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Volver a pelear Cepeda y Pavón

Las dos batallas de mediados del siglo XIX invitan a revisar cómo fue instrumentado el corte entre la civilización y la barbarie. Nota de Carlos Caramello.

No dispare, general… ha ganado”. La frase -que José María Rosa pone en boca de un gaucho del ejército porteño para evitar que Bartolomé Mitre huya al galope del campo de batalla de Pavón-, bien podría ser la síntesis de una recurrencia histórica que vale la pena revisar a la luz de los últimos actos de la derecha porteña, tanto los destituyentes y como los violentos.

Justo José de Urquiza, a pesar de haber ganado, abandona la escena al tranco de su caballo, como para dejar en claro que se trataba de una retirada voluntaria. No recoge las mieles de su éxito militar en Pavón así como dos años antes, en octubre de 1859, se había contentado con tomar un puñado de prisioneros en lugar de terminar definitivamente con el ejército de Buenos Aires, al que había derrotado en la batalla de Cepeda.

Mitre, envalentonado por ese triunfo traído de los pelos (el único en toda su carrera como guerrero) y azuzado por plumas como la de Sarmiento que lo animan a “no economizar sangre de gauchos”, se lanza a una cacería de federales, degollando a todo aquel que luciera la famosa divisa. La masacre es tremenda pero el fundador del diario
La Nación la explica diciendo que Pavón no sólo ha sido una victoria militar: “es, sobre todo, el triunfo de la civilización sobre los elementos de la barbarie«.

IMÁGENES PAGANAS

Las imágenes de los Federales perdonándoles la vida a los bonaerenses en Cepeda y retirándose (por defección de Urquiza) a pesar de su victoria en Pavón, yuxtapuestas a las de los degüellos, los fusilamientos y otras iniquidades practicadas por los porteños con los paisanos del interior pueden resultar en la mejor síntesis de lo que Buenos Aires, Ciudad Autónoma y epicentro de la vida política, económica y financiera del país, ha hecho históricamente con el resto de las provincias. Pero, sobre todo, resultan la evidencia más contundente de cómo se comportan los poderes facticos frente a las fuerzas nacionales y populares y cómo responden éstas habitualmente.

Los que venimos del campo nacional y popular solemos manejarnos con ademán de seda cada vez que el pueblo nos confiere la tarea de gobernar, seguramente por imitación de aquellos patricios que, como nos ha persuadido la historia oficial, son bien educados. Gentiles hasta la exasperación, correctos hasta la genuflexión, tan amables que parecemos amorosos y, siempre siempre observadores compulsivos de todo lo que atañe al Estado de Derecho, ejercemos el poder con cortesía, reverencia y modales de nobleza rusa; preocupados, probablemente, de que no se nos note ni un poquito que descendemos de aquellos valerosos y, por qué no, ilusos gauchos pasados a degüello durante la purga mitrista.

Ellos, en cambio, menos cultos y más vulgares que sus antepasados, con la ramplonería propia de ese esnobismo sostenido sólo en la sobreabundancia de bienes materiales, no dudan en violentar cuanta norma escrita y no escrita exista en el mundo de la política. Y sólo para
volver a ejercer ese desprecio que los llevó al genocidio de los pueblos originarios, el asesinato en masa de gauchos federales, el fusilamiento de trabajadores en la Patagonia, los bombardeos de Plaza de Mayo en el ´55, el baño de sangre de los años ´70s y tantas tantas tantas otras atrocidades. Fuimos y seremos, para ellos, eso que Sarmiento describía: “Los gauchos son bípedos implumes de tan infame condición, que nada se gana con tratarlos mejor»… “Como te ven te tratan”, sintetizaría la fuente filosófica de la nueva derecha democrática.

