Lewis no me importa

Lewis hace lo que le dejan hacer. El problema de lxs argentinxs es que los que lo tendrían que poner en su lugar haciéndole cumplir la ley, parecen responderle a él y no a la ley. Nota de Gastón Garriga.

La serie Billions, en Netflix, muestra el poder corrosivo de las mayores fortunas financieras, esas con más ceros de los que podemos procesar, ante las que todo –o casi- se inclina, en busca de favor o “amistad” o al menos se corre y deja hacer, para no ponerse en su mira. Se podría escribir una nota entera con las similitudes entre el muy real y próspero Mr. Lewis y el ficticio Bobby Axelrod. 

Por experiencia, prejuicio o formateo ideológico judeocristiano, la verdad es que nada nos sorprende  cuando se trata de los ricos más ricos y sus obsecuentes. Esta afirmación cobra un nuevo sentido cuando la pandemia global de coronavirus de los últimos dos años llevó la desigualdad y la concentración de la riqueza a un nivel mayor del que ya nos resultaba inaceptable. 

“Yo creía que había pobres como hay pasto y que había ricos como hay árboles”, sostiene Evita en “La razón de mi vida”, para completar, pocos párrafos después, que unos explican la existencia de otros, como dos caras, dos resultados, de un mismo fenómeno. Por todo esto, no vamos a dedicarnos hoy a Mr. Lewis ni, mucho menos, a generalizar sobre el pueblo británico, que a lo largo de la historia ha tenido que poner los muertos sobre los cuales la corona edificó su imperio. Vale recordar que de aquel imperio queda un residuo vigente, el Commonwealth, que suele mirar a la Argentina con un deseo obsceno, apenas disimulado.

Luego, sería de una candidez extrema, imperdonable, esperar que Mr. Lewis aceptara o respetara el concepto de soberanía política, que deberían ejercer los gobiernos local, provincial y nacional. Veamos, Lewis esta vez fue un poco más lejos que de costumbre (¿está envalentonado? ¿lo hace a pedido de alguien? ¿cuál es su lectura?), pero hay en su comportamiento presente respecto del pasado más líneas de continuidad que de ruptura. 

¿Qué deberíamos analizar, entonces? La falta de respuesta estatal, que termina naturalizando por omisión la vulneración de nuestra soberanía, en términos prácticos y políticos, algo que se repite con frecuencia en este gobierno: cambian los temas, los escenarios, pero la (no) reacción permanece. Hoy, casi una semana después de los hechos, luego de un atronador silencio de sus principales espadas, el presidente de reunió con la gobernadora. Hablan de construir un acceso, ni repudian ni piden explicaciones. Y dejan pasar otra gran oportunidad.

¿Oportunidad de qué? De ganar músculo político, que se necesita desesperadamente. Lago Escondido, como el origen espurio de la deuda, como el río Paraná (mal llamado hidrovía) por donde se fugan miles de millones de dólares, es una cuestión de soberanía. ¿Qué la soberanía está fuera de la agenda de las mayorías, más preocupadas por el precio del kilo de carne? Cierto, pero el interés se construye (o no). 

En esto es clave la comunicación, en caso de que haya voluntad política. Los argentinos que fuimos a la escuela, cantamos Aurora, nos pusimos escarapela, seguimos con admiración el cruce de los Andes vía Billiken o los goles de Diego tenemos una memoria emotiva a activar, tenemos un capital emocional a  involucrar en estas gestas. Ni hablar de los argentinitos que crecieron viendo a Zamba. 

Hay una épica posible, aún en tiempos difíciles. Esas políticas culturales, pasadas o mismo lejanas como la escuela sarmientina, dejan un sedimento. Sedimento que puede activarse, trasladarse desde el fondo al centro, volverse figura, si se lo interpela con las palabras, gestos e imágenes adecuadas. 

Como afirmaba en el primer párrafo, Lewis no me sorprende. Lewis no me preocupa. Me preocupa –y mucho- lo que hace o –especialmente- deja de hacer el gobierno nacional, cuya base electoral le asigna a la soberanía política una prioridad enorme. Una de tres, junto con la independencia económica y la justicia social.

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2 comentarios

  1. comparto el comentario, y me preocupa este gobierno de fernandez , esa tibieza demagógica . que nos quiere hacer creer en la teoría de los dos demonios. la verdad es que estos renovadores son y han sido traidores al progresismo, a Nestor y a Cristina.
    son inoperantes y no tiene agallas..

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