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La gretofobia

Se podría hablar de “El caso Greta”, y no precisamente por su síndrome de Asperger, que fue una de las negaciones que esgrimieron muchos repentinos críticos que aparecieron en las redes sociales y en los comentarios de los diarios. En todo el mundo. Cuando hablemos de la grieta es hora de adherirles a las cuestiones domésticas la conciencia de que la polarización es global. Y en ese sentido es bueno lijarla, lustrarla, hacerla menos cortante; la lógica amigo-enemigo no es la nuestra.

Las burlas y las subestimaciones no vinieron solamente de ese extremo, con notas de color, trolls y posteos desde otras posiciones políticas. La gretafobia ve en la adolescente sueca, en el mejor de los casos, a una idiota útil, a alguien que no sabe lo que dice, a un instrumento de Soros o Rockefeller, cuando no a una “zombie”. “Es mentira que tiene Asperger, el Asperger es mentira”, decía un comentario que me dejaron en mi muro. Como advirtiéndome que lo de la niña de enojo expresionista que miró a Trump con ojos irritados y habló con la voz temblorosa por la indignación es pura “fachada”.

Escribí hace poco sobre la teoría de la fachada, inventada por el divulgador abusivo de Darwin, Thomas Huxley. Fue la piedra basal de una de las corrientes filosóficas que se fueron extendiendo con diversos matices a los largo de estos últimos siglos. Consiste básicamente en creer que la condición humana es lo malo, que el pez grande se come al chico, que el hombre es el lobo del hombre, en fin, que cualquier cosa que nos sea propuesta basada en buenas intenciones o en solidaridad es, básicamente, una “fachada”, una careta, algo que simula ser bueno pero que es malo. “Rásquese la espalda de un altruista y se verá brotar la sangre de un hipócrita”, dejó escrito un discípulo de Huxley, un especialista en babosas.

Ese fue uno de los mecanismos que comenzaron a llover el lunes, después de que Greta hablara en la ONU. La nota que este diario publicó nuevamente el martes –un perfil que resistía muy bien los meses– había sido escrita en marzo, cuando por acá nadie hablaba de Greta Thunberg. Yo la había descubierto esa misma semana. Su imagen, tan nítida, con esas trenzas escandinavas, ya circulaba desde antes, pero no la alcanzaba el contenido. Recién en marzo ese contenido llegó, porque no se trataba de Greta sola sino de lo que políticamente ya había provocado: lo que dos años antes había comenzado por una nena rara que había decidido hacer huelga ella sola faltando a la escuela todos los viernes, en marzo explotó en las manifestaciones de estudiantes secundarios de más de cien países. Vi las fotos de las marchas en muchas ciudades. Algunas eran grandes, otras no tanto, pero las había no sólo en las capitales sino también en otras ciudades chicas y en pueblos pequeños. Esta vez fueron multitudes. Miles de caras nuevitas ya involucradas en el movimiento Viernes por el Clima, estaban reclamando que se tuvieran en cuenta los datos científicos que la propia ONU admitió como eje de su último Informe sobre el calentamiento global.

Greta y cada uno de esos chicos lo dicen claramente: lo que piden es que los gobiernos escuchen a los científicos, a los especialistas, a los que vienen alertando sobre una necesaria decisión política en relación a la emisión de gases tóxicos. Van hasta ahí, pero es obvio que esas decisiones políticas tan radicales como las que está demandando el aceleramiento de las extinciones y las catástrofes deben considerar un cambio en el modelo de desarrollo. Y si una cadena lógica, un camino hacia un desarrollo sustentable o sostenible (¿Cuántas veces escuchamos esto y no pasa nada, porque es una frase que ya está vaciada de significado?), y no tardaremos en llegar a la discusión sobre el tipo de sistema en el que queremos vivir. La primera y básica respuesta es: en uno que nos permita vivir.

Eso solo, eso simple, eso casi obvio, intentó ser obturado por miles de mitos que salieron a destrozar la figura de Greta (que usó pañales de bebé, que comió algo envuelto en plástico, que denunció a la Argentina entre otros países porque es una agente imperialista, en fin, la lista es larga), es lo que trajo a la orilla esa adolescente que irrita tanto a tanta gente, porque es sueca, blanca, logró hablar en los estrados del poder: insisten en que es una distracción o una nueva grieta. Le dieron de lo lindo tallando ellos mismos esa nueva grieta inexplicable, porque del calentamiento global duda Trump, duda Bolsonaro, dicen que es un invento de la izquierda, en fin, hay ahí abajo una construcción de fake news y líneas argumentales tan débiles que es increíble que prendan como soja.

