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Política internacional

Crónica asfixiada desde Chile

Ahora, que puedo respirar:

«Son los pacos culiáos, señora. El gas lacrimógeno que tiran es el de uso militar, no tiran cualquier cosa. Y está vencido, todo eso queda en el aire, en el asfalto. Y en los pulmones de los asmáticos, de los que tienen alergias respiratorias. Hoy atendí a otra señora con lo mismo».
Me pasan decadrón y analgésico por vía endovenosa. Me hacen radiografías de pulmón, electrocardiograma y hemograma. Agente exógeno, le dicen. Lloro de dolor en el pecho, en los huesos, ¿me está matando la jaqueca? Estoy en una camilla en la guardia de una clínica de lujo en Santiago de Chile. Me atienden muy amablemente, previo depósito de tarjeta de crédito. Entre 500 y 1000 dólares me dicen. Agradezco tener seguro, ya reclamaré. Lo único que quiero es dejar de llorar de susto y de dolor. "Obstrucción de pulmones y laringe", diagnostican. Repiten: exógeno. Al día siguiente alguien me contará que los médicos están furiosos, hartos de decirles a tantos que al final serían tuertos o ciegos –para siempre– después de que los «pacos culiáos» les dispararan en la cara. Sin asco. Con la misma crueldad con la que los rocían de gases lacrimógenos vencidos, con las que los bañan en partículas de cianuro que los dejan así, como estoy yo, llorando en una camilla para que me devuelvan el aire. Me ponen cuatro bombas
nebulizadoras. Empiezo a respirar despacio. Recuerdo los relatos de la infancia, de mi legendaria casi muerte a los dos años en una playa de Montevideo. En el 76, el mundo se desmoronó: la dictadura y la separación de mis padres me arrancaron el aire adolescente. Hubo que andar con un inhalador en la cartera. Resultó que las alergias se echan a dormir y un día se despiertan. Bastaron tres días en Santiago, sintiéndome cada vez peor, pero con la necesidad de salir a la calle, mirar, hablar con la gente, ser escucha para el silencio roto de tantas y tantas voces hartas, necesitadas de palabra. Ahí estaba, tirada en una camilla, incrédula. «No es la primera vez que trago gas". Quisiera contarle esas escenas en las que mi historia se anuda con la historia de mi país y de mi generación. Toso, lloro y recuerdo fechas, la memoria es una ráfaga. 30 de marzo de 1982, 14 de junio (la noche atroz de Malvinas), el 16 de diciembre y el cuerpo ensangrentado de Dalmiro Flores. Cada vez mi madre me obligaba a salir con el pañuelo, una botellita de agua, los pedazos de limón. Le explico que otras veces había llorado, había tenido diarrea, pero que esto nunca había pasado. "Es que están vencidos –es cariñoso el médico, me habla como si fuera una niña– y estos son otra cosa. A estos les ponen otras mierdas».
Dudé antes de ir a Santiago. La universidad norteamericana para la que trabajo había planeado su reunión anual. Se discutió su conveniencia. La reunión se hizo (en Viña, pálida junto al mar, en los murallones de su costanera se leía «Piñera asesino», se leía «Hasta que valga la pena vivir»). Soy profesora universitaria e investigadora. Hace años que escribo y enseño sobre procesos de memoria en la post dictadura argentina, sobre las retóricas del exterminio en la cultura y la literatura argentinas. Soy escritora, también. Hace un tiempo empecé a enseñar Chile en mis clases: la catástrofe del 73 (cruzada por recuerdos personales, inscripciones y relatos en el Diario Íntimo que escribía a los doce años), los años del neo-liberalismo a sangre y fuego, la transición democrática tan diferente de la nuestra, la comisión Rettig del año 92 y la memoria a medias. Devoré testimonios de sobrevivientes, testimonios fílmicos y literarios. Chile, en lo profundo, fue siempre para mí un misterio. De manera casi infantil cuando repasaba La Batalla de Chile y los bellísimos documentales La Memoria Obstinada y Nostalgia de la Luz, de Patricio Guzmán, me preguntaba: ¿dónde estará guardado todo esto? ¿En qué rincones, en qué cajoncitos de la memoria? Para nuestras clases medias aspiracionales Chile fue el milagro del orden y el consumo, la posibilidad de pensar un país donde cada negro, cada indio, ocupa el lugar que le pertenece por mandato racial y de clase. Sin choripanes ni planeros, Chile era la tabula rasa donde se escribían los milagros.
