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El virus y el miedo

Los barbijos han vuelto. Los hombres y mujeres vestidos con mamelucos de telas especiales, de trama cerrada y repelente, atajan a los turistas que vuelven a sus países y les colocan un termómetro parecido a una linterna verde en las frentes. Ya completaron los formularios sobre sus contactos e itinerarios antes del aterrizaje. Hay colas de turistas monitoreados en todos los aeropuertos, que son el caldo de cultivo del aire global, el punto de conexión inevitable entre cuerpos de distintas procedencias. Mientras, intermitentemente, hay alertas televisivas que dan cuenta del primer caso detectado en un lugar, un enfermo cero encontrado en otro, y después del corte aparece la imagen del crucero varado en el que hay argentinos, y el Papa no se siente bien y arrecian los rumores.

El brote empezó en China, pero ya hay tantos escenarios para buenas coberturas sobre el coronavirus que China quedó intermitente en las noticias. El interés por China se ha desplazado a Irán, donde entre los muertos hay funcionarios. Curioso azar de localización de este brote, que no es el primero, de un virus cuyo origen sigue siendo un misterio. El precio de los barbijos se cuadruplicó en Italia. Los precios del alcohol en gel se dispararon. Al miedo se le sacan fácil buenas ganancias. Todo el mundo se siente vulnerable, pero cómo no hacerlo si todo el día vemos cómo avanza lo que algunos atrevidos llaman ya pandemia.

No se sabe el origen ni tampoco con precisión la forma de contagio. Se supone que lo peligroso es el aire. Abstrayéndose, uno toma nota: vivimos en un mundo en el que el aire se vuelve peligroso. Ignoro cómo las sociedades que vivieron grandes pestes se comunicaron a sí mismas de qué había que protegerse, pero por ahora, y no por su capacidad de daño en sí misma, es lo más extraño y significante de este nuevo virus. Por un lado, porque su onda expansiva y la espectacularidad de un mundo en estado de alerta por este tipo de virus o bacterias, nos hace en parte protagonistas de algunas de las decenas de películas que hemos visto sobre el tema. Junto con las emociones que nos despiertan las imágenes televisivas o las noticias que escuchamos o leemos, también se despiertan estereotipos de sujetos en pánico que nos entretuvieron algunos sábados hace muchos años, o quizá menos a quienes van al cine a ver este tipo de películas: los devuelvan a la zozobra de los personajes que eran arrasados por algo misterioso, algo que venía de un animal o de otro ser humano, algo que viajaba en el aire cuando alguien estaba al lado de otras persona, algo letal del otro.

También puede remitir a Los pájaros, de Hitchckok, o a Krakatoa al Este de Java, que fue la primera en technicolor. La normalidad de la vida se rompe de pronto porque algo que no era peligroso mutó o reaccionó, y el destino de miles de personas ya no depende de ellas sino de azar de estar en el lugar equivocado, pero nadie sabe cuál es el lugar correcto. Pájaros locos, ensañados, asesinos. El mar sacudido por una tormenta interna y alzado como el brazo de un oso monumental sobre una aldea.

De pronto, la vida real, lo cotidiano, lo ya habituado a sus equilibrios y enloquecimientos, estalla. Eso amenazante, los pájaros, el mar, el sexo sin preservativo, un roedor, una mosca, la pelusa de una fruta, la gota de saliva, se infiltra. Como los espías o los enemigos. Se infiltra en nuestro cuerpo y lo destruye. O mejor dicho: puede hacerlo, porque todo el día vemos cómo lo hace en el cuerpo de miles y miles de personas, cómo penetra inasiblemente en sus organismos y los enferma. Tenemos miedo de ser como esos que vemos.

Muchas de las ficciones que vimos estaban localizadas en un lugar específico, y las formas de transmisión de esas pestes eran parte del guion. Lo vivimos y no en el cine cuando un día el sexo se volvió peligroso, cuando durante varios años las revistas recomendaban no besarse. También aconsejaban poner microfilm entre un cuerpo y el otro cuando se tenía sexo. Sospechaban de la piel.