Se han burlado de su síndrome de Asperger con una crueldad inconcebible. Así como Le Figaro divulgó en marzo el comentario que decía que “Da vergüenza ver a tantos jóvenes dejarse conducir por una zombie”, aquí no faltaron los comentarios equivalentes. Me imagino a los familiares de niños son ese síndrome o a esos mismos niños leyendo “zombie”. Y me imagino la armadura que debe sostener incólume a esa niña, que lo toma con humor pero que está a la vista: sufre.

Greta es rara y ella lo dice y cuenta cuándo fue que se lo diagnosticaron, dice que se asume como una persona común pero que veces es diferente. El rasgo más directo de ese síndrome es la imposibilidad de metaforizar. La literalidad con la que afrontan el lenguaje. El lunes, cuando habló con ira, con un enojo que se le salía por los ojos y le hacía temblar la voz, ¿qué había ahí? ¿Una fachada?

Me quedo con lo que Greta (haya usado o no pañales descartables cuando era un bebé, se haya sacado o no una foto con Lagarde), trajo a la superficie y no lo estamos tomando porque estamos discutiendo si Greta es o no una impostora. A esa pregunta nos inducen los verdaderos hipócritas. Deberíamos usar el tiempo en escuchar a los científicos para tener una idea más clara de lo que significa hoy la emisión de gases, qué relación tiene eso con los incendios en la Amazonía, cuántas especies están extinguiéndose ya, cómo será la aceleración de las próximas extinciones, y qué alternativas puede haber a la contribución al desastre. Y habrá que discutirlo y dar debates honestos y lo más justos para todos.

Lo que no se puede negar es que el calentamiento gobal existe, que no es un invento de la izquierda. Existe como el hambre que niegan y como los muertos que niegan. Y las nuevas generaciones hacen bien en ponerse este tema al hombro, porque en principio ya han logrado su primer cometido. En un mundo plagado de medios de comunicación que financian los que han ocultado todo lo que ellos mismos han hecho, hoy este tema es el principal que nos atañe como especie, porque de él depende el futuro sin metáforas, literalmente. Miles de activistas latinoamericanos, muchos de pueblos originarios, están siendo asesinados. Greta no habló de “los suecos” sino de los que sufren y mueren por causas derivadas de un modo de producción.

Todos los activistas primero pelean por eso: por lograr que el problema esté en la agenda. Como eso ya está, ahora a defenestrar a Greta. Vimos muchas veces la misma película. Deberíamos saber más sobre cuál es el proyecto de la derecha para esta región, que ya está arrasada y en llamas, y por qué están asesinado a los líderes ambientalistas de la región. Eso también forma parte de la agenda que trae Greta, trae a los activistas asesinados, deja servido todo para que lo abordemos, pero no lo abordamos porque Greta aparece en una foto saludando a Al Gore, al que le montaron la cabeza de Soros. A Cristina le contaban las carteras o le inventaban joyas de Bulgari. Pero según parece, no terminamos de comprender que cuando el aparato global de acción psicológica sale al ruedo, es porque le teme al que está demonizando, porque roza alguna verdad que lo incomoda.

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Quien es Sabrina Ortiz

Madres de Barrios Fumigados
Sobrevivir al glifosato

Horas antes de perder su segundo embarazo Sabrina Ortiz sintió contracciones muy fuertes. Ese día habían pulverizado la tierra ubicada frente a su casa. Las fosas nasales le quemaban, y también la garganta. Tuvo vómitos y mareos que hacían que todo a su alrededor girara, hasta que supo que había perdido a su hijo de cinco meses de gestación, deseado y buscado durante mucho tiempo. Le costó recuperarse y volver a hablar. No sabía donde estaba parada, pero ni bien tomó impulso volvió a denunciar en la fiscalía.

Sabrina Ortiz nació y vivió toda su vida en Pergamino, donde las tierras más fértiles del mundo se ahogan en glifosato. Ella y su familia son víctimas del sistema productivo que conduce a la siembra de semillas transgénicas que deben resistir a los agroquímicos cada vez más tóxicos.

Fue al jardín 913, hizo parte de su escolaridad en el Hogar de Jesús, y terminó el secundario en el Instituto Comercial Gianelli. Durante su adolescencia tuvo algunos trabajos informales, fue moza, vendedora en un comercio y en un kiosco. Iba al club de su barrio donde practicaba karate y voley, le gustaba tener su plata para los viajes y sus compras. Su hija mayor llegó cuando terminaba el secundario. La directora del colegio de monjas quiso
que abandonara mientras durara el embarazo, pero Sabrina se opuso y decidió finalizarlo. Su mamá y su papá la respaldaron y en enero del 2001, recién egresada, tuvo a su primera hija.