Por eso yo quería un par de días en Santiago –mi primer encuentro con ese Chile imaginario de adolescencia nerudiana y espanto dictadorial–. Quería escuchar a su gente, visitar Villa Grimaldi, husmear y pensar en el Museo Nacional de la Memoria. Yo quería, así de refilón, ser parte de su historia. Quería, por qué no, caminar con hermanos "las grandes alamedas" por donde estaría, quizás, pasando el hombre libre que había anunciado Salvador Allende antes de morir.
Me habían prevenido: "no vayas a Plaza Italia". No fui a Plaza Italia, pero caminé y caminé kilómetros por el centro de Santiago, los ojos no me alcanzaban para ver. Toda la ciudad, desde el aeropuerto, era un inmenso libro en el que se estaba escribiendo la rabia de décadas. Desde el balcón del departamento en el que me alojé se veían otros balcones: "Renuncia Piñera", «Paco violador». En alguna casa sonaba punk del puro y duro: "romperemos los esquemas de esta puta sociedad". Non Servium. Bienvenida a Chile. A este Chile donde el milagro se hizo trizas. Una pared diría "el neoliberalismo nace y muere en Chile". El chofer que me traía desde el aeropuerto había sido claro: "esto no se acaba. Es lo único que tenemos. Esto no se acaba porque no somos mierda". Choferes y porteros, la gente por aquí: no somos mierda. No es político esto (los políticos son basura, todos comen de esta teta, me dicen): es nuestra lucha y ya. Es dignidad. No somos mierda. No somos mierda. Cerca, miles de mujeres gritan "el violador eres tú". Por las violadas, por las torturadas. Hay algo que ensordece. "No era paz, era silencio", dice un cartel enorme en una esquina. Una amiga alemana me presenta a Felipe, un kinesiólogo jovencísimo que trabaja con las víctimas de la represión. Investiga sobre la tortura y el dolor. Los de antes, los de ahora. Felipe, que socorre a víctimas de las balas, los golpes y la tortura de estos días, sostiene convencido que las prácticas profesionales e institucionales deben estar inscriptas en el horizonte de los derechos humanos. Charlamos largamente sobre el tema, coincidimos en que este tiempo histórico impone ese reclamo: en cualquier profesión, en cualquier práctica. Ese primer día camino kilómetros en el más absoluto olvido de mi cuerpo. Esa noche me desplomo. Al día siguiente casi no respiro. Me arrastro a una librería y salgo con una pila de libros. Abrazo, con amor y temblor, mi ejemplar de INRI, de Raúl Zurita (nos recuerdo siempre en una noche veraniega en las montañas de Vermont. Hablamos entre cervezas de su amor por
Rico Tipo y de nuestra común adoración por Los Caminos de la Libertad, de Sartre). Después de visitar el Museo Nacional de la Memoria el aire se va acabando. Me detengo minuciosamente en cada sala, reflexiono sobre las decisiones de curaduría, los modos de relatar la catástrofe. No puedo evitar pensar en estos temas sin pensar en nosotros, en las políticas de Memoria, Verdad y Justicia. Es un bellísimo museo que sin embargo no logra hacerme olvidar los escasísimos condenados por crímenes de lesa humanidad que dio la pos-dictadura chilena. Alguien me
pregunta: "tendría que haber un museo así en Argentina?" No sé qué contestar. Pienso en nuestros sitios de memoria, en el Olimpo, que me es tan familiar por vecindad, por solidaridad militante, por cercanía. Pienso en los cientos de condenados por la justicia argentina.
¿Deberíamos darnos un museo así? ¿Cómo debería hablarnos –institucionalmente—la memoria del pasado? Solamente se me ocurren más y más preguntas. Esa tarde, antes de no poder más, saco la foto que más me conmueve: "1973 se acabó": una larga, conmovedora y fracturada temporalidad.
Después la clínica, el llanto, los huesos que raspan. Y, como en un bello documental de Patricio Guzmán, las estrellas que palpitan en el cielo de Santiago. Dos días después estoy en casa: tos, corticoides, hemorragias nasales. Me llueven los reportes de Amnesty, las denuncias de la CIDH que el gobierno de Piñera ignora. Me traje Chile en los pulmones. Me traje, como en el verso de Zurita, “camposantos de geranios en los ojos. Y el mar que arde, arde sin consumirse”.
Escribo ahora, que puedo respirar.

