa la democracia. Pronto hablarán elogiosamente de una raza superior.

Todo fue farsa. La democracia nunca les importó más allá de su fachada. Quieren asegurarse que América Latina les pertenece, y han declarado a los pueblos indígenas como los nuevos blancos a eliminar. Vienen por los recursos y esos pueblos siempre han sido los mejores y más persistentes guardianes del equilibrio. El capitalismo financiero y corporativo es enemigo del equilibrio, porque necesita la gran escala en todo. En Bolivia y en Chile estamos viendo la gran escala de la crueldad.

Los gobiernos populares nunca quisieron “perpetuarse en el poder” a través del fraude. Hubo muchas elecciones, de medio término y generales en las que las derrotas fueron asumidas inmediatamente. Pero esos gobiernos, que cada uno a su modo, a su ritmo, con sus errores, con sus contradicciones, repararon más que ninguno de los anteriores las enormes deudas sociales latinoamericanas, trajeron un nuevo paradigma de distribución que la derecha no acepta. Y la repele y reacciona con ira, fanatismo y delitos de lesa humanidad porque es ella la que se ha perpetuado en el poder desde hace dos siglos, ella sí mediante fraudes muchas veces, y otras veces como mandantes de las fuerzas armadas. Es la derecha, el neoliberalismo, el racismo, el supremacismo, la política de los privilegios y la traición a la patria lo que se perpetuó realmente en el poder de nuestra región.

Los que echaron a Evo con el pretexto de que quería “perpetuarse en el poder” son, en Bolivia, los que han tenido el poder a lo largo de toda su historia. Nunca tuvieron reparos en mentir, en falsificar, en robarse lo público, en hostigar a opositores, en cometer crímenes aberrantes. De un partido o de otro, se han pasado la posta liberal y eurocéntrica primero, y neoliberal después, desde mediados del siglo pasado, y no soportan que por algo llamado democracia deban replegarse. Siempre han acusado en espejo. Pero sobre todo en esto: las proscripciones, la del peronismo o ahora la que pretenden del MAS en Bolivia, les resultaron exitosas. Vuelven a ellas. Lo que encuentran sin embargo, ya no son pueblos a los que pueden venderles sus folletos. Encuentran pueblos “aburridos” de tanta oscuridad y maleficio. Y esta vez ese aburrimiento de escuchar siempre lo mismo, de sufrir siempre lo mismo, no viene manso sino furioso. Lo seguirán intentando, pero no solamente Chile despertó. Ya viene Colombia. América Latina es para los latinoamericanos.

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Política internacional

Líderes colombianos bajo las balas

América Latina enfrenta una cacería cada día más feroz contra los líderes sociales indígenas que defienden la vida y el territorio. Cauca es uno de los treinta y dos departamentos de Colombia, su capital es Popayán y está ubicado en las regiones andina y pacífica, a más de 500 kilómetros de Bogotá.

De acuerdo con el Consejo Regional Indígena, este año han sido asesinados 54 nativos en diferentes puntos del norte del departamento. La situación se agravó durante la última semana, con quince asesinatos sistemáticos de comuneros indígenas. El presidente colombiano, Iván Duque, busca militarizar la zona, pero las comunidades aseguran que cada vez que eso sucede, un nativo es asesinado. No esperan protección del Estado porque el Estado no es confiable.

Las fuerzas de seguridad estatales y grupos al margen de la ley, en su disputa por el territorio, atacan con impunidad a las organizaciones sociales y sectores populares en el país. Atentan contra la visión milenaria y ancestral del ecosistema, que está siendo destruido por la economía liberal, y también contra los campesinos que monitoreaban el consensos de paz con las FARC que el gobierno de Duque echó por tierra.

Para el Consejo Regional Indígena, que agrupa a más del 90% de las comunidades indígenas del departamento del Cauca, la política de muerte y exterminio se ha fortalecido desde el posicionamiento de Duque “por el abandono institucional y estatal a los acuerdos de paz, profundizan flagelos como el narcotráfico, la explotación de la madre tierra y el control del territorio, escenario ideal para que los grupos armados y las mafias del narcotráfico se posicionen y fortalezcan desarmonizando y desplegando la muerte y la guerra”.

La muerte llegó al municipio de Morales el 30 de octubre, con el asesinato de tres personas, en un caso relacionado al supuesto robo de una vivienda. Horas después, la Unidad Nacional de Protección confirmó el secuestro y asesinato del escolta Fabián Rivera en Suárez.

