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La muralla de madres resiste y se extiende

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Columna de Sandra Russo en Juego de Damas, en Radio Nacional AM 870. Conduce Luisa Valmagia, de Lunes a Viernes de 18 a 20 hs.

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Contratapa Página/12 Política internacional

Desquicio: Las torres gemelas de Trump

El hombre retacón y fornido portaba un fusil de guerra. Lo llevaba de costado, como indica la ley. En el porche de su mansión de Missouri, iba dos pasos hacia allá y dos hacia acá, mostrando su metralleta a los manifestantes negros que pasaban por su calle. No iban hacia su casa, sólo pasaban. Su mujer, alta, rubia, robusta, en calzas deportivas, llevaba su arma corta, tan femenina al lado del falo de metal de su marido, en su mano derecha. Con la otra mano la tocaba mientras, como él, miraba pasar a los negros. La mansión era increíble. Un palacete de piedra rodeado de árboles moldeados a lo Versalles. Ver la escena daba escalofríos. Y Donald Trump la retwitteó para eso, para dar escalofríos. Lo que se veía era el mensaje del presidente a sus seguidores.

Acorralado por los muertos que llevan su firma, la que no figuró en ningún decreto que declarara una emergencia nacional. Acorralado por la ira negra y latina, y por la economía que pese al descalabro sanitario no deja de escupir desempleo, y por la mirada del mundo, que ya no lo toma como referente. Esta semana Angela Merkel dijo que Europa debe prepararse para un mundo sin el liderazgo de Estados Unidos. Acorralado por su narcisismo y su psicopatía, que no le permiten nunca retroceder ni ceder ni conmoverse, el mandante de la ultraderecha regional envía ese mensaje a los blancos ricos: si es necesario disparen. La policía dispara aunque no sea necesario, porque para gente como Trump y sus seguidores siempre les es necesario que los NN mueran. De cualquier modo. Antes era lejos. Ahora la disolución de un sistema lleva hacia adentro de su propio territorio la muerte. Las decisiones de Trump causaron la caída de decenas de torres gemelas, pero se encoge de hombros. Y esto es lo importante: esta gente está tan perdida, ha cometido tantos errores, ha abusado tanto del poder conferido para gobernar un país, que los resultados la obligan a optar por la muerte.

El mundo financiero sigue su ruta aunque asomen intenciones de guerras fratricidas. Les convienen, como le conviene la pandemia y la alteración obligada de todo. Gran Bretaña decidió esta semana quién es el presidente de Venezuela. Y le dará el oro venezolano a Guaidó. Esta gente no necesita fuerza de trabajo. No tiene la menor noción de pertenencia a una nación, si hasta le eligen presidente a otra. El supremacismo y sus hordas salvajes son apenas sus fuerzas de choque, y una base enclenque para elaborar algún relato que justifique masacres.

Debería evitarse la subestimación de la negación y el instinto asesino. Ha habido Nerones en todos los tiempos. En el pico de la pandemia, este miércoles Perú levantó todas las restricciones. En Brasil hay más de 60.000 muertos. Y Bolsonaro hace exorcismos. En Bolivia los muertos quedan tirados en la calle, y Añez reza. Y así y todo, hay grupos de odiadores bizarros que siguen hablando de la defensa de la democracia.

Los ataques serán de alto voltaje. ¿O puede haber un voltaje más alto que el que retuiteó Trump? Tiren. Le seguirán los otros, en otras latitudes, una puede ser ésta, que en el poder o igual de acorralados, son sus malas copias, sus desenfrenados imitadores de machazo “tiren”, los que invisten el arma de guerra de virilidad, los que son capaces de todo lo soez para preservar propiedades privadas cuyo origen no fue producto del esfuerzo que pregonan sino de la estafa.

Muy lejos de todo ese mosaico humano, muy, muy lejos, en el otro extremo de la condición humana, está la gente cuya única propiedad privada debería al menos ser su propio cuerpo, su propia vida, y sin embargo son expropiados desde hace siglos de los que les pertenece por ser humanos y estar vivos.