Todo lo que estoy diciendo no le resta importancia ni es una crítica a las medidas sanitarias lógicas y necesarias ante un virus como el que está asolando el mundo. Ni siquiera es una crítica a las coberturas, porque obedecen a la lógica de los medios, y es un bocado de cardenal tanta adrenalina y miedo desprendidos de fotos, de videos, de nombres de gente conocida. Sería hasta pueril creer que se privarían de ofrecer de corrido todos los detalles, que a su vez se retroalimentan con el creciente miedo de las audiencias.

Lo que estoy diciendo es que este escenario de despliegue global de aeropuertos cerrados o colapsados, de pánico en un avión cuando alguien tose, de especulación y faltante de barbijos, de agua, de alcohol, de cuarentenas, de contingencia pura, porque cualquiera puede ser portador y no sabemos si se puede darle la mano a alguien o pasar a diez metros, tiene ya una base narrativa consolidada. Es desde hace mucho tiempo un género futurista o de catástrofe. La industria cultural lo ha tomado hace décadas y ha construido una vez y otra vez un clima de pánico que hace que cada individuo prefiera automantenerse en cuarentena

No es lo que hizo Juan Salvo cuando comenzó a nevar sobre Vicente López. Esa disrrupción es su marca verdadera y crucial: no eligió salvarse solo y salió con su traje de hule y su escafandra casera a ver qué pasaba y a salvar a otros. Precisamente, la historia de El Eternauta es la de un héroe que no cae en la trampa de las pandemias o los virus o las nevadas, y sale de su casa.

La narrativa de las catástrofes no cultiva héroes sino víctimas de un mal inesperado. Cultiva fragilidad. En la vida real, sobre todo, cultiva segregación y xenofobia, pero la expansión de este virus es tan vertiginosa que pronto será un todos cuidándose de todos. Y es bueno recordar que el miedo, siempre, en todas sus formas, el miedo que aplana la razón y rompe el sentimiento, es el motor de odio más potente. Tenemos que cuidarnos del virus, pero sobre todo tenemos que cuidarnos del miedo.

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Política

Malversaciones semánticas y lucha política

El último lunes el Papa Francisco advirtió sobre la irrupción de “las nuevas formas de populismo”, que levantan banderas de xenofobia y racismo, demonizando en forma permanente a los migrantes que huyen de guerras o buscan un destino a mejor al hambre del que provienen. Se refería al populismo tal como es utilizado para referirse al fascismo y al nazismo, cuyo horizonte político-económico coincidía con las grandes burguesías europeas, horrorizadas por el crecimiento de los partidos de izquierda.

El término populista a recorrido un largo camino. Y sus usos son tan dispares, contradictorios y abarcartivos que su significación termina siendo confusa y vacía. Esa particularidad de concepto equívoco suele ser utilizado, paradójicamente, para instituir divisiones donde no las hay y abroquelar colectivos donde existe una frontera claramente demarcada.

El origen del término se remonta a Rusia a mediados del siglo XIX. Los narodniqui (populistas) consideraban que se “debía ir hacia el pueblo”, sobre todo hacia sus tradiciones agrarias y su cultura ancestral. El populismo ruso nace emparentado del romanticismo europeo, con una versión más caucásica, es decir más encarnada en la cultura contenida e introspectiva de característica de la ortodoxia eslava. Los narodniqui se oponían fuertemente a la dictadura de
los zares, recurrieron a tácticas de violencia, similares a los anarquistas de su época, y disputaron el liderazgo de los sectores populares rusos junto a los socialdemócratas y socialistas (mencheviques y bolcheviques).

En la actualidad, quienes lo utilizan han cargado su sentido, alternativamente, de negatividad, ambigüedad y potencialidad.