-Hubo algunas cosas tontas, yo tenía que leer un discurso de fin de año, me habían elegido porque escribía bien, y ella no quería que lea porque estaba embarazada. Era la imagen del instituto, imaginate. Fue complicado, pero yo no iba a dejar la escuela, porque sabía que dentro de todo iba bien, que nunca había tenido problemas con las notas, ni de relación con nadie. Fui independiente desde muy chica, eso ayudó. Por
eso terminé la escuela.

La llegada de su hija la ordenó. “Algunos dicen que era muy joven, yo tuve la gracia de tomar buenas decisiones y concentrarme en la idea de crecer siempre, para darle una crianza de respeto y con dignidad, para eso hay que trabajar y hacer cosas que de tan chica una no se plantea”, dice. Después hizo algunas materias de medicina en la UNR, se metió en el área de salud, hasta cursó las pedagógicas y se dedicó a la docencia en salud
universitaria.

No estaba en sus planes ni en su imaginario estudiar derecho. Verse atada de manos la obligó a repensar sus estrategias. Incluso los abogados que se decían ambientalistas no se querían meter con la discusión sobre las fumigaciones y el impacto en la salud.

Habló con su marido y le dijo que necesitaba estudiar derecho. Necesitaba encontrar justicia, buscar alivio, no solo para ella y su familia sino para todo el barrio. Se estaban muriendo los hijos de sus vecinas, y nadie les daba una respuesta.

En estos años Sabrina ha encontrado manojos de soja arriba de su auto, cajas en el techo de su casa y bidones con agroquímicos en su puerta. También ha recibido llamados anónimos y su perro fue baleado desde un auto. Una vez -recuerda- los siguió la policía cuando volvían de hacerse estudios, hasta que entraron en una estación de servicio y se metieron en un pueblo para despistar. Esa vez se miraron con su marido. A los hijos no les dijo, pero Sabrina pensó “acá nos matan a todos”.

-Desde muy chica tuve la posibilidad de expresarme, de decir lo que pienso, y veía que ésto no tenía vuelta, no tenía salida. Tenía muy claro que no iba a ser fácil, se repetía la secuencia de mi vida. Las experiencias de sacrificio y perseverancia, pero la alternativa era estar envenenados y no hacer nada.

Se recibió en noviembre de 2016 e hizo la matrícula provincial para poder hacer la primera presentación en la fiscalía local. Esa primera vez no tuvo eco. Le preguntaban a los propios productores sobre el impacto de los agroquímicos en las personas, que es como preguntarle a la multinacional MONSANTO qué le parecen los productos que fabrica.

Al poco tiempo decidió hacer una denuncia anónima en el juzgado federal, y cuando vio que se movía el expediente se presentó como querellante, amplió la denuncia y juntó más pruebas. La causa, hasta ahí era particular, pero con el tiempo logró que involucre a todo el barrio que estaba sufriendo las mismas consecuencias.

Para sorpresa de Sabrina, el juez Carlos Villafuerte Ruzzo inmediatamente empezó a hablar del impacto a la salud de las personas en cercanía o exposición a los agroquímicos, y se metió en el corazón del sistema productivo. Analizó el agua, la tierra, y la salud de las personas, investigó en los campos con cadenas de custodia. Sabrina, a la cabeza de Madres de Barrios Fumigados, consiguió un nuevo fallo judicial de restricción para realizar fumigaciones, que hace una semana fue ampliado. La cautelar prohíbe las fumigaciones aéreas y terrestres con agrotóxicos a menos de 3 kms y 1095 metros respectivamente desde el límite de toda la planta urbana.

-Yo no podía creer. Porque nadie se anima siquiera a decir agroquímicos, dicen fitosanitarios. El juez se puso el tema al hombro, ya van catorce cuerpos en el expediente, eso para nosotros es un aliciente, creemos y confiamos en que se hacen las cosas que nadie hizo. Me quito el sombrero. Sus hijos ya pusieron el cuerpo. Por eso trata de preservarlos. Su hija más grande es callada y reservada pero tiene las palabras justas, felicita a su mamá por cada logro, mientras ella terminó la escuela con maestra domiciliaria por su problema de salud.

-Las cosas que se ha tenido que bancar y con la fortaleza que lo ha hecho, contagia.
Pensamos que para ella iba a ser trágico, pero tomó todo con tanta entereza que me hizo acordar a mí cuando era chica. Su hijo, está con controles permanentes, algunas veces se le inflama la lengua, otras tiene sangre en orina, y algunas complicaciones que van surgiendo. Desde chico las extracciones de sangre para análisis son permanentes. Pero no llora cuando le duele algo. No lo manifiesta, aunque Sabrina se da cuenta.