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Política

Laura Alonso no para de acusar

«Vuelve el narco, vuelve el lavadero, vuelve la corrupción. Feliz Navidad», twitteo Laura Alonso porque se anularon los protocolos policiales de Bullrich. Es asombroso cómo esta gente está atrapada en un manual del Departamento de Estado. La lucha contra el narco macrista terminó con ratas comiéndose droga decomisada y con el narco más incrustado en la sociedad. Como en todos los países satélites de eeuu. Es la pantalla de sus negocios y la excusa para instalar sus bases militares. Alonso no puede parar de repetir el folleto del «lavadero»: está procesada por encubrir a uno de los gobiernos más lavadores del mundo.
Todo lo que sale por sus bocas son acusaciones porque en cuanto dejen de acusar deberán defenderse. Falta poco. Tendrán el derecho a defensa que ellos les negaron a peronistas que hoy siguen encarcelados.

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Contratapa Página/12 Política

Negacionismo

La derecha no acepta que estamos en emergencia, en una emergencia tal que si no se toma el toro por las astas de una vez seremos atracción para buitres. Que no acepten la emergencia no guarda relación con ningún dato objetivo, como casi nada de lo que dicen, o piensan, o dicen que piensan. El proceso general en el que se inscribió el debate por la primera y fundamental ley que presentó el nuevo gobierno argentino es el de los negacionismos. Y es global. Niegan lo que hicieron, lo que hacen y lo que harán. Niegan sus propósitos y sus consecuencias (“dos pizzas”). Niegan porque lo que deberían aceptar los pasaría a una posición defensiva, y porque ni siquiera sus periodistas comprados les aceptarían que hay sectores sociales enteros y a su vez generaciones que deben ser sacrificadas. Y hay algo que va quedando claro: no lo harán. Serán ofensivos como lo fueron siempre. Niegan el diálogo, la negociación, la lógica, y los problemas sociales, el sufrimiento de millones les importa nada, sólo les importan ellos mismos. Los ademanes civilizados con Alberto Fernández se fueron por la canaleta del cinismo.

Aunque un par de millones de argentinos más se murieran de hambre, la deuda es impagable si no se pone en marcha un plan que si tiene errores podrá rectificarlos, como tantas veces hemos visto. Fue precisamente el hambre, lo visible del hambre, el regreso y la multiplicación de los comedores comunitarios, lo que comenzó a fisurar del todo la imagen de Macri. Ellos niegan, dicen que el peronismo vive de los pobres, entonces los inventa. ¿Cómo se remonta el mismo debate que va durando ochenta años? Los chicos que en el 2015 comían en sus casas, hoy comen en comedores desabastecidos donde en muchos casos tienen que elegir a quiénes darles de comer y a quiénes no, porque lo que hay en las ollas no alcanza para todos los que están en la fila. Y eso fisuró a Macri porque unió al peronismo. Y la tarjeta alimentaria rige ya. El hambre está siendo atendido ya.

Macri niega la emergencia pero ha vivido en una reposera desde que nació. Y no podemos contar ni con él ni con los que todavía creen que los que cortan calles son “la vagancia”. Me lo dijo el otro día un taxista boliviano. “Son desocupados”, le dije. “No, quieren vivir del Estado”. Dijo que en Bolivia no hubo golpe. Desciende de guaraníes y odia a los coyas. Y así está Bolivia, con Evo en la Argentina y con una dictadura que baila el vals con Estados Unidos y con Israel.

“¿Soy acaso el guardián de mi hermano?”, cita el primatólogo Frans De Waal remitiéndose al Génesis, a la pregunta que Dios le hizo a Caín. “Sí soy el guardián de mi hermano” y “No tengo por qué hacerme cargo de mi hermano”, sigue el científico, son dos respuestas opuestas que sin embargo ocultan su origen, aunque cada una retoma tradiciones filosóficas más antiguas. Y el origen de ambas es el capitalismo. “Siempre es bueno que haya competencia” o “Mejor que no la haya”. Surgieron masivamente, esas dos respuestas, durante la primera etapa de la Revolución Industrial británica.

Muy lejos de la voluntad mercantilizadora que poco a poco fue torciendo el rumbo de nuestro mundo, siempre y en todas partes hubo grandes nichos de resistencia de otro modo de entender la vida. Porque esto es liminar. Es al corte. Llega al hueso. Está en los humores profundos de todo lo que exhala. Son modelos de país, pero son éticas y son valores que la derecha nos niega que tengamos, y ellos no tienen seguro. No tenemos un aparato de medios equilibrado sino todo lo contrario. Estamos a merced de cómo se designen las cosas para que así sean nombradas.

Pero ni en la Argentina, que está ante uno de los desafíos más grandes de su historia, ni en ninguno de los países sufrientes que nos rodean, existen mayorías sádicas ni vengativas. Es tan evidente el anhelo de armonía y justicia social que lo que está pasando, sencillamente, es que a unos pocos les repugna porque significaría tener un poco menos de lo que tienen, y muchos otros se identifican con ellos aunque los hayan perjudicado. Les hicieron creer que les faltaba tiempo, y a uno se le estruja el corazón de sólo pensar que Macri podría haber tenido más tiempo.

Pero no lo tuvo. Perdió las elecciones como las perdimos nosotros en el 2015. Salimos a la calle y nos gasearon muchas veces. Revisaron nuestros perfiles de redes y nos echaron por filiación ideológica. Nos denigraron públicamente. Armaron causas y encarcelaron ex funcionarios sin pruebas. Persiguieron vergonzosamente a la actual vicepresidenta.

Nunca aceptarán sus verdaderas intenciones. Siempre seremos los ladrones, los aprovechadores, los corruptos. Que digan lo que quieran. El pueblo argentino tiene derecho a que el gobierno elegido ahora tome el rumbo que crea más correcto para alcanzar sus promesas de campaña. Venimos de otro gobierno que no cumplió ni una sola.

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Política

Moratoria para pymes

En Argentina hay más de seiscientas mil pequeñas y medianas empresas. Pymes. De ese número casi el 90% emplea entre 1 y 100 trabajadores y de ese 90% casi el 80% tiene entre 1 y 10 empleados. Esos cuasi kioscos explican el 80% del trabajo registrado del país y el 70% del consumo interno de los argentinos. Las pymes son productoras de trabajo y consumo.