La maestra rural santafesina Alicia de la Fuente escribió esta semana una crónica que publiqué en mi portal, en la que anida ese pequeño universo del esfuerzo real, plagado de niños y púberes que en medio de esta pandemia y de este festival de desequilibrio intentan por todos los medios posibles quedarse adentro del mundo. Una de estas mañanas Alicia, que se había dormido muy tarde sin dejar un solo mensaje sin leer, se despertó a las cinco y media y vio un mensaje nuevo. Lo leyó. Decía: “Hola Profe, soy Ricardo. Te mando la foto de las tareas que hice anoche. Recién terminé el tambo. Espero que puedas verlas bien. En la pregunta dos tengo una duda: ¿El cuadro comparativo tenemos que hacerlo con cuatro o con cinco ejemplos?”

Que esta pelea la ganen estos chicos y todos los que se les parecen en el mundo. Por una vez, que la ganen ellos.

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Contratapa Página/12

Nuevos crímenes contra la humanidad

La crisis económica será quizá la peor de todas. Hacia qué lado el mundo cambie, tendrá que ver con cuántas personas son capaces de comprender su época, que es la que implosionó. 

Hace largos meses, cuando en la agenda mundial se agregaba el cambio climático y la inminente megaextinción de especies, el filósofo italiano Franco Berardi dijo una frase que la pandemia trae, como una botella que rueda en la arena saliendo del mar. Dijo: “El capitalismo ha muerto, pero estamos viviendo adentro de su cadáver”.

Los lectores de las épocas que les tocan suelen tener esos aciertos que de tan afilados permanecen de base para otras generaciones, porque captan no una característica, sino una dinámica. Como Jauretche y tantos otros. No ven la foto en una revista: miran el movimiento de la vida y las emociones que la envuelven. Y cada vez hacen más falta esas linternas, porque lo que ha pasado con la información es un apagón, y hemos vuelto a una caverna. El mundo ya era difícil de comprender cuando sobrevino este desastre cuyo origen sigue en estudio. Aumentaron las fuentes que abren la posibilidad de que finalmente no haya sigo el murciélago, sino que se haya originado más al sur, en zonas de agricultura industrial intensificada.

Se habla de fandemia: es la información que hace del mundo una caverna, porque circulan noticias falsas en todos los niveles y como todo es posible ahora, son todavía más poderosas las noticias falsas. Informativamente, vivimos hace muchas décadas en cuarentena. Tenemos que cuidarnos de los otros, de nosotros mismos y de lo que escuchamos. El otro día circuló un afiche cuyo texto no sé de quién es pero aplica: “No creas todo lo que piensas”. Hubo cacerolas también en España, y circuló ese video en el que un pibe con una remera cristinista daba un discurso impecable desde su balcón. Esa gente caceroleaba en España porque el gobierno, tarde, ha tomado medidas que hace entrar a España en el modo racional y recomendado por la comunidad científica frente a la pandemia. Pero además se habían tomado medidas económicas de salvataje, esta vez no de los bancos, como en 2009, sino de los inquilinos y de los trabajadores en cuarentena. Y protestaba, esa gente, porque es franquista o del PP, que destruyó el aparato sanitario español. Y protestaba en medio de los muertos, que incluso son los apolíticos. Bajeza, decía el pibe. Baja ralea, decía. Vergüenza de no poder inteligir que no es momento para hacer las cuentas del almacén, en pleno terremoto.

En Brasil, la Asociación Brasileña de Juristas por la Democracia (ABJD) denunció formalmente a Jair Bolsonaro ante la Corte Penal Internacional, por considerar que sus políticas están poniendo en riesgo la vida de la población brasileña. “Por acción u omisión, Bolsonaro pone la vida de la población en riesgo, perpetra crímenes que exigen la actuación de la Corte Penal Internacional para proteger la vida de miles de personas”, reza un párrafo acusatorio de un presidente que quiere echar a su ministro de Salud porque prefiere fingir que le cree más a su pastor. Los neopentecostales están pidiendo campos de concentración para los infectados.

Y es interesante comenzar a mirar las políticas anticuarentena, que son las que adoptaron los países cuyos mandantes son los mercados y no la política representativa de la totalidad de la población, como crímenes contra la humanidad. Porque lo son. Porque tienen distintos matices y escalas diferentes, pero en cada país en el que se privilegió la economía por sobre la vida de las personas, forman un mapa. Un mapa del mercado apretando para todo lo que está parado vuelva a funcionar, necia, extemporáneamente, porque el mercado no soporta la abstinencia de ganancia extraordinaria, pero hay que darle metadona.

