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Balance de la sombra

Cada uno de nosotros hace cuentas de pasado y conjetura un álgebra posible del futuros. Por nuestra cabeza pasa un loop los momentos álgidos, celebratorios y tristes. Todos entremezclados. Todxs brindamos por seres queridos. Algunxs, antes de la hora señalada, pasan frente a algún espejo para hablarse en la intimidad de lo que necesitan silenciar o no se atreven a compartir. 

Frente a los cambios de año hay algo ineludible de intimidad. De monólogo interior basado en  silabas hecha de meses, caídas, asombros y sorpresas. Pero al costado de esas escenas fragmentarias e intransferibles hay quienes toman impulso en el viaje hacia sus coetáneos, conocidos o desconocidos. Salen a la calle, se convierten en un nexo con otrxs. Reclaman la libertad de lxs Presxs Políticxs. No se conforman con lo dado. Divulgan una topografía común, una encrucijada de tránsitos en armonía compasiva y humilde –únicamente– con quienes no están en guerra contra sus semejantes. No son ingenuos. 

Acusados de maniqueos, mis hermanxs, se aferran a copas para repudiar la mezquindad en sus variadas y complejas formas. Las explícitas y las diplomáticas. Las que relegan a los humildes.   Las que deprecian a lxs trabajdorexs. Las que instituyen falsas superioridades respecto de las mujeres. Las que estropean el mapa del planeta con invasiones, injerencias o restricciones a las soberanías de los pueblos. Las que mercantilizan el aire, el agua y exterminan a criaturas vivientes en nombre de un becerro de oro manchado de sangre. Mis hermanxs, memoriosos,  registran cada cachetazo que reciben lxs más vulnerables. No dejan pasar una. Se les da, en pleno brindis, por recordar a compañerxs que ya no están. Eligen alguna estrella antes de pronunciar sus nombres. Rememoran sus pacientes de luchas contra la mezquindad –escenificada de lujo– y repiten los nombres de los enemigos de la generosidad humana. Son obstinados.   

Saben que para alcanzar esa escenario tienen que zafar del fundamentalismo neoliberal. Saltar al encuentro, ensanchar el puente entre el territorio acotado de la subjetividad para acceder a la plaza colectiva de la política. Para una gran parte de la sociedad ese es una vinculo desconocido: los han convenido que el mejor recorrido es de la desconfianza hacia sus semejantes y de guerra (o competencia) contra ellos mismos. El hechizo del neoliberalismo represivo ha logrado anestesiar a un sector social inculcándole el estropicio como destino. Ha impuesto como normalidad la profecía tenebrosa de las catástrofes naturales. Ha supeditado toda regulación a la fantasmagórica presencia de unas mano invisibles que premian a los mercaderes omnímodos y monstruosos. El modelo hegemónico se niega sistemáticamente a asumir las consecuencias de su accionar: impide que pueda advertirse la correlación entre sus decisiones y sus destrucciones. Pone un velo, ciega su negrura, naturaliza la ciénaga que nos ensucia y nos lanza a la soledad y pánico.  

Timing del sentido

Nuestro cronograma vital pretende ser  cíclico. Concluimos años en formato planetarios para darle un sentido al movimiento de nuestra vida. Para fijar en parámetros nuestro lapso biográfico. Tenemos fechas para todo. Mojones con cifras anuales. Días y meses que acompañan el trayecto de la tierra alrededor del sol. Aniversarios, ciclos, flores, cumpleaños. Esta temporalidad tan reputada, fue descripta por un señor llamado Alberto Einstein como relativa. La duración depende del sujeto que la percibe, que la define y le pone en un orden de sucesos,   de secuencias. La pretendida circularidad de los años nos lleva a esos planteos en perspectiva. Quizás porque algunos nos empecinamos en resguardar el brillo pulsional de nuestra infancia: esa eternidad de futuros que ni siquiera tenían días previsibles de cara a un mañana. Eso que venía como  presente de agitación lúdica. Un asombro. 

La forma con la que pautamos el tiempo humano con pretensiones ordenatorias tiene su costado ingenuo. Creemos que mañana, primero de enero, será un abrupto inicio per se. Abrirá la periodización que presume como comienzo irrestricto de algo. Un adiós absoluto a este 2020 que nos dejó llagas en los pulmones y en los ojos. Partimos hacia 2021 como en final. Como el silencio finito del chasquido de la vela que se apaga. Hacemos memoria del cruce que no fue. De todo lo que no sucedió. De lo que nos espera. Unas imágenes apiladas en varias fotos recientes. Sombras desteñidas que incluyen partidas, arribos y –obviamente– estos deterioros previsibles de la osamenta vital.