Para hacerla fácil: en el barrio, cerca del laburo, a la vuelta del club, al lado del chino, donde vive la vieja, en todos los lugares que conforman la vida cotidiana hay una pyme, hay trabajadores de pymes y ¡sorpresa!, hay un empresario pyme. Un empresario que produce las tapitas de luz de casa o los tornillos para armar la mesa o el polímero, la membrana que nos protege de las goteras, la máquina vial que arregla nuestra calle, los carteles luminosos donde vemos la publicidad favorita, las jeringas del remedio de la abuela, el CD que ponemos en la compu, los cables que no vemos detrás de las paredes…” kioscos” que producen con trabajo argentino el entorno, la realidad palpable en la que transcurre la mayor parte de nuestra existencia. Bueno, el cuento es muy sencillo, un sentido común que duele de tan básico y fácil. Si la gente tiene plata en el bolsillo, las pymes producen, emplean gente, invierten en más máquinas y, si crecen mucho según las políticas de estado, llegan a exportar. Los productores de insumos o de bienes de capital también crecen. A su vez, los trabajadores tienen plata, gastan en alimentos, remedios, ropa, vivienda y si todo va creciendo ahorran y compran un auto, una moto, o viajan,
salen a comer y/o ver espectáculos, la vida se va llenando de posibilidades de futuro y de bienestar. Es un círculo virtuoso que funciona en la mayoría de los países llamados desarrollados o de primer mundo. Y funcionó así en diversas ocasiones en Argentina.

La corriente de pensamiento económico y de organización de la sociedad llamada Neoliberalismo propone e impone el modelo exactamente al revés. Un círculo vicioso en el que los más ricos y poderosos, las minorías, cada vez tienen más bienes y posibilidades, apuestan a ganar sin producir en el mercado financiero y en el que la mayoría de la población cada vez tiene menos acceso a bienes y servicios, o bien son expulsados del sistema, condenados a la exclusión y la marginalidad esperando el “derrame” de la felicidad acumulada por los de arriba que nunca llega. En Argentina ese modelo es y fue el Macrismo. Y las víctimas de ese modelo fueron los más vulnerables y los últimos de cada nivel social. En el mundo de la empresa y la producción el blanco de la bomba neoliberal fueron los empresarios pyme.

Víctimas silenciosas e invisibilizadas de la noche neoliberal, las pymes resistieron de mil modos posibles la destrucción del salario de los trabajadores, su principal cliente, de la caída del consumo, el encogimiento de la vida económica y social de la comunidad a la que pertenecen.
Algunas, miles, hasta desaparecer. Otras, sosteniendo el mínimo de trabajo posible para evitar despidos, conteniendo y conviviendo con sus trabajadores en el medio de la tormenta, reduciendo la producción, apagando la mitad de su máquinas, flamantes, jóvenes. El apagón del cada barrio, visible al que quiera abrir los ojos, es hijo del cierre de comercios y pymes que le daban vida y ritmo.

Atrapado en el laberinto del ajuste, el golpe final, la pistola taser del Macrismo que llevó a los empresarios pyme a la parálisis fue la tasa de interés. Acorralados hasta la falta de aire, el ahogo de la deuda impagable, el embargo, la quiebra. Como el país para el que producen.
Por ello, la primera medida del gobierno popular, que empieza en todos los campos reparando de abajo hacia arriba, es la moratoria. Parece poco, apenas un gesto burocrático perdido en un mar de decisiones más épicas. Sin embargo es parte de la misma lógica con que se nos ha propuesto transitar el camino hacia el rescate de una Patria para todos: el Estado extiende una mano para que el vulnerado se incorpore y camine.

De eso se trata. Un mensaje de esperanza que le permite al pyme soñar con no tener que despedir al puñado de personas con las que convive y forja proyectos y productos, con poder dormir por las noches sabiendo que hay un mañana que lo incluye como actor relevante de una Argentina justa y feliz.

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El otro campo, Nacional, popular y agroecológico

Zulma Molloja nació Bolivia, pero se crió en Alto Comedero, cerca de San Salvador de Jujuy. Su mamá y sus abuelos producían en el campo, plantaban frutos y hortalizas. Ahora vive -desde algún tiempo- en La Plata, en la zona de quintas donde trabaja la tierra, y desde hace cinco años milita en la Unión de Trabajadores de la Tierra (UTT). Tiene sembrados zapallitos, lechugas, zanahorias, y algunas cosas más. Se unió a Trabajadores de la Tierra por una cuestión personal, y por las tormentas. Se sentía sola y un poco desamparada. Un temporal fuerte hizo que toda su producción y su casilla se viniera abajo. Se quedó llorando sin saber qué hacer y sin ayuda de nadie. “Cuando pasan estas cosas los pequeños productores se organizan, se ayudan entre ellos, por eso me uní”.

