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Coincidencias

–Sos un político honesto… –empieza Matías Martin, pero el público lo interrumpe con chiflidos. Está leyendo la siguiente pregunta del programa que conduce desde principios de enero por Telefé, Coincidencias, en el que un grupo de participantes debe elegir una opción entre varias ante una situación planteada por la producción. Va sumando puntos el que más veces coincida con la mayoría: el público de las enormes tribunas –las mismas que se usaron para Trato Hecho– también pulsa un botón y vota.

–Sos un político honesto…– retoma el conductor, y ante los chiflidos agrega:

–Bueno, bueno, alguno debe haber.

Y sigue: –Te estás por retirar, y justo te ofrecen un “arreglo” de cincuenta lucas. Nadie se va a enterar. ¿Vos qué hacés? ¿Arreglás o no arreglás? Opción A: arreglás. Opción B: no arreglás. ¡A votar! ¿A ver qué votan? ¿Salvás tu trayectoria transparente o te retirás con las cincuenta lucas?

La amplísima mayoría vota la opción A. El resultado parece contrariar al conductor, que con una leve mueca de rechazo amonesta:

–Ah, nos quejamos de los políticos, pero arreglamos todos, ¿eh?

La mayoría de Coincidencias es una mayoría televisiva tallada sobre el cinismo, la canchereada pública y la jactancia privada. Al principio hubo incluso guiños de la producción para ver qué rumbo tomaba esa mayoría construida sobre la marcha, al calor de la cámara encendida y los consensos atrevidos que sólo se manifiestan en patota.

–Te vas de vacaciones y le tenés que dejar las llaves de tu casa a alguien. ¿A quién elegís? ¿A Carlos Grosso o al Gordo Valor?

Esa fue una de las preguntas generadas, presume el observador, para medir cierto código general: ¿Prefiere la gente al ladrón de blindados o al ladrón de guante blanco? El guiño hubiese sido elegir al Gordo Valor. Pero la mayoría no dudó. El 90 por ciento del público le hubiese dejado las llaves de su casa a Carlos Grosso.

–Estás yendo a trabajar. Si llegás tarde podés perder el presentismo. Ves que un ciego, al lado tuyo, está por cruzar la calle. ¿Vos qué hacés? Opción A: Lo ayudás. Opción B: Mirás para otro lado.

¿Adivinen qué votó la mayoría? ¿Es necesario aclarar que miraría para otro lado? La constancia en la elección de la opción más políticamente incorrecta por parte del público (y de los participantes, que para ganar votan lo que creen que votará la mayoría), incluso le ha venido sacando la necesaria intriga al programa, restándole el módico suspenso pretendido. No hace falta que la locutora lea el resultado de la votación: va de suyo que entre varias opciones la gente habrá elegido la más egoísta, la más miserable, la más piola, la más desleal. Ultimamente, para devolverle algún intríngulis a las respuestas, las opciones no son aparentemente “morales” sino “abiertas”:

–Estás embarazada y te van a decir el sexo de tu primer hijo, qué elegirías: opción A, nena. Opción B, varón. ¡A votar!

De doscientas personas, ciento cincuenta votaron “varón”. Lo que se dice una tribuna con perspectiva de género… masculino.

Y así va transcurriendo, penosamente, un programa de entretenimientos veraniego en el que queda expuesto cierto alter ego mayoritario argento, en el que las coordenadas públicas se cruzan en perfecto movimiento con coordenadas privadas: la gente no dudaría en hacer trampa si le conviene, como tampoco dudaría en traicionar a una pareja o a un amigo, siempre y cuando en el horizonte flamee la ventaja personal, la garantía de anonimato o una recompensa. Puede uno imaginarse que, tomados uno por uno y en otras circunstancias, esos mismos participantes elegirían otras opciones, pero la abrumadora potencia de la mayoría dibuja ahí en el aire el viejo enano fascista que aflora en masa y al que no lo amilanan los pruritos éticos. Es más: parte de la estrategia del enano fascista es agazaparse en lo grupal, por un lado, y sostener el supuesto, por el otro, de que el “entretenimiento” dispensa de la ética. Lo correcto, se sabe, es aburrido.

Estas dos preguntas no existieron en el programa, existen en la realidad. Pero a la luz de cómo reaccionan las mayorías televisivas, formularlas podría ser atroz:

–Sos el dueño de un boliche habilitado para 1037 personas, pero hay 4000 que quieren entrar. ¿Vos que hacés?

O:

–Sos un inspector municipal y tenés que clausurar un boliche con fallas de seguridad, pero te ofrecen una buena cometa. ¿Vos qué hacés?

Si Dios existe, que nos salve de las respuestas.

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