Jesús Mestizo era un líder indígena a quien también interceptaron cuando salía de su casa el domingo por la noche y asesinaron a quemarropa. Menos de veinticuatro horas antes, se había reportado el homicidio de Alex Vitonás Casamachín, un joven de 18 años, que fue atacado por hombres armados en la vereda Loma Linda, del municipio de Toribío.

Ese mismo día, las comunidades indígenas del lugar habían denunciado el asesinato de los guardias indígenas (kiwe Thegnas) Asdrual Cayapu, Eliodoro Fiscue, José Gerardo Soto, James Guilfredo Soto y Nejuex Cristina Bautista.

El Gobierno colombiano responsabilizó a disidentes de las extintas Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) y ordenó el despliegue de 2.500 militares en la zona, para enfrentar a las estructuras armadas y “frenar la expansión del narcotráfico”. El presidente Duque busca articular el trabajo de los organismos del Estado con las autoridades indígenas, pero el defensor del Pueblo en el Cauca, Rossi Jair Muñoz, asegura que cada vez que avanzan en ese sentido, un nativo es asesinado.

 



Fuentes:
https://www.bluradio.com/nacion/horror-en-el-cauca-15-muertos-en-menos-de-una-semana-pcfo-231665-ie435?fbclid=IwAR0FjAWlRaFzN-r0KfnDK4bRaXmfN5ICKDedJMN-iBA7IxyHvL194MJaUqE

https://www.facebook.com/cric.colombia/

https://www.nodal.am/2019/11/en-una-semana-asesinaron-a-13-personas-en-el-norte-del-cauca/?fbclid=IwAR0lOeHOs8gacPnjVWvX6TXQMgLQGXDgzQ7JX2dt4rlBL2JsxVG8XdBzWs8&utm_source=tr.im&utm_medium=l.facebook.com&utm_campaign=tr.im%2F1UWje&utm_content=link_click

https://www.eltiempo.com/politica/gobierno/presidente-duque-reitero-su-plan-social-para-el-cauca-430430

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Contratapa Página/12

Chile se despertó

En los últimos años, en estas notas, se habló recurrentemente de la “sensación de irrealidad” que intentaba impregnar en la sociedad el nuevo dispositivo de poder, más intenso y concentrado que nunca antes. Poder político, obscenidad judicial y grandes medios juntos en la tarea de culpabilizar a las víctimas. Despedidos, perseguidos, despreciados, reprimidos, invisibilizados, eran acusados de “algo haber hecho” para merecerse el dolor. Mientras tanto, los recursos escasos eran derivados hacia lo más alto de la pirámide. Se habló de la necesidad de romper ese relato hegemónico que bañaba de irrealidad la realidad.

No es el problema la construcción de un relato, porque todas las culturas, todas las religiones y todas las tradiciones políticas tienen un gran relato que las estructura, y fija su posición ante lo que está mal o bien. El problema era que este relato no llegaba a relato: cuando borraron a los héroes nacionales de los billetes (“Al fin algo vivo en los billetes”), lo que revelaron era que iban a prescindir de la historia, que desconocen y a la que ignoran, y que su relato se limitaría a acumular y esparcir básicos argumentos de resentimiento, no basados en una compresión determinada del mundo sino en la estimulación del odio. La grieta a la que apelaron no es otra cosa que mantener permanentemente dividida a la sociedad en mil debates legítimos, pero que alejaban la visión panóptica de lo que pasaba: estaban estableciendo un nuevo orden social, pensado como definitivo.

También se habló de “hechizo”, en una acepción muy lejana a la que le hace a Macri decir que su mujer es “hechicera”. El hechizo de referencia es un estado subjetivo y colectivo al mismo tiempo, cuyo trayecto se explica de afuera hacia adentro de las personas, y no la inversa, pero que luego de incorporado vuelve a salir, convertido en odio y en ceguera. Estos días nos hemos alterado al extremo, todavía asombrados de las imágenes que días antes llegaban del Ecuador. ¿Algún gran medio siguió la cobertura ecuatoriana? ¿Algún gran medio dio información sobre el encarcelamiento de correístas, de sus asilos en embajadas, de las venganzas ejemplificadoras que se tomaron contra líderes indígenas? No.