Los populistas rusos consideraban que el pueblo se encontraba situado en un lugar antagónico a las elites, a los sectores poderosos. Sin embargo, el liberalismo estigmatiza al populismo al considerarlo como un “viaje hacia el pueblo” con el único objeto de manipularlo.

Los populistas –en la versión Adam Smith, civilizatoria del humanismo decimonónico eran vistos como falsarios que no creían en absoluto en el pueblo, sino que lo usaban para sus intereses de elite. Eran demagogos al servicio de interés corporativos.

En la actualidad sucede algo similar. Se denomina populistas a quienes detenta proyectos claramente enfrentados: a los renovados partidos nazis y a sus enemigos, aquellos que los confrontan, como PODEMOS en España.

Las nuevas ultraderechas europeas, parientes del trumpismo estadounidense, tienen en común el odio al extranjero, el suprematismo blanco, la islamofobia y el racismo más o menos explícito. Por el contrario, los nuevos formatos verdaderamente progresistas y los nacionalismos populares revolucionarios de América Latina –como el chavismo, el kirchnerismo, el correísmo, el PT brasileño o el Movimiento Al Socialismo (MAS) boliviano—también suelen ser nominados con esa catalogación.

Existen dos tipos de explicación para poder desentrañar las motivaciones de dicha confusión.
Por un lado, el interés del neoliberalismo –forma hegemónica de la fase actual del capitalismo— por englobar a todo lo que no es funcional a su control en una única argamasa indiferenciada y demonizada. Por el otro, la clara intencionalidad de debilitar toda forma de antagonismo progresista –y democratizador—confundiéndolo y con versiones autoritarias y fascistas.

Francisco hace un uso del término vinculado a la versión fascista, que simpatiza con el odio al extranjero. De ahí su condena indirecta a al Liga Norte, versión italiana actual de los seguidores de Mussolini, para quienes la patria es un concepto xenófobo.

En América Latina, el populismo es un término en disputa desde hace siete décadas. La tradición lacaniana de Ernesto Laclau refundó su acepción otorgándole pasaje ruso: se trata de volver al pueblo, de ir hacia él como garantía de democratización. Frente el peligro potencial de ese significado, los patriarcas del privilegio desvalorizan su potencialidad asociándolo a la demagogia. Lo que en el fondo está en juego es la palabra Pueblo, que remite a la voluntad colectiva, sobre la que se funda la democracia.

A diferencia de Europa, en la Patria Grande, los populismos nunca se asociaron directamente a la xenofobia ni al racismo. No dejemos que el concepto de pueblo sea ensuciado por quienes solo buscan desvincular a las grandes mayorías de un proyecto de inclusión social.

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Sociedad

Los invasores

Los Invasores Episodio I

Como todo niño nacido y crecido en los 60s fui un devorador de series de televisión. Hijo de la época tenía, además, una particular debilidad por la literatura o películas y series sobre temas del espacio exterior y de ciencia ficción: viajes interestelares, distopías
futuristas, guerras espaciales, invasiones extraterrestres. Las opciones para pasarla bomba eran muy variadas.

Los libros de la inolvidable colección Minotauro, con Bradbury a la cabeza, la historieta gracias a la cual todos peleamos en la calles de Buenos Aires y en el estadio Monumental contra los “Ellos”, liderados por Juan Salvo, “El Eternauta” y la televisión que, en horarios establecidos para niños, le ponía imágenes, voz y movimiento a todas nuestras fantasías.

Una de mis series favoritas de TV era “Los Invasores”, que duró dos temporadas, de 1967 a 1968 y que en Argentina, como era común en esa época, nunca vimos completa ni supimos el final pero que quedó grabada en la memoria.

