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Hoy

Empiezo a escribir estas líneas antes de las diez de la mañana. Todavía, en el Colegio Militar, están colgados los cuadros de Videla y Bignone (aunque alguien ya convirtió el cuadro con la cara de Videla en objeto de culto, y en su lugar, dentro de un rato, el presidente Kirchner encontrará una foto ampliada).

Todavía, a esta hora, las rejas de la Escuela de Mecánica están como siempre, son las mismas rejas que marcaron, durante estos 28 años, un límite entre el adentro y el afuera, entre lo confesable y lo inconfesable, entre lo defendible y lo indefendible.

Nadie, ni siquiera quien sea que guarde en este momento el cuadro robado de Videla, hoy podría defender en público –quién sabe cómo lo defiende en privado– el brutal exterminio que se practicó detrás de esas rejas. Pero sin embargo, todavía a esta hora, como en estos últimos 28 años, esas rejas están allí para custodiar no sólo un lugar físico, sino sobre todo un espacio mental y amoral en el que miles antes y ahora algunos dan por bueno, justificado e inevitable el asesinato en masa.
Que haya habido una mano, una sola, capaz de poner a salvo el retrato de Videla no hace más que resignificar esos cuadros y esas rejas, y traducirlas: los símbolos del espanto imantan y embalsaman embriones monstruosos.

No hace falta indagar demasiado en la idiosincrasia argentina: muchos de los que reclaman la pena de muerte para los delincuentes comunes, a la hora de dejar caer los indultos para los peores asesinos seriales de la historia opinan que hay que mirar para adelante.

Falta poco, algo más de una hora, para que esas rejas sean intervenidas con las fotos de quienes padecieron lo indecible en ese lugar. Seguramente quienes las coloquen lo harán embargados de ese tipo de dolor que no cesa, como no cesó el horror en los ojos de los sobrevivientes que recorrieron la ESMA la semana pasada.
Y falta apenas un poco más para que ahí adentro hablen chicos que nacieron ahí adentro. Nacer ahí adentro. Hay que pensarlo. Saber que uno nació ahí adentro, que salió despedido a la vida por una mujer engrillada, de una mujer consciente ya de su destino. Parir como último acto, parir como despedida.

No se puede pensar mucho en eso. Es insostenible ese pensamiento.

Dentro de unas horas tres canciones intentarán ser balsámicas. Dentro de unas horas miles de personas llenarán las calles. En estos 28 años, nunca como dentro de un rato una sociedad entera –menos uno, menos cuatro, menos cien, menos los que se travestirán en secta para alabar en secreto un mal retrato pintado de un sórdido dictador– encarnará aquellas dos palabras que necesitaron casi tres décadas para decantar.

En épocas del Nunca más, ese nunca más le quedaba grande a un pueblo que todavía sería testigo de mil y un ademanes políticos para dejar todo impune.

El trauma fue demasiado fuerte para poder asimilarlo antes. Y así y todo, es sorprendente que sea la misma generación que lo sufrió la que hoy esté en condiciones de repararlo. Falta poco, solamente un rato, para que por fin la política tenga la cara parecida a la historia.

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