Aunque nos cueste asumirlo, somos un lapso. Un paréntesis en los tramos de una continuidad histórica. Hay tres tipos de tiempos que se nos cruzan. El primero es íntimo, emocional, subjetivo. Se compone del sentido que le damos a lo que vivimos. El segundo es social. Remite a al engranaje de movimientos en los que estamos insertos. En la actualidad, por ejemplo, estamos atravesados por una ola verde: si la negamos, la desconocemos o la ignoramos, nos pasa por arriba. Si la acompañamos, la surfeamos, o la tratamos de incorporar podemos llegar a crecer con ella. La tercera temporalidad excede el tiempo biográfico de nuestra vida. Pero es el formato de las máximas sorpresas. La tradición china remite a esa cronología como tiempos interesantes: una revolución (la francesa, la rusa, la cubana), o el fin de una época: el esclavismo, el feudalismo, el capitalismo, etc. 

En las vidas usuales, las múltiples, las reales, todo transcurre en termino de corazones, expectativas, amores, sueños estratégico o quimeras rotas. Somos eso que fuimos capaces de conjeturar y al mismo tiempo lo que no pudimos prever. Esa mezcla. Pero no podemos sustraernos al conflicto objetivo conta la infamia y la vileza. La falsa paz del márketing tranquilizador –inoculador de la pasividad, la contemplación absoluta y el conformismo–  es funcional al tránsito esquivo que logra pasar por la vida sin mirar a los costados. Sin asumir la procedencia. El origen. La continuidad de dónde venimos. Para muchxs, forasteros al padecimiento de sus hermanxs, esta estrategia plastificada puede ser útil como bálsamo de ajenidad. Se convierte en el remedio de la burbuja excéntrica. 

Tipologías

Muchos de nosotros carecemos de esa paz. Se nos seca la garganta ante la impunidad. Se nos llenan de lágrimas las corneas. Nos colmamos de furia ante cada provocación. Es que asumimos la existencia de esta conflictividad intrínseca contra el sometimiento, La presencia de una negrura que sobrevive en los márgenes de la luz que habita en el afecto. 

Hay conflicto por que la maldad existe. Negarla nos paraliza. Te enferma o te convierte en una ameba deshabitada. La indignidad está presente en la destreza aviesa de muchxs integrantes de la especie humana. Y esa perversidad tiene fechas, nombres, direcciones, número de celular. No es un relato ideológico. Tiene consecuencias en la vida cotidiana, Y tiene políticas, discursos y jueces que las instituyen. 

La crueldad dispone de esferas de dominación irrestricta. Frente a sus designios, prepotencias y brutalidades muchxs decidimos no ser indiferentes. Empuñamos todos los escudos disponibles para defender la respiración, la naturaleza, las criaturas que laten, el agua, la risa, el espíritu lúdico, la creatividad e incluso la sobrevivencia combinada de toda estas existencias simultaneas. No nos resigamos. Apostamos (hipotecando) nuestros huesos a que hay algo de trascendencia en esta pelea. No importa el nombre que tenga, si es de carácter divino, teológico, óseo o simplemente amatorio. Su entrega desprendida y su repudio visceral al egoísmo naturalizado convierten esta disputa en una causa sublime e irrenunciable.  

De ninguna manera significa que esa reyerta nos deba convertir en sujetos oscos, revestidos de amargura. Por el contrario: no hay alegría más inconmensurable que ser parte de ese torrente de belleza que implica la solidaridad, la entrega al prójimo, el trayecto en compañía con el golpeado. Esa dimensión nos transporta a un sentido último ajeno a la oscuridad: viene con música; risas hasta altas horas de la noche, poesía no enlatada y relatos de amores imposibles. Algo así como la potencia enternecedora de un abrazo brindado como bienvenida, o la inoculación de la confianza enérgica de cara a un camino que se inicia. O, si se quiere, como la honrada gestualidad de una amabilidad sobria hacia quienes más duelen. Eso de dejar migas de ternura en el territorio donde el dolor hace su estaca, su sudor, su madrugada. Eso de sentirse que no se pasa al pedo por la vida. 

Brindo, conmovido, por quienes no arrugan ante esta pelea. Por quienes construyen artefactos de humor en plena noche. Por quienes tienen la fortaleza de alumbrar el barro. Por quienes nos salvan con una simple sonrisa en la tarde que creímos como última. Por quienes dan un paso al frente para defender a sus hermanos y están dispuestos a pagar el precio de su valentía. 