El tema central de la serie era un clásico de la Guerra Fría: una raza de extraterrestres venía a invadir y conquistar nuestro planeta, para satisfacer alguna necesidad de supervivencia o simplemente para ampliar su dominio imperial en la galaxia:

“Los invasores, seres extraños de un planeta que se extingue. Destino: la Tierra. Propósito: adueñarse de ella. El arquitecto David Vincent los ha visto. Para él, todo empezó una noche en un camino solitario, cuando buscaba un atajo que nunca encontró… Comenzó con un merendero cerrado y abandonado, con un hombre tan fatigado que no podía seguir en viaje. Prosiguió con la llegada de una nave de otra galaxia. Ahora, David Vincent sabe que los invasores han llegado, que se han adaptado al aspecto humano. En
alguna forma, debe convencer a un mundo incrédulo de que la pesadilla ha comenzado”

Eso.

El encantamiento de “Los Invasores” era la utilización de un recurso normalmente infalible para atrapar corazones humanos: el héroe solitario -ese inolvidable arquitecto David Vincent y su eterna cara de piedra- que lucha contra la incredulidad de la sociedad y de las
instituciones en particular y que en su periplo,va juntando voluntades y seguidores -incluso alienígenas “arrepentidos”- de abajo hacia arriba, en su guerra sin tregua para derrotar a los Invasores.

Para muchos de nuestra generación, hace tiempo que el planeta Tierra y en particular nuestra amada Argentina, es un capítulo de Los Invasores con toda la carga de angustia, bronca, impotencia e incertidumbre que nos generaban las peripecias y la lucha de aquel
solitario arquitecto que entregaba su existencia a intentar abrir los ojos de una sociedad que no veía el horror instalado en su vida cotidiana.

A finales de los años 80, con la caída del Muro de Berlín, el fin de la Guerra Fría y el triunfo del capitalismo global, el mundo asistió a un proceso progresivo de cuestionamiento y desmantelamiento de la cosmovisión y el sentido común que habían regido gran parte del
pensamiento de las sociedades modernas desde principios del Siglo XX. Una verdadera “invasión” de nuevas ideas y sentidos que se fue desparramando y colonizando todos los aspectos de la vida cotidiana de la mano de un grupo de seres -Corporaciones- que adoptaron rápidamente formas de lo humano: eruditos, académicos,
periodistas, funcionarios y sus organizaciones, medios de comunicación, redes sociales, instituciones políticas, fundaciones, etc. y que en una década lograron unificar las voces de millones en torno a conceptos sólidamente naturalizados que fueron minando todo aquello que creíamos sólidamente instalado en nuestras escala de valores.

Así vamos por la vida cientos de nosotros,en las calles, en las casas, en las cenas, los almuerzos y picadas, en las fiestas, en las oficinas, como solitarios David Vincents y sus muecas calladas de asombro, decepción y tenacidad, tratando de hacer ver a los que nos rodean la verdadera cara de los Invasores. Vemos amigos, conocidos, familiares, seres queridos, gente que se percibe y consideramos inteligente y educada, con la misma experiencia histórica que nosotros, justificando cosas inimaginables años atrás, guardando
silencio ante la manipulación evidente o la deshumanización de las ideas. Les mostramos evidencias de las aberraciones que oculta el discurso hegemónico, pruebas concluyentes, falacias visibles. Y nos estrellamos contra una ceguera impenetrable, un negacionismo que
incluso horada los amplios consensos de 83, valores fundacionales de la democracia recuperada después del genocidio, de la invasión.

Somos personas, seres buscando ese “merendero” para descansar y encontrándonos todos los días con los Invasores. Sabemos que han llegado. Seguimos sostenemos la necesidad de recuperar a la humanidad. Sabemos que debemos “convencer a un mundo incrédulo de que la pesadilla ha comenzado” Que Ellos están entre nosotros.