Pensó en dejar de invertir en agroquímicos, y pensar en otras alternativas. En ese sentido, “avanzamos mucho en cuestiones agroecológicas, antes comprabas un veneno con 6 mil pesos, y hoy trabajamos con fertilizantes y ahuyenta plagas casero y orgánico”. La agroecología es un cambio de paradigma, y hoy son muchísimos más los que están trabajando sin tóxicos e intentando modificar el modelo productivo, “también planificamos la comercialización, la venta directa entre el productor y el consumidor”. Venden en algunas plazas de forma directa para poder recuperar las inversiones que realizan, ya que muchas veces los intermediarios se quedan con gran parte de las ganancias. Los pequeños productores en La Plata organizados son cerca de seis mil, y casi dieciséis mil en todo el país.

La gran contradicción en un país con vasto territorio como Argentina es la falta de oportunidades para adquirir tierras. Los pequeños productores normalmente se ven obligados a arrendar, “la realidad es que del uno al diez tenemos que pagar alquileres carísimos, hasta veinte mil pesos la hectárea, es una locura. El pequeño productor está a la deriva, sin tierra, sin vivienda”, explica Zulma. Las viviendas que ellos mismos logran construirse con maderas son muy precarias, y corren el riesgo de incendio, que arrasa con todo. Hace pocos días hubo dos casos por cortocircuito, que dejó a dos productores con lo puesto. Son el otro campo, el que no se ve afectado por las retenciones porque produce para el consumo interno. “Lamentablemente no podemos exportar grandes cantidades, pero producimos alimentos sanos para los argentinos, alimentos que llegan a la mesa de las familias”.

Paralelamente, intentan concientizar a las nuevas generaciones de niños, niñas y adolescentes respecto a la calidad de los alimentos que consumen. Se les enseña desde la huerta cómo cultivar sin agrotóxicos. Así, no solo se cuida la salud, sino la misma tierra, como un elemento lleno de vida, y el medioambiente. Además, desde la organización abordan la problemática de género, e intentar brindarle herramientas a las víctimas violencia, para poder llevar adelante sus familias. Han levantado un jardín comunitario donde más de 40 niños y niñas hijos de quinteros asisten, escapan a la desnutrición, aprenden huerta y consumen orgánico. Lo cierto que en este debate sobre las retenciones, el foco está puesto muy lejos de la salud pública, y muy cerca de la lógica capitalista de producción.
Zulma Molloja tiene cierta esperanza, sobre todo en ellos mismos: “Siempre nos engañaron y mintieron, pero hoy en día tenemos esperanza de que puede cambiar algo, pero somos nosotros mismos los que hemos cambiado el esquema al hacer agroecología, hemos avanzado en la organización”.

El reclamo que siempre han hecho y según Zulma seguirán haciendo es el del acceso a la tierra. “Queremos créditos blandos, no queremos que nadie nos regalen nada, queremos tener una vivienda digna, de material, y una tierra propia”, dice y explica que generalmente, los dueños de las quintas no les permiten construir casas de material y por eso el esquema es levantar casillas de madera, precarias y poco seguras.
La diferencia con los dueños de la tierra es ideológica, y también histórica. Zulma sabe que hay una batalla cultural de por medio, aunque asegura: “No nos interesa tanto discutir ciertas cosas, queremos que avance la agroecología y que se revalorice nuestro trabajo, siempre se apoyó a los grandes sojeros y a los grandes empresarios y se han olvidado del pequeño productor, esa es la realidad”.

Crédito Foto: diarioQué

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Sacarse la correa

Fue una de esas tardes de calor arrasante esta semana. Al atardecer, decidí sacar a dar una vuelta a Hugo y a Raquel, mis perros salchichas jujeños (¡Jallalla Milagro!). Ellos tienen sus años, como la dueña, pero según un día definió muy bien mi hija, los salchichas tienen toda la vida personalidad de pendejos.

Hugo, por ejemplo, no puede parar de levantar la pata en cada cosa que ve, aunque la haya visto mil veces antes. Me enfurece pero también me da ternura que él crea que porque levanta la pata es el dueño del espacio que ocupa eso que mea. Y otro berrinche que tiene es que muerde las correas desde que es cachorro y ahora también. Ha roto hasta de cuero. Las que tenían en uso esta semana eran de plástico, las más baratas, porque ya que las destroza…

Así que salimos de apuro con las correas agujereadas por los colmillos de Hugo y recalamos en un lugar a dos cuadras que vendía alimentos y correas para perros. Estaba muy lejos de ser uno de esos lugares en los que los que tenemos perros nos paramos en la vidriera a ver esas camitas deliciosas que cuestan como un monoambiente en un barrio desfavorecido. Pero yo tenía miedo de que las correas se rompieran y entramos.

Me atendió un pibe. Le dije lo que buscaba mientras miraba alrededor y veía cajas sin abrir, mucho papel de diario y algunos estantes de alimento balanceado fraccionado en bolsitas de medio kilo y un kilo. Ahí me di cuenta de que estaban recién aterrizando en el lugar, que por eso nunca había visto ese lugar, que estaban “abriendo”.