A sabiendas que esta gente maravillosa existe. Y que son señalados por los dedos índices de los capitostes del utilitarismo, levanto mi copa en esta noche. La gloria siempre se presenta en alpargatass.

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Sociedad

Interrupción Voluntaria y Marea Verde

La historia como realización perpetua y los vértices de una memoria necesaria

«Si para algo sirve la historia es para hacernos conscientes de que ningún avance social se consigue sin lucha», afirmó el historiador catalán Josep Fontana. 

La Ley de Interrupción Voluntaria del Embarazo fue aprobada hoy. Pero su conquista fue el producto de cientos años de lucha de mujeres que pagaron un alto costo para llegar hasta acá. 

Cada uno sabrá a quién recordar. En mi caso miro las fotos de las compañeras que peleaban en soledad mientras una gran cantidad de mis congéneres varones las depreciaban. Por su puesto que también pienso en mi vieja. Y en las miles y miles y miles de mujeres que perdieron la vida en situaciones de abortos clandestinos. Miro, devastado, la carita de cada una de ellas hasta valorar y reivindicar,  aún más, esta Ley. 

Y rememoro a las militantes de puños apretados que conocí a lo largo de mi vida. A las pibas cargadas de pasión que hicieron esto posible y nos mostraron cómo es que se pelea en formato de marea, de maremoto. Pero no me olvido de aquellas que fueron humilladas por exigir esto que mañana tendrá certificado de legalidad. En la sensación de profunda soledad que percibían cuando llegaban a sus casas, agotadas, después de reclamar algo que las cruces y las buenas costumbres catalogaba de gran pecado. 

Veo, ahora, a las chicas jóvenes de mi pías contar con condiciones mínimas de asepsia hospitalaria que hasta el día de hoy solo disfrutaban las personas acomodadas de mi sociedad. 

Y en la emoción de esa marea verde que nos inunda, diviso también, una sociedad un poquito mejor. Un hogar de Matria/Patria que cuida un poco más a sus hijxs. 

Las lágrimas de alegría son contagiosas: ver a las mujeres, hoy a la madrugada, en la plaza de los dos Congresos, abrazarse en medio de la noche verde, quedará en los pliegues donde la belleza se inscribe como entusiasmo.  

Quienes sabemos como Fontana que nada se conquista sin lucha, redoblaremos la pelea por lo que falta. Y eso es mucho. Es de una inmensidad que aparece inabarcable. Sin embargo, al mirar para atrás y ver los jalones previos, la claridad nos atraviesa. 

Este asunto de la vida solo tiene sentido si somos capaces de combatir por sueños buenos. Por imaginarios que enfrenten las pesadillas. Por futuros en los que nuestros descendientes muestren –orgullosos– nuestras fotos en plena lucha.

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Textiles originarios

Telas peruanas prehispánicas

Las telas pintadas prehispánicas

Durante siglos, a través de distintos períodos históricos, las antiguas culturas del  Perú sostuvieron una larga tradición: las  telas pintadas.

Realizadas sobre simples telas balanceadas de algodón, están pintadas con tintes naturales. 

Óxidos de cobre y hierro, diferentes arcillas y algunos extractos vegetales,  forman una paleta armoniosa de tonos neutros, que van del negro al ocre amarillo, pasando por verdosos y anaranjados.  Siempre en una clave de gran sobriedad, que contrasta con la intensidad y el brillo  que esas mismas culturas aplicaron en sus tejidos y bordados.

 En algunos casos, los grandes paneles de algodón destinados a tapices o estandartes, fueron pintados a mano alzada y representan seres míticos de una expresividad sorprendente. 

 En otros ejemplos, seguramente con fines decorativos, la estampación se realizó mediante sellos de madera que se impregnaban en los diferentes pigmentos y se aplicaban repetidas veces sobre la tela. 

Las culturas Chavin, Kotosh y Paracas – Nasca, en el período temprano,  y el Reino de Chimor y los señoríos pesqueros de Chancay, en el intermedio tardío, fueron grandes cultores de esta técnica pictórica.