A algunas personas el miedo las paraliza. A otras las empuja. A Sabrina los medios locales de Pergamino la nombran como “la vecina” y a los defensores del modelo productivo como “abogados especialistas”. Es una forma de ninguneo. “No importa como me llamen, importa el accionar, creo que vamos a llegar muy lejos”, dice.

-Yo no tengo intereses más que la preservación de mi familia, eso es lo peor a lo que se enfrentan, acá no hay billete que valga. Cuando a una madre le tocan un hijo, no saben a dónde va a llegar. Creemos que otra agricultura es posible y que el Estado es el primer responsable en brindar las herramientas para que ese traspaso se haga efectivo. A veces pidiendo de más, se logran algunas cosas. Ahora van a apelar, y es bueno saber que tengo herramientas. Si dan lugar a la apelación yo pienso ir a la Corte Suprema, ya está decidido.

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Cultura

Sobre la belleza

Hice un posteo que tuvo mucho rebote, un poco me asombró. Un comentario sobre la tapa de Vogue Brasil, una foto de Sonia Braga con sus espléndidas arrugas (hay quienes las llaman “las marcas de la vida”, pero me parece que eso romantiza lo concreto que son las arrugas). Sonia Braga, con su belleza madura y la belleza interior que le fuimos conociendo con los años, tras ser ella aquel hembrón de Doña Flor y sus dos maridos, pertenece a ese puñado que aun antes de que la cultura dé el ok, plantan bandera y ellas son su propia bandera, ellas sin los retoques anti-age invasivos o no invasivos que nos dicta la idea oficial de belleza.

El canon de belleza de estos neofascismos modernos parte del canon capitalista tradicional, pero lo lleva más allá. Ese canon nos ha hecho en las últimas décadas comer mucho menos de lo que teníamos ganas, y luchar desaforadas contra el paso del tiempo, porque la belleza está, en ese régimen de valores estéticos y éticos, atada a cierta falsedad. La del fotoshop. Es como si nos invitaran a dejar de ser seres humanos para ser una imagen radiante, sin manchas, sin patas de gallo, sin ojeras, sin canas. Una imagen cuyo contenido puede ser descartado porque cuando se trata de imágenes cada espectador le pone su propio contenido. Pero lo importante es que ese canon no es solamente una hoja de ruta para que las mujeres sepamos cómo pilotear, costosa e ingratamente, nuestra madurez. No. El canon va más alla: es un performador del deseo masculino, que se dirige indefectiblemente a la zona iluminada del photoshop.

Estos neofascismos guardan en sus vientres oscuros, repletos de serpientes, destinos femeninos que las mujeres no queremos. Bolsonaro, el hazmerreir del mundo, el presidente humillado y criticado a volumen alto por muchos otros presidentes del mundo, protagonizó hace poco un altercado con su par francés, por burlarse de su esposa, veinte años mayor que él. Exhibió a su propia mujer como un trofeo, sangre nueva, carne fresca, ¿qué otra cosa podría buscar un hombre en una mujer?

Esa es la pregunta para todos y todas: ¿Qué nos gusta? ¿Qué nos atrae? ¿Qué nos da placer y calma? ¿Qué nos regocija en lo más íntimo, eso que no es para andar contando como anécdota? Sonia Braga y su belleza en tonos apagados es una especie de manifiesto político, porque está en las antípodas de la jactancia alfa de Bolsonaro. ¿El parece rudo, valiente, audaz? Ya lo vimos en acción: es débil, es cobarde, es maleducado. ¿Cuál es el atractivo de las armas en las que los varones como él y sus hijos depositan su masculinidad? ¿Qué trasladan ahí? ¿Qué es lo que no pueden demostrar por otros medios que no sean los de amenazar de muerte o de celebrar a torturadores?

Ya sabemos qué tipo de belleza femenina le corresponde a ese tipo de masculinidad. La de las películas de Olmedo y Porcel. Son siempre las mismas. Mujeres –carne. Mujeres-bola de lomo. Mujeres –agujero.
Cuando todo comience a girar de nuevo en el sentido de las agujas del reloj, debemos amigarnos con el reloj y con el tiempo. Es de porfiadxs o de viciosxs pretender extorsionar al tiempo exigiéndole que su paso no deje rastro. Cuando vuelva a amanecer, tratemos de mirarnos a la cara y ya con eso empezará una nueva noción de dónde reside la belleza que nos conmueve y nos toca muy adentro, en un lugar impreciso de nuestra percepción y nuestra emocionalidad. Seguro que esa belleza se parece más a la de Sonia Braga que a la de alguna señora de su edad que lleva la cuenta de las cirugías que todavía está a tiempo de hacerse.