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Sociedad

Familias de Clase

Silvia Saravia fue asesinada por su marido Jorge Neuss después de 40 años de matrimonio. Le disparó con una Magnun 357 y luego se suicidó. En el velorio sus familiares ubicaron la foto del matrimonio en el centro de la triste convocatoria. Con esa imagen de pretérita sonrisa compartida, el femicida recuperaba su lugar en el sitial de la moral bienpensante que fetichiza la crueldad. Se llora la muerte, apenas. No se desacredita al asesino ni siquiera en el altar del lamento y del dolor. Pero sí se condena al recuerdo de Silvia a integrarse al mismo panteón donde se hunden los restos de quien provocó el crimen. 

A Neuss, descendiente de inmigrantes alemanes, le encantaban las armas. Siempre contaba anécdotas sobre sus precisas andanadas de perdigones  en el coto de caza de Villa Ventana, donde despuntaba su entusiasmo por ejecutar animales. Es sabido que las buenas formas de la alta sociedad doméstica pueden aceptar la paz sepulcral del silencio cómplice –incluso– como manto de secreto último. Es que la jurisdicción de la nobleza oligárquico-empresarial se niega a dar evidencias de su profunda oscuridad. 

Nada debe ensuciar la continuidad del linaje venidero. Los barrios privados, las inversiones, los real-state y todos los maquillajes previos a los vernissage tienen que quedar a salvo como estética diferenciada de la vida plebeya. La tragedia, apenas, podrá diluirse en murmuraciones de club-house. Los chismes secretistas podrán, incluso, repartir pésames similares a los pronunciados en la despedida de Claudia Schaefer, la víctima de Fernando Farré, apuñalada 74 veces el 21 de agosto de 2015. Es que los Neuss/Saravia y los Farré/Schaefer vivían apenas a 200 metros de distancia en el mismo barrio exclusivo de Martindale, donde sólo puede adquirirse una propiedad si se supera filtro de la comisión de admisión, compuesta por un grupo de vecinos acreditados y opulentos.  

El hermano del ex presidente Macri se mantuvo en silencio durante tres décadas. Se abstuvo de prender el ventilador mientras Mauricio regía los destinos del club de fútbol. Hizo lo propio cuando gobernaba la Ciudad de Buenos Aires, e insistió con su sobriedad el tiempo que duró el último cuatrienio neoliberal. Pero estalló. Es decir, corrió el velo de la ignorancia conocida: dijo desde adentro lo que muchos sabíamos. Que el marketing, la hipocresía y la crueldad es la condición basal de su hermano mayor. Y que en su familia abundan las traiciones, las mentiras y las carencias absolutas de fraternidad. Mariano destapó la olla del mutismo aterciopelado cambiemita: un montaje de odios larvados, mezclados con estafas variopintas y la más absoluta ausencia de sensibilidad. Un tío (Mauricio) que no le interesa la problemática oncológica de su sobrina, un candidato (Mauricio) que escupe sobre la tumba de su padre, un empresario que estafa a sus hermanos (Mauricio), un presidente (Mauricio) que logra engañar a una parte de la sociedad para enriquecerse junto a sus socios. En síntesis, un psicópata  especializado en la simulación, coherente con la fotografía sonriente colgada en el velorio de los Saravia/Neuss. 

Los tres hermanos varones Etchevehere (Luis, Arturo y Juan) están de un lado de la tranquera. Cercan la estancia junto a su madre, Leonor Marcia Barbero, que defiende a sus vástagos patriarcales tal como recomienda el manual al uso del machismo proverbial. Del otro lado está Dolores. Con una soledad acompañada sin apellido. Plantada frente los mandatos como un patito feo en la corte del Rey Arturo. Con una renuncia a la continuidad oligárquica. A sabiendas de que mujer no es un atributo muy envidiable para los reyes de la 125. Y menos aun cuando se tiene tres hermanos varones. A Dolores solo se le pedía dolor. O que  incremente su sucesión con un matrimonio acorde a la prosapia de origen. Pero no se la habilita a reclamar el porcentaje pecuniario como si fuese un integrante normal de la familia, es decir un macho. Eso es considerado felonía. Más aún si a tal proceder se le suma un pecado superior: la ruptura de las fronteras con las clases consideradas inferiores. Todos los patricios que han tendido puentes hacia grupos subalternos, considerados inferiores, fueron estigmatizados como ingratos. Así pasó con Juan Carlos (hijo del general Julio Alsogaray y sobrino de Álvaro) que murió en combate en el monte tucumano. O con la Patricia Bullrich mientras utilizaba el seudónimo de Carolina Serrano, en tiempos en que firmaba las solicitadas del Peronismo Montonero Auténtico, junto a Rodolfo Galimberti, entre otros.

