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Cuerpos peronistas

El 10 de diciembre de 1983, en la Plaza de Mayo, era difícil hacerse un lugar entre la muchedumbre. Había tanta gente que era preciso hacerse paso rozando, tocando cuerpos. Eran dóciles aquellos cuerpos festivos. Y el cuerpo de uno mismo también. El cuerpo de uno mismo, siempre arisco en la forzada proximidad de los ascensores, siempre incómodo en el lento ritual de las colas bancarias. Los roces ese mediodía no alteraban a nadie. Una mano en la espalda de alguien, un brazo en la cintura de alguien para seguir adelante. La devolución de sonrisas amigables, el espectáculo de los ojos vidriosos y los hijos a caballito. Lo recuerdo así. La plaza inundada de gente suelta y unida. Como una primera vez de calmas burbujas personales en suspenso. Antes había conocido marchas tumultuosas y agitadas por la represión, solamente eso. Como un gran cuerpo colectivo atravesado por la felicidad, ese día se dejaban atrás los años de la dictadura. Y eso era político pero íntimo. Y era íntimo pero era político.

Entonces, de pronto, por la esquina del ex Banco Hipotecario, entró la columna de la JP. Esa gente era distinta. Estaba unida, no estaba suelta. Los bombos parecían parte de sus cuerpos y de sus voces. Honraban a sus muertos con cánticos desgarrados. Venían saltando, o caminando, del brazo, levantando las banderas, venían como un tropel, confundidos unos con otros, amalgamados en ese engrudo de pertenencia enorgullecida a pesar de que su candidato había perdido las elecciones, a pesar de que el cajón que Herminio Iglesias había exhibido en la 9 de Julio, en el acto de cierre de campaña, formaba parte de su mismo idioma. El peronismo se me presentaba en aquella época como un lenguaje pródigo en dialectos. El de Iglesias era uno de esos dialectos. La apabullante marcha de la columna de la JP expresaba otro. Pero el peronismo, en todas sus versiones, era finalmente una dimensión no sólo de la política sino del otro, de las emociones, de los límites, de las clases, de las ideas.

Para los que nunca experimentamos el sentimiento peronista, ese fervor se nos aparece extraño, acerado. Impenetrable. El peronismo representa una identidad política pero abarca territorios personales. Y en esos territorios, el peronismo lo que hace es disolver vallas infranqueables entre personas, contenerlas en un envase multitudinario y profundamente sentimental. Claro que no hay nada más revulsivo que mirar un espectáculo pasional por la ventana, y los no peronistas no hemos hecho mucho más, incluso desde la lenta extinción de lo que durante décadas se llamó “gorilaje”, que observar una escena patética entre peronistas que se pelean, se insultan, se acusan, se amenazan. Los peronistas llegaron a matarse. ¿Cómo se explica? ¿Cómo se explica que llevados a ese borde en el que tuvieron lugar las peores de las traiciones y los peores crímenes, algo siga haciéndoles de red, de telaraña que los sostiene?

Ejemplos de contradicciones y miserias peronistas hay de sobra. Pero por eso mismo, quise recuperar en el principio de esta nota y de estos pensamientos aquella visión de la gloriosa columna de la JP haciendo su arribo a la Plaza de Mayo ese día en que se retiraba vencida la dictadura cuyas víctimas, en su mayoría, les pertenecían. Porque para los que no participamos del sentimiento peronista, acceder por un instante a la intimidad de ese goce de pertenencia no es sencillo. No es sencillo ponerse en el lugar de un peronista. Ni pensar con su cabeza. Ni razonar con sus argumentos. Ni prever la elasticidad y el alcance de sus lealtades. ¿No se obliga el peronismo, en todo caso, a un debate profundo y descarnado que revise la palabra “lealtad”? ¿Qué significará, nos preguntamos los no peronistas, la “lealtad” peronista en estos días? ¿A qué horizonte nos enfrenta? ¿A qué chascos nos invita a prepararnos? ¿Se aplica la palabra “lealtad” a las ideas –seas éstas cuales fueren– y a quienes suscriben a ellas, o al “conjunto peronismo”, en cuyo caso tendrán razón quienes sostienen que las peleas entre peronistas siempre son una especie de ficción?

Cuando vi entrar a la Plaza a aquella columna de jóvenes de la JP, accedí por unos instantes a esa magia que espejaban. Mirándolos desde una ventana simbólica, pude entender qué los unía, casi qué los emparentaba. Esa fue la gran obra de Perón. Engrudar a la gente. Hacer del peronismo el único teatro en el que tantos tienen localidades. Estaba leyendo, en aquella época, El origen de la tragedia, de Nietzsche. Ese texto complicado y poético en el que el filósofo describe el surgimiento de la tragedia griega como una combinación majestuosa entre dos pulsiones humanas: el impulso de recortarse como individuo y el impulso de confundirse con los otros. Nietzsche se pregunta por qué, en su esplendor, los griegos necesitaron inventar un arte en el que expusieron ante sí mismos todo lo horrible. “¿Hay quizá una neurosis de la salud, de la juventud de los pueblos, de su adolescencia?”, se pregunta.

Y me pregunté, mirando a los jóvenes de la JP, si esa amalgama de pertenencia que los unía no tendría el rastro de la embriaguez dionisíaca, si no estaba hecha de esa pulsión humana que necesita fundirse en los demás, rendir culto a lo colectivo, borrar límites personales, ofrecerse en sacrificio a lo superior, disolverse en un todo que contenga a los individuos. La tragedia griega estaba hecha de ese impulso, pero combinado con la pulsión apolínea, la de la moral, la de la templanza, la de la prudencia. Y, especialmente, con la esencia de Apolo: la medida, la armonía, “todo en su medida y armoniosamente”. Perón sabía.

Hoy sigue siendo necesario pensar en el peronismo, dentro y fuera de él. Desde adentro, con serenidad y prudencia, porque ya sabemos a dónde conducen los arrebatos peronistas. Y desde afuera, con el respeto que no siempre le tenemos a esa extraña pasión argentina.

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