NUESTRAS PROPIAS BATALLAS

Hoy, acaso ensoberbecidos por cuatro años de desmanes sin costo, alentados por propios y ajenos (que hacen su agosto político en julio), sin consignas claras pero con rencores compartidos, un grupo mas bien escaso (y seguramente inorgánico) de ciudadanos opositores a
cualquier gobierno que huela a peronismo, no pierde oportunidad de demostrar su dispéptico encono con marchas y protestas contra lo que venga. Cada vez más peligrosas. Cada vez más violentas.

Semana tras semana algún sitio iconográfico de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires recibe a un par de miles de “antis” que enarbolan consignas dispares: “resistencia al nuevo orden mundial”, “No al Comunismo” (pónganse de acuerdo, che: ¿nuevo orden o comunismo arcaico?), “muerte a Cristina”, “No a las vacunas”, “El Coronavirus no
Existe”, “Bill Gates nos quiere inocular un chip” o “Viva Videla” se entrecruzan, desde las pancartas y las banderas garrapateadas, como ideas fuerza de la resistencia mientras, unos pocos de esos pocos, insultan y golpean a periodistas… en nombre de la libertad de prensa.

Desde el campo progresista, con las mejores intenciones y un impecables sentido democrático y republicano, se extiende la mano a la representación política de esas pequeñas hordas violentas y expresa que sería “anticonstitucional impedir que los ciudadanos manifiesten
sus diversas disconformidades”, acompañando la postura de las autoridades porteñas. Así, hacemos girar el caballo y, una vez más, a pesar de nuestra clara victoria, abandonamos al tranco el campo de batalla: tanto la simbólica como la fáctica.

Un conocido el refrán asegura que “no hay peor batalla que la que no se da”. Disiento: la peor pelea es la que no termina. Cepeda y Pavón son combates inconclusos, con resultados chapuceros en el campo y tramposos en los papeles (y si no, lean bien el Pacto de San José de Flores luego de la derrota de Buenos Aires). El país todo -y los
argentinos más débiles sobre todo-, resultan víctimas ajenas de esta refriega histórica que, por ahora, se viene resolviendo a favor de un puñado al que es muy difícil atribuirle otra condición que su poder económico y/o, su odio. Pero aún no concluye, la disputa no toca a su fin… Y somos muchos los que estamos dispuestos a zanjarla a
favor del pueblo.

“Lo que se obtiene con violencia,
solo puede mantenerse con violencia”
Mahatma Gandhi

Carlos Caramello

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Una respuesta a «Volver a pelear Cepeda y Pavón»

La ecuación se reserve llenando las Fuerzas Armadas de pueblo . Entonces nn presidente peronista de izquierda nombra a jefes de las fuerzas que sean profundamente nacionalistas .
De esa manera , se constriñe a estos grupos a sujetarse estrictamente a la ley ; de lo contrario, serán pasibles de sufrir duras consecuencias; la más drástica de todas : la aplicación de Ley Marcial .
La derecha siempre asesina institucionalmente.
La izquierda es Hiper tolerante; la centro derecha peronista siempre » negocia » un status quo . Conclusión: el pueblo siempre pierde .
Hay que instalar el concepto de que institucionalmente podemos y debemos actuar drásticamente.
La felicidad del todo es superior a los pruritos de no querer derramar sangre … porque nosotros no somos como ellos , o porque entre » la sangre y el tiempo , prefiero el tiempo » ( el mismo Peron reconoció como error no haber fusilado , después de ver las atrocidades que hicieron sus enemigos ) .
Debe entenderse que cuando gobierna la derecha el pueblo sufre , porque no respetan nada y cuentan con la legitimación para su accionar por parte de los medios y el Poder Judicial .
¿ Cuándo vamos a dejar de ser tan imbeciles ?
China , Cuba , Corea del Norte aplican la pena de muerte ; y Rusia tiene una legislación penal durísima. Arabia Saudita tiene pena de muerte . EEUU e Israel ordenan asesinatos selectivos a través de sus Estafos . Nosotros seguimos con pruritos . Así nos va .

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