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Trump dice que les dijo a los médicos cómo curarlo

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Nunca subestimes el poder de la negación

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Columna de Sandra Russo en Juego de Damas, en Radio Nacional AM 870. Conduce Luisa Valmagia, de Lunes a Viernes de 18 a 20 hs.

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La política de la confusión y lo imposible del consenso

Dicen milllones de veces en diferentes voces en distintos canales las mismas mentiras. Reclaman por reglas que no existen pero a las que existen las violan. Proclaman valores que no tienen ni practican para intentar aplastar a los que sí los tienen. Confunden para dividir y arengan para violentar. Cristina para ellos es un blanco insoportable porque aunque finjan demencia los jetones saben que no se robó ni una moneda. Si hubiera cedido, si se hubiera dedicado a lo mismo que ellos, a acumular para sí misma y sus amigos, se hubiesen aliado. La odian porque nada ni nadie nunca la ha sacado de eje. Y porque todas las políticas que impulsó e impulsa son para fortalecer la institucionalidad que ellos dicen defender pero sobre la que orinan cada día de sus vidas. Ganan en el caos y en la confusión, y ahí no hemos armado el gran dispositivo popular que nos mantenga aferrados a la realidad. Esto no empieza ni termina nunca: perdieron las elecciones pero no dejan gobernar. La pandemia les vino como anillo al dedo. La muerte es un detalle para los acostumbrados a quedarse con todo.

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Cuando esto se termine

El día de mañana

Cuando esto termine se nos preguntará sobre cuál fue nuestro rol mientras duró la guerra contra el virus: ¿Vos qué hiciste durante la pandemia? Algunos habremos de recordar que hicimos todo lo que estaba a nuestro alcance, hasta el límite de la obsesión, para evitar
constituirnos en vectores de contagio. Siempre supimos que nunca nos hubiésemos perdonado el haber contagiado a otrxs.

La noche del 17 de agosto, fecha del aniversario del fallecimiento de José de San Martin, fueron internados en el territorio de la Argentina alrededor de 300 personas entre clínicas privadas, hospitales públicos y obras sociales sindicales. Ese mismo día fallecieron alrededor de 90 seres humanos. Una médica amiga, encargada del área de Terapia Intensiva de una clínica privada comentó esa noche: “la marcha no solo amplía indudablemente los contactos y los contagios. También incrementa el peligro de que lxs médicxs, lxs enfermerxs, lxs camillerxs o el personal de limpieza se contagie. Durante las últimas semanas dos víctimas mortales por día pertenecen a operadores de la salud”.

Cuando esto finalice, lxs defensorxs republicanos de las libertades de prensa deberán brindar algunas explicaciones acerca de las agresiones contra movileros de los medios cuya línea editorial no coincidía con sus expectativas.

Cuando esto termine –y va a concluir sin dudas con una vacuna eficaz– muchos prohombres del banderismo en 4×4 deberán aceptar que su irritación no tenía que ver con la salud sino con la imposibilidad de seguir facturando (libremente) en sus empresas. Que tuvo que ver con la contrariedad de no contar con el personal doméstico, con la asunción de que todos somos idénticos ante la enfermedad (cosa que los hacía insoportablemente iguales a la gente que históricamente desprecian), y/o que las restricciones de viajes, cenas, fiestas y ágapes terminaron siendo mucho más molestas para quienes contaban con históricas posibilidades
para practicarlas.

Cuando este se termine los sectores enemigos del distanciamiento social van a tener que revelar por qué estuvieron dispuestos a transformarse en vectores de contagio (aunque ellos hipotéticamente no lo sufrieran) en nombre de su libertad. Tendrán que justificar sobre la llamativa forma del individualismo que se desentiende de los efectos nocivos que puede hipotéticamente producir. Para cuando eso suceda quizás se enseñe que la libertad no es un derecho abstracto. Que nadie tiene libertad para matar, para herir, para dañar. Que eso no puede llamarse libertad sino perversión. O negación irresponsable. O terraplanismo sádico.

Cuando ya hayamos pasado esta tragedia muchos habremos de recordar que hicimos todo lo posible para cuidar y cuidarte. Para reducir el trabajo de los operadores de la Salud, para restringir la posibilidad de que l virus circule. Pero no vamos a poder soslayar el recuerdo de la joven médica María Laura Estanga o del jefe de Terapia Intensiva Miguel Duré. Ni tampoco las vidas malogradas de lxs enfermerxs José Aguirre, Martín Arjona, Grover Licona, Julio Gutiérrez, Armando Lastra y Silvia Chiappa. Todos ellos pedían a los gritos reducir el contacto para prevenir los contagios.

Cuando el virus esté controlado lxs conspiranoicos volverán a su redil de simpatías neonazis, los promotores del patriarcado a sus esfuerzos por justificar la violencia misógina, los defensores de los genocidas a sus Reuniones castrenses, los miembros de la famiglia judicial a sus operaciones en la prensa y los iracundos habitantes de Barrio Parque a repudiar el impuesto a las grandes fortunas.

Para cuando esto sea pretérito sabremos sin duda reconocer a los epidemiólogos, los científicos y los comunicadores responsables que salvaron miles de vidas.

Volveremos a reconocer que lxs investigadorxs –y especialmente el CONICET– son parte integrante de cualquier dispositivo económico y social inclusivo. Y que sus enemigos son simplemente los representación medievales del oscurantismo arqueológico, refractarios a toda racionalidad científica.

Cuando esto termina algunos hijos o nietos se preguntarán porqué las tapas de los diarios más difundidos –y algunos de sus propagandistas más conocidos– invitaban a los compatriotas a emigrar, mostrando una falta absoluta de amor por su tierra y por su gente en el medio de una
tragedia sin precedentes.

Cuando esto termine se publicarán los nombres de lxs miles de seres humanos que perdieron la vida y desde el más profundo dolor le diremos a nuestros hijos y a nuestros nietos que hicimos lo posible para cuidarlos y para salvarlos. Quienes irrumpieron en las plazas no podrán decir lo mismo. Solo les quedará la sombría jactancia de saberse opositores a un gobierno.

Cuando este dolor de hospital, entubamientos y asfixia ya no sea una espada en la garganta cotidiana tendrán que asumir que esta exacerbada susceptibilidad tiene como origen un profundo desprecio hacia los pobres, hacia las mayorías silenciosas, hacia sus renovados vínculos con la política y la esperanza popular.

Y cuando eso suceda, y se vuelvan a abrir, como diría Salvador Allende, las grandes avenidas, volverán a ver el desfile de cientos de miles de argentinxs dispuestos –otra vez– a lanzar el eco de sus cantos y sus bombos. No vendrán en autos importados ni mostrarán su odio como bandera. Llevarán en sus banderas los nombres y las fotos de los que perdimos en esta batalla.

Serán la expresión, otra vez, de aquello que Raúl Scalabrini Ortiz definió como “El subsuelo de la Patria sublevada”.

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