Los sectores del privilegio utilizan una parte de su dinero para escenificar un mundo aparente de buenos comentarios arropado con fiestas de gala. Su dramaturgia tiene visos de maquillaje, cremas epidérmicas y aprontes quirúrgicos basados en retoques regulares de cirugías plásticas. Ese mismo trazo planificado de artificialidad se inscribe en el lienzo corporal. Se aplica a las formas morales de muchxs de sus integrantes como necesidad y virtud. Sus partícipes se ven obligados a acomodar la realidad a un prestigio que consideran inmanente y natural: deben esconder que el privilegio del que gozan de ninguna manera es el resultado de operaciones non-sanctas, de silencios lúgubres, de teatralizaciones opuestas al testimonio de sus vidas. 

Los poderosos intentan darle coherencia a una alfombra que cubre capas geológicas de suciedad omitida. Se desviven por enmudecer imperfecciones humanas al punto de convertirse en máquinas deshumanizadas. Se adaptan a una actuación regular que termina estallándose frente al espejo que descubre su máscara. Modelan frente al mundo unos maniquíes artificiosos que –en ocasiones– se hacen trizas frente a la verdad indisimulables de su intimidad familiar. “De todos los hechos culpables –afirma Cicerón– ninguno es tan grande como el de aquellos que, cuando más nos están engañando, tratan de aparentar bondad.” Unos 16 siglos después, William Shakespeare le hacía decir al Mercader de Venecia: “¡Oh, qué hermosa apariencia tiene la falsedad!”. 

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Textiles originarios

Los interlocking de Chancay

Textiles ancestrales.

La Cultura Chancay y los «diseños interlocking»

Entre los años 1000 y 1400 de nuestra era se desarrolla en la Costa Central del Perú una pequeña nación de agricultores y tejedores especializados, con una sociedad estratificada en señoríos. Chancay no fue un Imperio ni un pueblo de guerreros, sino una comunidad de mujeres y hombres consustanciados con la tierra de la que obtenían sus recursos. 

Todos los objetos de este pueblo están teñidos por ese amor a la Naturaleza. Es tal vez esa fuerza vital lo que hizo que su cultura sobreviviera a la dominación del reino chimú y luego al poderoso imperio inka, sin perder su identidad.  

Los chancay fueron prodigiosos tejedores, que practicaron numerosas técnicas textiles: tapicería, gasas, telas pintadas, telas de algodón bordadas, telas llanas balanceadas, a rayas y a cuadros, livianísimas, casi transparentes…

En casi todas estas técnicas aparecen los diseños denominados técnicamente  «interlocking» , que se definen como «formas que se dirigen de izquierda a derecha, dejando espacios vacíos que se llenan con otros iguales, que se dirigen en sentido contrario»-

Este tipo de diseños, que aparecería durante la Cultura Paracas (400a.C. – 200 d.C.) o antes, fue muy utilizado por los tejedores Chancay.  Entrelazados en uno y otro sentido, aparecen en ellos estilizaciones de aves, peces, felinos… 

Según el estudioso James Reid, «no encontramos aquí dioses represivos… ni personajes terroríficos… lo que sí se puede observar es una cierta ternura y serenidad, una desenvoltura  que sugiere un pueblo sencillo y pacífico.»