Y estaba mirando las cajas abiertas donde se veían correas medio manchadas o con aspecto antiguo, cuando escuché que el pibe me preguntaba:

-¿Vos sos Sandra?

Y sí, le dije, tironeando de Hugo y de Raquel que olían a los saltos el alimento balanceado. El pibe abrió los brazos y alcancé a ver que se le llenaban los ojos de lágrimas. Me dio un abrazo fuerte, no de esos abrazos corteses que estoy acostumbrada y agradecida de recibir en los lugares más variados, sino un abrazo como una descarga, como el que se le da a alguien querido después de no verlo y extrañarlo. En mi hombro el pibe lloró, sin ningún pudor. Y yo lo dejé que llorara, porque el día anterior habían asumido Alberto y Cristina, y además con ese calor, llorar era una bendición. Después me fui con Hugo y Raquel luciendo sus nuevas correas de colores pasados de moda, pensando que todo lo que soñamos estaba ahí, en esa tienda abriendo, en ese pibe sin capital que había comprado sobrantes en algún depósito, en esa expectativa de sacar la cabeza. Y que en todo ese tiempo que no nos habíamos visto, tanto a él como a mí nos habían dolido hasta lo indecible muchas cosas. Y llegué a casa y el mundo ya era un poco mejor.

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Intendenta de Humahuaca, coya y coplera

Karina Paniagua tiene 44 años y viene de una familia tradicional de Humahuaca, que siempre ha trabajado por la preservación de la cultura: pertenece a la Cuadrilla de Cajas y Copleros del 1800 – por costumbre de sus abuelos y sus padres- una asociación cultural que conserva el canto propio y tradicional de su tierra, la copla.
En su adolescencia empezó a insertarse en distintos ámbitos de la sociedad humahuaqueña, comenzando por los centros de estudiante. Terminó la escuela primaria y secundaria en su pueblo y a los dieciocho años se afilió al Partido Justicialista. Desde ahí milita y trabaja para buscar espacios de poder para la gente del interior. No teniendo más alternativas académicas, se recibió de docente en su pueblo.
Sus abuelos siempre hablaban de la vida de Perón, y su mamá formó parte del Concejo Deliberante de Humahuaca, como secretaria administrativa. Karina es la primera dentro de su familia en lograr ocupar espacios dentro de la política.
En el 2003 la convocaron para formar parte del Ejecutivo Municipal como Coordinadora de Cultura. Desde ese momento fue funcionaria en distintos estamentos y durante los últimos cuatro años trabajó como concejal.
También es vicepresidenta de la Mesa Ejecutiva del Justicialismo de la provincia de Jujuy. Asegura que es la primera vez que ingresan representantes que no portan apellidos tradicionales de la política, y dice “No fue fácil, hubo que ir haciendo los espacios y rompiendo esos viejos esquemas”.
En Jujuy se desdoblaron las elecciones y le tocó competir el 9 de junio con siete candidatos a Intendente, todos varones. El número de candidatos fue histórico. Karina cree que su pueblo la apoyó porque la conoce y siempre la vio trabajando. Hace una semana uno de los funcionarios que la acompaña, y su familia, fueron amenazados de muerte. Karina no lo desestima, pero está convencida de que es una amenaza de tinte político, por eso se concentra en lo importante: en pocos días se convertirá en la primera intendenta mujer, peronista, y con raíces indígenas de la provincia.

-¿Cómo se entrelazan la cosmovisión indígena con la militancia dentro del justicialismo?
-Se complementan, esa es la verdad. Humahuaca es un pueblo con arraigos culturales muy fuertes, y la cuestión política no es ajena todo lo que va aconteciendo en la vida ciudadana. Yo personalmente siento que en mí se complementan estos dos pensamientos, y con ellos vengo trabajando en la comunidad.

-¿Cuáles son los reclamos de las comunidades originarias para con el Estado?
-Durante estos años recorrí mucho los distintos pueblos del interior para poder formalizar proyectos necesarios para la comunidad. Estamos permanentemente reunidos, venimos solicitando que las políticas del Estado lleguen a los pueblos, porque han estado totalmente ausentes. Las comunidades no piden mucho, quieren respeto a su cultura y su territorio. Hay muchas peticiones por los títulos de la tierra, de propiedades comunitarias. Y también las estructuras y necesidades básicas. Hay pequeños productores que necesitan arreglar las tomas de agua para poder comercializar sus productos, y también necesitan el acceso a la salud y a la justicia. Las distancias son largas, por eso necesitamos contar con esos servicios en los distintos pueblos. Lo que queremos nosotros fundamentalmente es evitar el desarraigo de las comunidades, nuestra gente se está yendo a las ciudades grandes en
busca de una mejor calidad de vida, de un progreso. Hay que generar una contención para evitar que se vayan lejos y abandonen sus tierras, sus familias.