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Recortes de Radio

El programa del 26/12

Editorial de Sandra Russo 👇
Columna de Sergio Wischñevsky 👇
Columna de Christian Rodríguez 👇
Entrevista a Carlota Russ, médica infectóloga. 👇
Entrevista a Marín Vergara, senadora por Chaco. 👇

https://ensamblecontenidos.com.ar/

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Sociedad

Las fiestas y el Principio Esperanza

Jesús es el nombre latino de Iehoshua, cuyo apócope es Ieshua o Ieshu (יֵשׁוּעַ). En arameo y en  hebreo Ieshu significa “salvador” o “redentor”. Ese fue el nombre que Miriam (מרים)  traducida como María, eligió para su hijo. Ieshu es el nombre de quien anuncia y transmite la liberación. Cristo es una palabra griega (cristós) que traduce el término hebreo de Meshíaj (משיח) cuy traducción es “ungido” o “elegido”. 

Ieshu es postulado como el elegido que trae la redención, la liberación. Un enviado, un testigo  que expresa la esperanza por una salvación ante el terror imperial romano. Un maestro (Rabí) que formula la recuperación de la amistad, de la humanidad. Alguien que simboliza la contracara del daño, de la falta. Que enuncia la presencia de quienes duelen o ven pasar su biografía a través de un velo de sufrimiento e injusticia.

La tradición judía apostó a la llegada de un enviado. De una reparación frente al malestar. Y los tiempos mesiánicos se asociaron siempre con los contextos de opresión. La salvación remitía a un padecimiento generalizado que debía recurrir a la esperanza. Postuló la redención, como una acción capaz de trasmitir algún tipo de curación ante la pérdida. Cordialidad y empatía ante la congoja. Sensibilidad ante la angustia. La relación de Ieshu con sus amigxs expresa ese paradigma de la amistad encarnada en la abnegación. En la posibilidad de que la fraternidad/sororidad fuese la única moneda corriente del intercambio humano. En la promesa del encuentro libre de soberbias, de pretensiones jerárquicas y de mezquindades egoístas. 

La periodicidad humana, tan abierta a lo cíclico, dispuso fechas para reactualizar esta pertinaz esperanza. La que convive en una intención superadora de la herida. En la apuesta a un propósito de empatías múltiples en perpetuo desafío de la crueldad. De ahí viene la expectativa del presencia o la irrupción: una llama encendida en la oscuridad de una noche que no sabemos si titila, o su apariencia intermitente es producto de la distancia que la nubla. 

Un nacimiento es un ritual de celebración vital. Una ratificación de la persistencia de la vida frente a la negra mancha de la caída. Un vínculo con la trascendencia al interior de lo que se inicia. Un grito de llanto tierno ligado a la rugosidad inicial del cachorro humano. La llegada es un anuncio y es también la antesala de una partida que busca su ilusión en el regreso. Engendrar es la muestra de nuestra capacidad para reestablecer la ligazón con el mañana. Es una forma empecinada de hacer frente  al padecimiento circundante apelando a la  luminosidad como proyecto. En términos existenciales es una de las manifestación del deseo y la aspiración que arrastran el tiempo hacia el futuro: nuestra desgarrada consciencia del final es permanentemente retada por esta imagen de la resurrección humana. 

Transitamos con la esperanza arraigada en determinadas fechas. Son subterfugios. Hitos de una frecuencia que busca aproximarnos mientras se afronta el delicado devenir de los días.   

Los nacimientos, las natividades, los años nuevos, en todas las culturas, son el ritual cronológico de un tiempo propuesto por la especie humana para renovarse frente al espejo de la vida. Poseen una capacidad de doble movimiento. De balance y de proyecto. Nunca es sencillo lidiar con el dolor, con los números de seres humanos abatidos, con la pérdida que agiganta el temor. 

La verdadera comunión, la autenticidad del encuentro, radica en una disposición de ilusión realizable: el aferrarnos a un coincidencia liberadora cuya sacralidad remite a la forma superior de la emoción, que solemos denominar como amor. 

La continuidad del tiempo nunca nos ofrece un salto preciso. Son simples fechas en un calendario dividido por la torpeza demográfica o cronológica de quienes buscaron instituirse como dueños del devenir. Somos nosotrxs, sus transeúntes quienes apostamos sobre futuros. Los que ponemos las ganas y apostamos por un espacio para (re) construir, una nueva oportunidad para junto a lxs justos, lxs más sensibles, lxs más humildes, lxs más débiles. 

No hay esperanza en la negrura. Su cometido, el que conjuga la expectativa de un vivir superior, sólo arraiga en el destino posible de algo que limpie los dolores inútiles, fabricado por nuestrxs congéneres: una vida más buena supone desenmascarar a los portadores de la maldad  y al mismo tiempo rescatar de la confusión a los desorientados. Quienes implantan al desesperanza imponen un presente perpetuo, destinado a la continuidad de las oscuridades que benefician a los privilegiados. 