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Entrevista Recortes de Radio

Charla con Barragán en La Patriada

Sandra Russo, escritora y periodista: «Mi generación no había tenido experiencia de democracia representativa, habíamos crecido en medio de dictaduras. Cuando apareció él vi que había otra manera de ser peronista, militante y ser presidente» Sobre Néstor Kirchner y Cristina Fernández: «Néstor fue un varón deconstruido de entrada. En cualquier imagen de ellos ves sintonía total, admiración mutua el uno para el otro, sin dejar de tener una personalidad entera». Del ex presidente dijo: «Me acuerdo cuando él vino a 678 dijo que lo importante es la construcción del poder popular, empoderar al pueblo, las conducciones después se van viendo». Sobre el resultado de las elecciones en Bolivia: «En Chile tampoco sabemos como va a ser la transición, son los primeros pasos». Además dijo: «El bien más preciado que tenemos es la unidad»

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Política

Poder popular

Desde hace una década escribo al menos una vez por año sobre Néstor Kirchner, y siempre es el contexto en el que la nota es escrita el que constituye la perspectiva de la memoria, la puesta en foco de su figura, el amplificador de lo que extrañamos, necesitamos y guardamos de Néstor. Fue el único gobernador del país, en 2001, en firmar al acta constitutiva del FRENAPO (Frente Nacional contra la Pobreza), que reclamaba ya entonces un ingreso universal para los más desprotegidos por la crisis, que muchos años después quedó enmarcado en al AUH, en 2009. Y sin embargo, en 2001, Santa Cruz quedaba muy lejos, él era reacio a los medios y no fue de los nombres más pronunciados entonces. 

Cuando por cuestiones de trabajo debí reconstruir al menos gran parte de su vida política, y me encontré con el joven de anteojos de marco cuadrado y grueso que discutía con sus compañeros la militarización de la política; cuando lo vi enterarse del golpe la madrugada del 24 de marzo del 76, escuchando la radio con Chiche Labolita en una pensión en la que se habían refugiado con sus compañeras, Cristina Fernández y Gladis Dalessandro; cuando poco después discutió a gritos con Cristina porque se negaba a abandonar La Plata, pese al peligro, antes de recibirse, porque tenía la idea fija de ser gobernador de su provincia, y ella, que veía avanzar la dictadura con pies de plomo, le contestaba “¡Pero gobernador de qué querés ser!”, porque parecía que no iba a quedar nada, finalmente quedó un  abogado que se afincó con su esposa en Río Gallegos. 

Y no pasaron más de dos años cuando recomenzó la política en el Ateneo Juan Domingo Perón, que ambos fundaron entre otros. Se conservaron algunos videos y allí uno puede verlos, jóvenes, persistentes, empecinados, siempre, como dijo ella, con el tiqui tiqui de la política sobrevolando las escenas domésticas. En esa reconstrucción, lo que siempre me impactó fue la seriedad con la que Néstor se negaba a inscribirse en los términos “serios” para casi todo el arco de la política, en tanto generadora, antes que de otra cosa, de imágenes y eslóganes. La primera intendencia de su ciudad la ganó con una campaña que no incluía ninguna foto suya. Eran stickers con la dirección del municipio que los militantes pegaban casa por casa. 

Para la primera candidatura a la gobernación, Cristina eligió una imprenta de Capital porque en Santa Cruz no había imprentas para formatos tan grandes. Ella, que era la que ya conocemos, puntillosa y perfeccionista de la imagen, llegó una tarde con la foto que se le reclamaba: era una foto de cumpleaños. Le pidieron una foto de estudio. Cristina les dijo que lo olvidaran, que Néstor jamás iría a un estudio fotográfico para eso. 

Ese desdén por lo que se suponía que debía exhibir, y la insistencia en lo que él decidía exhibir, que era una diferencia, lo asimilamos muy rápido cuando en 2003 llegó a la Presidencia y comprobamos que no se trataba de los mocasines o el traje recto o cruzado, de la reducción del protocolo a su mínima expresión y de la necesidad física y psíquica de entrar en contacto con la gente. Era algo más, que todos sintonizamos en el discurso inaugural. Muchos podrían haber dicho cosas por el estilo. La diferencia era que Néstor las decía en serio y que estaba dispuesto a llevarlas a cabo. Que fue el primer presidente que tuvimos que había pertenecido a la “generación diezmada” y que otras voces venían cargadas en su voz, que había una deuda pendiente con los que habían quedado en el camino y que la “voluntad política”, que hasta Néstor era una expresión retórica, se convirtió en política de Estado. 