-¿Cuáles son los conflictos por la tierra?
-Muchas comunidades ya han hecho reclamos formalmente. Hay que seguir visibilizando esta problemática en las esferas nacionales, porque hay mucho por hacer en nuestras comunidades a lo largo y ancho de todo el país.

-¿Cómo fueron estos cuatro años de macrismo?
-No fueron fáciles. Humahuaca ha sido el epicentro del gobierno provincial y nacional. Macri ha llegado cuatro veces a la ciudad. Y esto gobierno ha venido a sacarse una foto y no nos ha dejado nada, ningún beneficio para los humahuaqueños. Seguimos postergados en el tiempo. Ha sido duro, las diferencias políticas han hecho que no se gobierne para todos.

-¿Cómo viven desde ahí el golpe de Estado en Bolivia?
-No somos ajenos a esas noticias. Estamos cercanos a la Quiaca y tomamos muy de cerca el golpe, tenemos muchos hermanos bolivianos trabajando en Humahuaca en los distintos sectores de producción agrícola. Estamos atentos a lo que pasa por esta cuestión de hermandad que tenemos, por la cercanía.

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La Ética de las Prioridades

Alberto Fernández estructuró su discurso inaugural sobre la base cultural, filosófica, humanista que tiene en mente. Y tuvo hallazgos. Desplazó la palabra “grieta” para seguir hablando de “fracturas”. Y ya desde ahí posicionó su enunciación: no llega representando “a los del otro lado de la grieta” del oficialismo macrista. Se desmarcó. Estamos empezando otra cosa, una etapa en la que no se fomentarán los odios que tanto sirven para alimentar a las ultra derechas.

En un tono no confrontativo pero perfectamente localizado en todos los avances de políticas que enunció, Alberto ya es un presidente con la marca de la etapa histórica que le toca. Evocando a Néstor Kirchner cuando propuso un contrato ciudadano social para encontrar grandes consensos en torno a las urgencias, y agregó que cada sector irá a discutir su “verdad relativa” en busca de alguna verdad superadora.

Otro hallazgo conceptual para describir qué camino conduce a ese nuevo contrato social, Alberto habló de “una ética de las prioridades”. Y siguió hablando del hambre. A quienes dijo que tiene en mente por la concepción que su gobierno tendrá de la justicia social, serán “los últimos”. Y es importante que ese concepto cale hondo, muy hondo, sobre todo si las cosas van bien. Porque en la experiencia del último gobierno de Cristina, amplios sectores que se habían beneficiado extensamente con las políticas inclusivas empezaron a querer “un cambio” antes de que un treinta por ciento de la población hubiera sacado la cabeza del barro.

Cada una de las cosas que de las que habló Alberto ayer están basadas en esta concepción de la “casa común”. Dijo muchos “nunca más”, y recibió aplausos fuertes. “Nunca más al secreto”, a los gastos reservados, al lawfare, a la política opaca que distribuye dádivas o amenazas, o al que compra la opinión de periodistas.

También su visión geopolítica y su posición esbozada sobre cómo se llevará adelante la negociación por la deuda, confluyen en que los muertos no pagan, otro hito de Néstor. Pero esta vez, aplicada no sólo a los países, sino a la población argentina que no puede esperar más para recibir dedicación del Estado.

Alberto se convirtió ayer además en el primer presidente del mundo que, según dijo en uno de los tramos más aplaudidos, hará suya la consigna de NiUnaMenos. Su párrafo a favor de las mujeres y diversidad fue fascinante, por lo escaso de ese discurso en varones con poder.

Por su propuesta política y económica, por el contexto regional en el que llega, por la descomposición del modelo ortodoxo en todo el mundo, es posible que si Alberto cuenta con el apoyo activo del pueblo y de sectores comprometidos con este otro modelo, la Argentina pronto volverá a ser, como lo fue con los buitres en su momento, un caso testigo para el mundo, que hoy, en América, en Asia y en Europa, busca salir del laberinto neoliberal.

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Política

Llegamos

Muchas veces, cuando se piensa en el trayecto se olvidan las paradas, las curvas, las caídas delsol en el retrovisor. Fueron 4 años esperando que pase este suplicio. Recuerdo las primeras plazas como un prólogo de enterezas. Los encuentros convocados por lxs compañerxs de 678, la lluvia en Comodoro Py advirtiéndole al poder que el hostigamiento a Cristina tendría consecuencias. Vuelvo a visitar los debates sobre las mejores formas de enfrentar a quienes venían –otra vez—a reclamar sus privilegios.

Pienso en esos miles de eventos dispuestos como luces para oponerse al ácido perverso de las tapas de los diarios hegemónicos. Vuelvo a sacar fotos memoriosas de esas escenas televisivas donde decenas de periodistas se agolpaban para humillar a los dirigentes populares y sembrar la sospecha sobre todo lo hecho durante los años anteriores. Punteo uno a uno la insistencia de los periodistas adscriptos al poder en inventar sucesos, idear tesoros ocultos e intentar destruir familias.