De ahí que la esperanza incluye la crítica. Su proyecto implica un antagonismo con la maldad. Un duelo contra la indiferencia, contra el egoísmo, contra el descreimiento y la ausencia de compasión. La esperanza solo puede postularse en contradicción con aquello de la realidad que debe ser revisado, cambiado, derrotado. La esperanza auténtica conlleva un cuestionamiento de lo real existente. Es por eso que se atreve a imaginar otro mundo posible mediante la renuncia aun presente perpetuo.  

En 2020 la esperanza se atrinchera con el objeto de recriminarle a la sombra su espacio de de amenaza. Su prerrogativa de contagio y de muerte.  La peste nos señaló con dedos sucios de advertencia y la esperanza tiene forma, otra vez, de ciencia, de vacunas, de investigadores que buscan los anticuerpos de un virus que no es solo epidemiológico. Una enfermedad que sigue cuestionando (y temiendo) a la solidaridad por la intrínseca capacidad que posee esta última para potenciar la esperanza. 

La epidemia mostró la herida no curada de varias incisiones previas. Mientras la tragedia se sucedía los discursos del odio ascendieron hacia los conocidos territorios del racismo (eufemizado en Argentina como anti peronismo o anti-kirchnerismo), el terraplanismo pre conciliar, la infectadura o el epigrama paranoico de los antivacunas. Esto son los sectores que desprecian la esperanza. Son quienes pujan por la continuidad de sus prerrogativas y se desviven por elaborar justificaciones orientadas a justificar el imperio brutal de su egoísmo. Compran voluntades de (pseudo) comunicadores para instituir pragmatismos ciegos, discursos tecnocráticos y frases continuas orientadas a confundir, dividir y asesinar la esperanza. Se presentan con ropajes de brillo y amistades imperiales con el único cometido de producir derrotismo, desesperanza e inmovilismo.  Con esas herramientas logran darle continuidad al  desfalco económico institucionalizado y la persecución a lxs compañeros que los enfrentan, algunos de los cuales sufren detenciones políticas sin poder compartir la Navidad con su seres queridos.  

La esperanza no es un tema de religiosidades ni de feligresías. Es una forma de sobrevivencia para quienes son parientes (y pacientes) de la espera. Como sugirió Ernst Bloch, la esperanza es un principio de la voluntad, del deseo: un tatuaje que se inscribe en el íntimo compromiso de una mujer, de un hombre, de una generación, de un pueblo. Un supuesto asociado a la generosidad, al rostro de lo que nace más limpio. Un emblema cargado de expectativas de amistad, de belleza y de amabilidad.  Una trayectoria biográfica más íntegra. Un porvenir menos gris. Unas reglas menos maliciosas, dispuestas para la libertad de unos pocos y la infelicidad de la inmensa mayoría de la  humanidad. 

La esperanza es bifronte. Espera al mismo tiempo que produce. Sabe transitar el tiempo y teje con ojos cansados el abrigo de su futuro. Sin esperanza somos presa fácil de los capitostes mezquinos del poder y de sus secuaces, los maniquíes quirúrgicos del showbusiness. Es verdad que el amor vence al odio. Pero esa es una conjetura válida a nivel estratégico. A nivel táctico, la amabilidad frente a los poderosos puede ser descifrada como debilidad o pasividad. Y la ingenuidad no se lleva bien con la esperanza: debemos soñar; pero solo a condición de ser responsables de construir sistemáticamente esos sueños. Y eso es un compromiso de fortalezas. No de vacilaciones.  

La esperanza no puede renunciar a la memoria porque este es su combustible más pródigo. Recurre a los gestos piadosos del pasado para empoderarse. Vuelve tras de si para encontrar el poder simbólico que nos legaron nuestros ancestros. Intuye una melodía que atraviesa el tiempo. La redención que propone la tradición mesiánica nos convoca al canto colectivo, a la reminiscencia de la amistad junto a la naturaleza, al medio ambiente libre de depredación y al juego erótico de la sonrisa. Suficientes razones para plantarse activamente ante la maldad organizada, ofrecerle resistencia, y no abandonar la disputa (áspera pero hermosa) por construir  un hogar más vivible y tierno para todxs. La esperanza tiende la mano cronológica hacia el futuro. Pero embarra sus dedos para articular ese porvenir con el presente.

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