Podría recordar muchas más cosas, pero como he dicho al principio, es el contexto el que cada año me marca por dónde recordarlo. Entonces vuelvo a la visita que hizo a 678 en el verano de 2010, y dirigiéndose sin mencionarlo a un sector que ahora está adentro del Frente de Todos pero entonces no, dijo que lo importante, lo más importante, era la construcción del poder popular. Que las conducciones podrían ir variando, pero que lo irrenunciable era ese objetivo porque ésa había sido siempre la diferencia: el tema no era llegar al poder, sino tener en claro para qué se quería llegar al él. Y no era para tener una Ferrari. No era para tener privilegios. No era para satisfacer su ego. No era para aferrarse a nada más que a la posibilidad de facilitar la construcción del poder popular. 

Me gusta recordar esa escena porque no habíamos sido pródigos en cuadros políticos con objetivos que estuvieran más allá de sus intereses personales. Y creo que cuando deseó que florecieran mil flores pensó en flores de ese tipo: silvestres, perfumadas por intenciones de fondo que se reflejaban en sus formas. Néstor nos hizo amarlo con un amor que el tiempo no desgasta, porque si el mundo ha llegado a esta hecatombe, es por falta de ese tipo de cuadros políticos en todo el mundo. El neoliberalismo es un pacman que se ha comido a mucha gente prometedora. Néstor resultó inmune a los fuegos de artificio, quedó pegado en paredes de cuartos de adolescentes, quedó inmortal en su escafandra que lo mantuvo a salvo del aire tóxico del poder. Nunca olvidó para qué había llegado hasta allí. Y se entregó a esa pelea con cuerpo y alma, hasta que el corazón le dijo basta.

Fue único y valiente como ninguno antes. Lo que prometió en campaña y lo que hizo en su gobierno fue cumplido con creces. Y hoy más que entonces, de un modo mucho más apremiante que entonces, la construcción del poder popular es el horizonte que vemos como salida a los laberintos en los que nos encajona la ultraderecha. La superestructura política se decide en lugares a los que el pueblo no tiene acceso. Néstor fue el primero en enunciar que esa puerta que nos parece cerrada está abierta si es que nos decidimos a entrar.   

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Algunos apuntes sobre federalismo ambiental

El modelo ambiental constitucional argentino nos encomienda un desafío político y jurídico que lleva al menos 26 años de debates, aciertos y contrapuntos. Así, nuestro artículo 41° que “Corresponde a la Nación dictar las normas que contengan los presupuestos mínimos de protección, y a las provincias, las necesarias para complementarlas, sin que aquéllas alteren las jurisdicciones locales”. 

El constituyente encomienda al Congreso pues, dictar normas de presupuestos mínimos, o en criollo, leyes que establezcan una línea base que permita a las provincias argentinas complementar sus regímenes de control interno en la política ambiental. 

En igual sentido, en su artículo 124° consolida el dominio originario de las provincias sobre sus recursos naturales. Es decir, un poder no delegado de las provincias al Estado Federal que les permite legislar, controlar y administrar sus recursos e identidades naturales.

Me permito observar que el debate, los aciertos y los contrapuntos llevan no solo 26 años sino más de 200 años, inyectados en las luchas históricas por un federalismo político real.

Interesa introducir la perspectiva histórica al debate ambiental que nos permita otorgarle robustez al debate público sobre aspectos que, a veces, se revisten de efímeras pero candentes discusiones.

Pretendo entonces, referirme al debate sobre el federalismo como forma de organización política, situándonos en la “carta de hacienda de Figueroa” de Juan Manuel de Rosas, fechada el 20 de diciembre del 1834 en San Antonio de Areco, dirigida a Facundo Quiroga, quien se encaminaba a solucionar un conflicto entre las provincias de Tucumán y Salta.