Eso forma parte de la sensación de irrealidad. La realidad se podía tapar. Pero ya no. Hay cadenas de informadores informales, nacidas del pueblo, que nos muestran, ahora, la barbarie de las fuerzas armadas chilenas. El “periodismo profesional” ha defeccionado. En el mundo y en esta región ardiente las multitudes tienen conciencia de la falsedad de las coberturas televisivas, aunque el desmadre chileno es tal, que la violencia extrema y descontrolada de los carabineros también apuntaron contra cualquiera que tuviera un micrófono, como el cronista de TN. En el pliegue abierto por las protestas masivas por una democracia que, como cantaban en España, “no lo es, no lo es, no lo es”, se pudo ver que la orden que tenían los carabineros era que su accionar delictivo debía ocultarse. Esas fuerzas parecen extemporáneas: nunca antes hubo tal proliferación de videos y fotografías y audios en los que queda al descubierto el gran delito de lesa humanidad que está llevando a cabo el gobierno de Piñera contra su pueblo.

Lo que Piñera pasó por alto es que la época ya no es aquella en la que la verdad asomaba por la televisión o los diarios. Atrasan medio siglo. Los pueblos se han hecho cargo de la información. Viene desordenada, mal fechada, sin créditos, con errores de tipeo, pero habla y vomita todo lo que los medios ocultan. Esos que no son periodistas sino aterrados vecinos que filmaron cómo los carabineros dejaban caer un detenido de una camioneta y lo mataban antes de acelerar, o los que tomaron las imágenes de otros carabineros entrando a los golpes a los domicilios de estudiantes, los que mostraron las visiones atroces de la cacería cuyo saldo de muertos se ignora todavía, han hecho por la información mucho más que los señores de traje y las señoras bien maquilladas que salen por televisión. La televisión ya no es el ombligo de la información. Las nuevas generaciones, las más libres y las más valientes, no se informan por televisión ni por los diarios.

La región arde. Parece que algún hechizo se hubiera roto. “No son treinta pesos, son treinta años” es la síntesis de un despertar aletargado pero de una potencia extraordinaria. “El pueblo se despertó”, era la frase proyectada en un gran edificio de Santiago. Los chilenos han salido a reclamar su vida digna, con la fuerza de quien ha permanecido mucho tiempo reteniendo su ira, arrodillado, reprimido de esa otra forma en que se reprime a la gente: no dejándola hablar.

En América Latina hemos vuelto a la realidad por el vacío de las heladeras pero también porque no alcanza vivir con la panza llena si apalean al de al lado, porque el de al lado puede ser uno mismo mañana, porque lo que se nos pide a cambio de no ser alienígenas es dejarnos colonizar, y la felicidad es un tejido inmaterial que entrelaza lo necesario para estar en paz con uno y con el mundo: una vida digna es imposible sin sensibilidad o sin justicia. Dice Macri que “la justicia social es un invento”. Justo en la Argentina un empresario torpe, saqueador y sin escrúpulos viene a decir que es un invento la memoria colectiva. Aquí la justicia social es una experiencia encarnada. Y eso es lo que jamás le van a perdonar a Perón.

A lo largo de la historia humana se ha mantenido a las aplastantes mayorías aceptando todo tipo de avasallamientos. Nos suelen contar la historia como una sucesión de batallas, invasiones, expansiones, conquistas. Pero hacia el interior de cada pueblo que colonizó o fue colonizado, ese hechizo también ha existido. Toda jerarquización hegemónica –étnica, de género, de nacionalidad, de color de piel, de inclinación sexual, y la lista es larga–, implica un pasado de resistencia y finalmente la aceptación generalizada de que “así son las cosas”. La aceptación del vencido forma parte del statu quo tanto como los privilegios de los vencedores.

La región está caliente. No es sólo el cambio climático lo que se acelera. Se acelera el capitalismo. Que ya no es lo que aprendimos en el colegio que era el capitalismo, así como no hemos vivido los últimos cuatro años en eso que nos enseñaron que era la democracia. Recuerdo el 83. Sacarnos la faja en el 83 fue una inmensa felicidad, porque volvía la democracia. Pero ahora ya no alcanza con eso porque la democracia fue siendo abusada poco a poco y más y más por el capitalismo corporativo. No alcanzan los conceptos. Los pueblos reclaman experiencias de bienestar.

Nos ha tocado ser contemporáneos de un momento bisagra. Lo que se quiere expulsar es el sacrificio de las mayorías para pagar esos privilegios que la señora de Piñera ya se dio cuenta que van a tener que amortiguar. No sé qué me causó más impresión: que viera al pueblo chileno como extraterrestre –es decir, asesinable–, o que hablara tan suelta de lengua de sus privilegios. Que dijera esa palabra. Que fuera tan consciente y clara en relación al orden que su marido intenta perpetuar. El de sus privilegios de clase.