Y ahí están los muertos pudriéndose en las calles de Guayaquil, con un Lenin Moreno cuya primera reacción ante la pandemia fue un recorte a sanidad, y la segunda mandar paramilitares a la frontera con Venezuela. Y está Trump pensando en enterrar los muertos en los parques, y pensando en ataques a otros países. Y Boris Johnson en terapia intensiva, después de haber bufarronado sobre el virus. ¿De qué primer mundo estamos hablando? Si lo que vemos también en el ombligo del poder son bananas.

Todo cambió por mucho tiempo, porque la crisis económica será quizá la peor de todas, peor que la del ’30. Hacia qué lado cambie, tendrá que ver con cuántas personas son capaces de comprender su época, que es la que implosionó. Los Estados que estaban tan poco unidos se ven forzados a pelear por respiradores, porque el Estado federal no los compró para una distribución racional. Hasta eso ha quedado en manos del mercado.

Por eso es falso el versus economía o vida. A quién le cabe en la cabeza. Lo único que se debería estar pensando en los sectores que presionan aunque ellos también pueden morir, es cómo hacer para sumarse a la solución de la crisis. Lo contrario es condenar a millones y empieza a tomar forma de crimen masivo. Eso debería ser penado como un crimen contra la humanidad. No cualquier política es una política. Algunas, las que incluyen soluciones finales, son crímenes.

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Contratapa Página/12

La salud pública

Desde Madrid, el veterano dirigente de Izquierda Unida Julio Anguita, tuiteó: “Recuerden esto cada vez que les digan ´la sanidad privada es más barata´. El coronavirus está poniendo en evidencia lo que ya sabíamos, que la sanidad privada es parasitaria de la pública. Empresas multimillonarias cuyo modelo de negocio depende de derivar pacientes graves a la pública y de desentenderse cuando pasa algo como esto”. Un enfermero del Hospital Central de Madrid –donde el equipo de gobierno está siendo testeado después de que la ministra de Igualdad, Irene Montero, diera positivo, y su pareja, Pablo Iglesias, brindara con el rey–, informaba en un canal de televisión, ayer, que la situación dentro de los hospitales es caótica. Falta de todo. Desde insumos hasta personal. Falta planificación y dirección. Contratan personal médico temporario pero no hay partidas presupuestarias para contratar más personal de limpieza en esos hospitales colapsados.

Desde Nueva York, la cantante y compositora Isabel de Sebastián posteaba esta semana: “Estoy en el país económicamente más poderoso del mundo, pero gran parte de la población no va al médico porque el seguro es carísimo e igualmente pagas una fortuna deducible antes de que el sistema comience a pagar algo. No hay salud pública salvo para gente indigente y jubilados. Trump le sacó los fondos a las organizaciones encargadas de este tipo de catástrofes hace meses, están desfinanciadas y hacen lo que pueden. A cargo de la crisis está Pence, culpable de muertes en los tiempos de la epidemia del VIH por haber votado contra la financiación del test. El gobierno dice que hay kits de análisis, pero las noticias muestran a médicos de hospital diciendo que no los tienen. Los médicos a domicilio aquí no existen, y desde hace unos días los hospitales te piden que no vayas si tenés fiebre o tos”.

Ayer el New York Times reafirmó la falta generalizada de kits de prueba de coronavirus en Estados Unidos. El día anterior el New Yorker publicó en su tapa una caricatura de Trump con el barbijo puesto pero en los ojos. Ahora Trump deberá conseguirse un kit, ya que un funcionario de Bolsonaro con el que se reunió hace poco dio positivo.

La distopía nos venía corriendo. Mordiéndonos los talones. Los medios opinan y opinan y opinan. Opinan los entrevistados y los entrevistadores. Hay que llenar el tiempo al aire y hay conteos de infectados, indicaciones contradictorias (¿Es obligatorio u opcional hacer cuarentena después de un viaje? ¿El barbijo protege o fragiliza?), alertas cada cinco minutos y noticias de todo el mundo. La más estremecedora llega de Italia, donde también la salud pública sufrió en los últimos años uno de esos recortes que tanto le gustan al FMI. Fueron una de sus pruebas de “confianza”. No alcanzan los respiradores, y los paramédicos deben elegir a quién salvar, y optan por los jóvenes. La distopía ya nos alcanzó.