Recorro los lugares donde el efecto del poder generó formas de clandestinidad: grupos de laburantes silenciados por la amenaza de despido, dedos acusadores de biempensantes practicando discriminaciones disimuladas. Fuimos kukas, grasa militante, choriplaneros, negros y borrachos. Nos acusaron de matar a Nisman, de proteger a los comandos persa-chavistas y de ser parte de una organización terrorista interplanetaria titulada RAM. Mientras hablaban de República desaparecieron a Santiago encontrándolo 70 días después ahogado sin que nadie se haga cargo de su persecución. Asesinaron por la espalda a Nahuel y culparon a su comunidad por defender su tierra frente a ocupantes extranjeros millonarios amigos del presidente.

Con angustias, desazón y reflejos reconvertimos las pequeñas plazas de mateadas en marchas. Y desde ahí doblamos por la esquina de una avenida para prologar su final con melodía de puteada. Soportamos juntxs los discursos que pretendían hacernos acostumbrar a la miseria, el dolor gris de la pobreza arribando como una ola inmensa, la andanada de las falacias comunicacionales cubriendo de mugre el lenguaje cotidiano.

En forma paralela la entereza fue recrudeciendo en los cánticos callejeros, en los colectivos, en los subtes. Parttió del reservorio de sabiduría popular difícilmente ocultable. Se hizo fuerte en los sindicatos que no arrugaron. En la dignidad imperecedera de los organismos de derechos humanos. En los taciturnos militantes de los barrios, las villas y la vida.

No fue fácil. Algunxs pagaron en su cuerpo la perversión cotidiana de la oligarquía vestida con impolutos ropajes neoliberales. Otrxs fueron acosadxs a través de las propaladoras mediáticas sin tener derecho a defensa. Quiénes habían intentado mejorar la vida de la Patria eran diariamente etiquetados como criminales.

Pienso en ese compañero que conocí en 2016 en las redes sociales que me adelantó que no iba a llegar a ver este día porque venía picado de una enfermedad final. Conjeturaba el regreso y me adelantaba que estaría festejando hoy en las canciones saltarinas de lxs pibxs. En el pogo inmenso de una alegría merecida. En sus nietxs con píercing, tatuajes y pañuelos verdes.

Es por esto que para muchxs de nosotrxs se nos hace bastante lógico andar de melancolías en los ojos. Es que todavía llevamos encima el empeño de tantxs: sus rostros, sus rabias escondidas frente al espejo del baño. Sus brazos tatuados con consignas. Sus reconocimiento sensibles a tantos compañeros rotos. Su puñado de bronca en formato de bombo. Su deseo indisimulado de festejar el final de una pesadilla que hoy termina.

Hoy, en las Plazas de esta sufrida tierra, se convocan las lágrimas y las risas. Los agradecimientos, los festejos y el orgullo por lo entregado.

Algunos se mirarán a los ojos a sabiendas del esfuerzo puesto para poder llegar más o menos enteros hasta este día. Y otrxs, con algunos años más –y con varias heridas sin cicatrizar– se podrán a rememorar los peldaños doloridos que tuvieron que escalar para no caerse. Todos ellxs gozarán con la convicción de haber sido parte de quienes aportaron para que esta porción de tierra no siga sufriendo los embates del egoísmo trasmutado en legítima proclama y emblema. Todxs ellxs sabrán de la gratificación que implica saberse parte de quienes no arrugaron ante el desprecio organizado. Ninguno de ellxs guardaron sus banderas en el ropero cuando la brutal (o sutil) prepotencia del dinero arreciaba.

Es verdad que fue doloroso y lento el paso de los días en esta saga despiadada. Pero es importante reconocer su contraparte: fue maravilloso ser parte de quienes fuimos capaces de escupirle el asado. De quienes les aguantamos la mirada. De quienes no se postraron antes sus amenazas, sus prepotencias y sus extorciones.

Fue un verdadero himno de abrazos el haber llegado hasta acá. Con todas las enterezas de otras historias en los huesos. Habiendo homenajeado a quienes hicieron lo propio durante siglos: enfrentar al privilegio instituido, a su perversión más o menos solapada. A su orden de sometimiento postrado. A su maldad maquillada con brillos falsos.

Es verdad que viejos y queridos aprendizajes militantes nos ayudaron a no apresurarnos ni cometer (tantos) errores. Fueron años emparentados con peleas ancestrales. Y la luminosidad de 30.000 voces contribuyeron a dotarnos de una pedagogía inmanente. Sus vidas funcionaron como linternas en los recovecos de esta Larraga noche.

Sabemos que cada uno festeja como sabe y puede. Yo, por mi parte, miraré a los ojos de quienes llegaron una tarde a su casa para decirle a su familia que ya no tenían trabajo. Y me abrazaré a las rejas de quienes padecieron la persecución y el encierro. En ese revoltijo de pupilas entremezcladas voy a encontrar mi certeza íntima y colectiva. Diré “llegamos”. Y brindaré con ellxs.