La riqueza concentrada ha generado una nueva nobleza que reclama para sí lo que le resulta natural, sus privilegios. Hoy la región y el mundo están asistiendo al despertar de enormes mayorías silenciadas y mantenidas en la mugre para que unos miles acumulen todo. Se rompió el hechizo. Los alienígenas tienen la sangre del mismo color que la señora de Piñera. Pertenecen a su misma especie y a su mismo país. Y un aumento del Metro les revolvió las tripas, porque ahí sí hubo derrame: fue la gota que no contuvo el vaso. Hay pueblos que han sido tan maltratados, que ya no temen. No sabemos cuánto tiempo tomará ni qué articulaciones políticas podrán encausar este deseo colectivo de volver a vivir sin sufrimiento. Pero una vez roto el hechizo, será cuestión de tiempo. La noche neoliberal está apagándose. Se apagará más pronto si los pueblos se dan conducción política, y si siguen los dos pasos que Badiou considera indispensables para el amor: experiencia y construcción.

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Opinión

América Latina y los formatos de globalización

La hegemonía de Estados Unidos inaugurada luego de la primera guerra mundial estuvo en disputa en varios momentos del siglo XX. El primero de esos momentos se vinculó al denominado Crack de 1929 cuando las teorías neoclásicas (hoy denominadas neoliberales) hicieron estallar la economía norteamericana y expandieron sus efectos nocivos sobre el resto de occidente. Durante ese lapso, las huelgas y el fantasma de la Unión Soviética dieron lugar al
keynesianismo, o Estado de Bienestar, para evitar que las doctrinas socialistas continuaran
extendiéndose por occidente.

Un segundo momento de debilidad hegemónica se produjo en torno a la guerra de Vietnam y la irrupción de una generación contracultural que empezó a cuestionar, tanto al interior de la sociedad estadounidense como desde el exterior, la superioridad moral de un sistema político amañado que solo ofrecía las ofertas que las corporaciones trasnacionales permitían. Ese segundo momento coincidió con la lianza entre el conglomerado industrial-militar y las empresas trasnacionales, cuyas cadenas de valor empezaron a imponerse como monopólicas.

La imperiosa e impostergable necesidad de contar con el acceso a recursos naturales para darle continuidad a sus operaciones globales, sumando a la irrupción de nuevos movimientos contestatarios y contraculturales, exigieron una transición cuya deriva terminó siendo superada por la tercera revolución industrial, conocida como la digital.

El primer desafío a la hegemonía fue política e ideológica. La segunda fue geopolítica y cultural. La tercera, que estamos viviendo en la actualidad, es de clara raigambre económico y comercial. El neoliberalismo –y su doctrina legitimadora, el Consenso de Washington—buscó expandir las capacidades de las empresas transnacionales con el objetivo de controlar los circuitos de provisión de materias primas y de sobreexplotación del trabajo: se desterritorializó para controlar el valor internacional de la mano de obra y al mismo tiempo motorizó las migraciones (por ejemplo de mexicanos y centroamericanos al norte del Río Bravo).

La paradoja de del neoliberalismo es que fue aprovechado por la lógica financiera y también por países ubicados al oeste del Pacífico, sobre todo China. En sólo 4 décadas el centro del comercio mundial se transformó y las ventajas tecnológicas otrora lideradas por Washington empezaron a difuminarse, obligando a muchos países a diversificar sus acuerdos comerciales, aceptando fuentes de inversión antes impensadas.

De los tres momentos de crisis hegemónica, nunca antes Estados Unidos s mostró tan aislado y ajeno a sus socios atlánticos. El supremacismo anglosajón siempre fue la argamasa de sustentación que hoy aparece como inconexa y frágil. La OTAN muestra su debilidad estratégica mientras que los abroquelamiento proteccionistas ponen en evidencia un nuevo formato de globalización más larvado, caracterizado por interconexiones múltiples y pragmáticas, menos ideológicas y estructúrales.

En ese marco, América Latina se ve presionado en forma simultánea por dos tensiones de
distinto signo: las postuladas por el Departamento de Estado, cuyos funcionarios se niegan a
aceptar la multilateralidad creciente, y las que provienen de un nuevo formato de globalización caracterizado por integraciones regionales polifuncionales capaces de no imponer sistemas políticos tal cual pretende Washington.

Paradójicamente, la Patria Grande cuenta hoy con espacios de autonomía potencial con las que no contaba medio siglo atrás. La integración regional y la articulación no jerarquizada con diferentes bloques (no excluyentes) se advierte como una ventana de oportunidad capaz de superar el pretendido tutelaje que la doctrina Monroe predispone para nuestro continente.