En Italia no se tomaron las medidas a tiempo, no existió ni por asomo la decisión china de aislar una ciudad entera cuando hubo quinientos casos, sin perder ni un día desde que sospecharon, pese a desconocer todavía el origen del virus, que se trataba de un fenómeno de alto poder de contagio. Corea del Norte al día siguiente también cerró su frontera con China. Todavía no reporta ni un caso. La inexistencia de medidas masivas y de reflejos rápidos que mostró China se hizo esperar en Europa. Quizá se les haya ocurrido. Pero no tienen con qué. La peste nos está mostrando que los Estados fuertes y la salud pública tienen poderosas razones para existir en beneficio de toda la población, porque este virus tiene dos tipos de seres más vulnerables que otros: los ancianos con enfermedades preexistentes a veces sencillamente por la edad, y los viajeros. ¿A qué guionista se le hubiera ocurrido?

Probablemente gracias a la fuerte decisión de un Estado como el chino, allí la infección se amesetó y comenzó a bajar rápidamente, mientras su traslado a países de Estados debilitados por el neoliberalismo encontró escenarios fértiles para la propagación. Occidente tiene además sus medios, que hacen difícil discernir hasta dónde llega la pandemia y hasta dónde el pánico y la especulación. De este modo, observamos cómo el sistema cuya degradación siempre hemos denunciado por su elitismo y su crueldad, se adapta perfectamente a la muerte en todas sus formas. Las muertes por desnutrición, por falta de atención médica, por depresión y ahora por su fragilidad financiera cuando el que debe actuar es el Estado, incapaz de gestos drásticos después de décadas de recortes. Hace tres meses en este país no había ni ministerio de Salud. No hay que olvidarlo ni un minuto cuando comience la cizaña.

Este desastre vuelve a mostrar la mala entraña capitalista en su peor faceta. Deberían repartir por la calle el alcohol en gel que ya no se consigue en las farmacias de ninguna parte. No hay aprovisionamientos de alimentos coordinados para las poblaciones en cuarentena, no hay distribución de agua potable ni barbijos ni, como en Estados Unidos, kits de prueba al alcance de cualquiera que tenga los síntomas. ¿Es concebible una situación más lacerante que la de un país cuyos hospitales en lugar de recibir a los enfermos les piden que no vayan, sabiendo que se trata de gente que no tendrá ningún tipo de atención médica? Se llama abandono de persona, y lo están haciendo Estados que nunca reconocieron el valor universal de lo público y hace décadas que se dedican a alimentar la salud prepaga.

Una vez más, este caos que nos mantiene en estado de excepción permanente –ese estado que según Giorgio Agamben es el que buscan los Estados autoritarios de las nuevas derechas–, nos confirma que los Estados nacionales, cuando fueron creados, trajeron paz después de siglos de guerras ininterrumpidas porque por primera vez el diezmo que antes se le pagaba al conde, al duque o al rey se convirtieron en impuestos para ver nacer, poco después, la salud y la educación públicas. Hace medio siglo que el neoliberalismo intenta desmentir esa verdad que hoy se traduce en torpezas y vacío de protección. Hace medio siglo que rechazamos el desmantelamiento de lo que llegado el momento, como ahora, es lo único que nos puede dar cierta seguridad.

Esos países que fueron desfinanciando sus sistemas sanitarios, humillando a sus médicos, despreciando a los enfermeros, echando a sus científicos para que trabajen en la esfera privada, hoy son los más vulnerables del mundo. Tal vez esta pandemia, cuyas derivaciones son todavía imprevisibles, genere pérdidas económicas tan grandes que llame a algunos a la reflexión. Quizá no desde un punto de vista humanista y solidario, sino desde lo único que entienden, que es cuánto ganan.