Mas allá del conflicto especifico, la carta tiene una pluma incisiva sobre el federalismo y, particularmente, sobre la conveniencia (o no) del dictado de una Constitución Nacional y la importancia del fortalecimiento de las provincias federativas.

Recordemos que una de las tantísimas críticas que los unitarios vomitaron históricamente contra el Restaurador fue su presunta falta de vocación por la unidad nacional, consecuente con su supuesta tiranía y aversión a la entrega del poder. 

En esta carta, contrariando siempre a los salvajes unitarios, Rosas sostenía, entre otras cosas: “Obsérvese que una República Federativa es lo más quimérico y desastroso que pueda imaginarse, toda vez que no se componga de Estados bien organizados en sí mismos, porque conservando cada uno su soberanía e independencia, la fuerza del poder General con respecto al interior de la República, es casi ninguna, y en su principal y casi toda su investidura, es de pura presentación para llevar la voz a nombre de todos los Estados confederados en sus relaciones con las Naciones Extranjeras; por consiguiente si dentro de cada Estado en particular, no hay elementos de poder para mantener el orden respectivo la creación de un Gobierno General representativo no sirve más que para poner en agitación a toda la República a cada desorden nacional que suceda, y hacer que el incendio de cualquier Estado se derrame por todos los demás”. Se puede observar que los incendios son presente y pasado.

La carta ahonda en otros aspectos aún más destacables, pero me permito distinguir estos párrafos para remarcar el federalismo conceptual: identidad de los Pueblos para la Unidad de la Confederación. Sin dejar de destacar las mayúsculas para el Pueblo, Rosas insiste “El gobierno general en una República Federativa no une a los Pueblos Federados, los Representa Unidos”.

La referencia histórica, como siempre, nos abre a discusiones del presente: el imperioso mandato constitucional incorporado en el año 1994 para fortalecer el derecho público de las Provincias que garantice una efectiva regulación ambiental.

El ambientalismo federal o el federalismo ambiental, como más nos guste, obliga entonces al fortalecimiento de los estados provinciales para la protección de sus recursos naturales. Dotar al estado para contrapesar al desarrollo productivo extractivista que caracteriza nuestros continentes sudamericanos.

Las crisis ecológicas y los conflictos ambientales son un fenómeno contemporáneo y consecuencia de una lógica del proceso de acumulación en manos de unos pocos. Un sistema de concentración de ganancias y externalización de los costos sociales que se originan por un uso intensivo de recursos naturales, renovables y no renovables, siempre a costa del ambiente y del bienestar de mujeres y hombres. Paradójicamente resultan en un mejoramiento de la calidad de vida de unos pocos enriquecidos y en el malestar de unos cuantos contaminados.

La concentración desequilibra la balanza de poderes fácticos favoreciendo ambientalmente a los sectores concentrados de la economía, descartando sus sobras sobre la espalda de los más humildes. En otra medida, pero en igual inclinación, los estados provinciales se encuentran flanqueados frente al poder de fuego de sectores que siempre alinean voluntades ajenas a su favor.

Es en este preciso punto de análisis, es donde el ambientalismo y su consecuente discusión por una justicia ambiental y social resulta profundamente incompatible con el neoliberalismo económico y político: no es posible establecer regulaciones ambientales serias sin estados provinciales fuertes.

Como sostuvo la compañera Diputada Daniela Vilar en su encendido discurso por la aprobación del Tratado de Escazú: “no podemos hablar problemas ambientales sin hablar de desigualdad, sin hablar de explotación y sin hablar de concentración de la riqueza (…) Solamente podemos resolver desigualdades socioambientales si hay distribución de la riqueza.

En definitiva, únicamente las identidades locales de nuestros Pueblos, la proximidad con sus recursos naturales y una profunda redistribución de la riqueza, entre otras medidas, permitirán alcanzar una Justicia Ambiental con bases sólidas y a la altura de nuestra historia.

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