Cuando esto amaine habrá que repensar el Estado sin los arteros mitos neoliberales que han engordado sus discursos miles de veces. Parafraseando al cura del siglo XIX Henri De la Cordiere, que dijo que “entre el fuerte y el débil, la ley es la que protege y la libertad es la que oprime”, hoy podríamos decir que entre el sano y el enfermo, el Estado es el que protege y la medicina privada es la que se desentiende. Esta tragedia global debe dejarnos al menos una lección: la resignificación de lo estatal.

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Política internacional

Hay que arrancar los yuyos venenosos

Asistimos azorados y rabiosos a lo que la ultraderecha que comanda Trump tenía preparado para la región. El Grupo de Lima desfallece, y antes de que se fortalezca un nuevo polo progresista que le dé continuidad a las políticas inclusivas, Estados Unidos prefiere que mueran miles de personas. Indios, obreros, estudiantes, cualquiera que se oponga a los salvajes que si tienen poder es porque Trump los respalda. Usando a la OEA, que ya es un instrumento golpista que no puede dejar de dar explicaciones ni de pagar su responsabilidad en el desastre que tiene lugar tanto en Bolivia como en Chile, Trump se reserva el derecho de levantar o bajarle el pulgar al país que no se le arrodille.

Es totalmente inadmisible esta forma de dominación sangrienta porque la conocemos, la padecimos, la lloramos, la odiamos. Macri ha demostrado una vez más ser quien es, un sádico mentiroso cuyo gobierno volvió a gastar dinero en robots que llenaron las redes de “No fue golpe”. Fue golpe. No se discute más. No hubo fraude, hubo complicidad de la OEA y Evo fue rescatado con dificultad por México, en negociaciones en las que Alberto Fernández fue un protagonista activo. Evo iba a ser asesinado, al estilo de muerto el perro se acabó la rabia.

Bolivia y sus ultraderechistas son patéticos aspirantes a blancos que como no pueden escapar de su identidad creen que se blanquearán matando cholos y cholas que ya no son los mismos de antes. Recién escuché a Stella Calloni contar que estando en Bolivia un ultraderechista le dijo que los indios “se han vuelto insoportables porque se creen gente”. Y así del mismo modo en que el neoliberalismo nos dijo a nosotros que el bienestar de la década pasada les hizo creer a muchos trabajadores la “ilusión” de que podían irse de vacaciones o tener una casa, así en Bolivia el neoliberalismo les dice a los aymaras que no son personas. Si no son personas, pueden ser eliminadas.

La democracia ya no les interesa, como publicó en su portada el diario La Nación. No les interesa porque perdieron y no van a ganar elecciones nunca más. Trump lo sabe. Piñera va a caer. Lo que están haciendo con el pueblo chileno, disparando a los ojos, empleando técnicas de mutilación evidentemente con órdenes precisas, no quedará ahí. Es cuestión de tiempo, pero se despertaron los chilenos mientras los bolivianos vienen de trece años de estar bien despiertos con un gobierno que los representaba.

Hace mucho que venimos observando cómo en cada pueblo y ciudad por lejana que sea llegan las nuevas sectas neopentecostales, similares a las que adoran al Cristo sangriento que levantan los golpistas bolivianos bajo amenaza de que a la casa de gobierno “la Pachamama no entra nunca más”. Estúpidos. La Pachamama no necesita que ustedes le den permiso. Hace quinientos años que resiste y resistirá este embate también, porque no es una ideología, no es un concepto, sino la fuerza vital en la que creen los pobladores originarios de este continente, a los que la población mundial debería defender y rendir tributo: mientras el capitalismo corporativo banca el golpe para llevarse el litio de Bolivia, nunca, nunca se apagará el reclamo por el equilibrio. Los indios saben vivir mucho mejor que nosotros.

El partido final de ese capitalismo se juega en nuestra región. Tenemos que blindarla de alguna manera. Tenemos que ponerle fin a estos juegos siniestros que causan muertes humanas, animales, vegetales, minerales. Cualquier incitación al odio debe ser penada o expulsada. Somos demócratas, no idiotas. Pero hasta llegar a una democracia representativa la región tendrá que pasar por un período de autodefensa cultural, comunicacional y política. Ellos se complacen en el dolor. Nosotros con la felicidad. Pero si no arrancamos el yuyo envenenado, lo único que sobrevendrá será más confusión, más crímenes y más mentiras en boca de cachivaches con traje y corbata que nunca sirvieron para nada.