Epílogo
La desigualdad, la pobreza y la explotación pasaron a ser inevitables, naturales y hasta justificables. El éxito individual por sobre el interés colectivo, la beneficencia por sobre la solidaridad, la felicidad instantánea y efímera por sobre construcción de un futuro duradero para todos, la estigmatización de la política como herramienta de cambio, de las organizaciones sociales y sindicales y de ideas como justicia social, igualdad, prosperidad son los nuevos paradigmas y lenguajes. Un mundo donde los ricos y poderosos son los modelos a seguir y toda voz igualitaria o en favor de los de abajo es descalificada, donde la voz de los poderosos y los que ocupan las escalas superiores son la palabra autorizada, creíble y verdadera.

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Política

Néstor gobernó sin kirchnerismo

Es imposible separar la figura política de Néstor del 22 por ciento de los votos con los que llegó a la presidencia. Si hubo un gobierno con condiciones objetivas de debilidad y presa fácil de quienes le habían preparado ese escenario, fue el suyo. Lo primero que hizo Néstor fue recuperar la confianza en que sí se podía vivir en un país soberano, que privilegiara a los ciudadanos por sobre la inercia de gobernar para la patria financiera, que sí se podía revivir al peronismo. Alguna vez, en aquellas entrevistas que hicimos para un libro, Máximo dijo una frase sencilla y potente, aplicable al 2003 y a hoy: “Si creés que se puede quizá se pueda. Si creés que no se puede, no se puede”. Era la práctica de su padre.

Lo más valioso, lo más entrañable que restauró Néstor en la sociedad argentina es que “no son todos iguales”, latiguillo que se vuelve a escuchar hoy en el sonido ambiente porque es el eje de deslegitimación de un gobierno para dejar fuera de juego a quien puede llegar a oponérseles. Es el germen de la antipolítica. “Los políticos son todos iguales”: lo dicen centenares de veces por día desde otros tantos micrófonos.

Ya sabemos, hoy, quiénes son los que se dedican a esparcir esa falacia. Sus beneficiarios, que acaban de destruir con la boca seca de ambición la construcción de derechos y el patrimonio del Estado. Néstor irrumpió con su 22 por ciento, sus mocasines, su traje cruzado abierto, su emocionalidad visible, y sus ideas. Y a él le debemos los juicios por Memoria, Verdad y Justicia, que hicieron cosa juzgada del genocidio y entonces sí, con la verdad y los procesos ajustados a las garantías de los acusados, se pudo hablar en serio de Nunca Más.

“No les tengo miedo”, había dicho en un Campo de Mayo que hasta entonces, ya dos décadas después de haberse retirado la última dictadura, seguía siendo un escenario amenazante. Y después hizo bajar los cuadros, y recuperó la ex Esma, y aún así, aún con la quita del 75 por ciento de la deuda, aún habiéndonos sacado de encima al FMI, Néstor gobernó sin kirchnerismo.

Tenía seguidores. Lo querían millones. La imagen, en el mundo cuadriculado de las encuestas, era altísima cuando se fue del gobierno y le cedió el bastón de mando a su esposa. Pero el recelo de la antipolítica respaldado por los arrugues y las entregas de los ´90, nublaba la confianza de muchos militantes peronistas que no terminaban de colocarse bajo la conducción del Presidente.

Lo que se llama kirchnerismo nació un año después, en 2008, con la que los grandes medios bautizaron “la crisis del campo”, regalándoles a los agroexportadores nada menos que esa palabra, que es una de las esencias argentinas. Lo que se llama kirchnerismo y aún late bajo el sol e integra el frente gobernante nació cuando vimos que todo peligraba, y que después de todo habíamos tomado los actos de extremo coraje y de una pericia en la praxis política de Néstor con bastante mezquindad. Fue entonces que decenas de agrupaciones que habían apoyado la gestión de Néstor desde lejos, se pusieron al hombro una identidad política que desde ese preciso instante fue combatida, injuriada, perseguida y desfigurada desde afuera y desde adentro.

El ataque persiste. Ese sector político lleva su nombre, que también es el de Cristina. Hoy que Néstor cumpliría 70 años, es bueno, sobre todo para lo que viene, recordar que cuando hay un gobierno que cambia la dirección del viento y vira hacia los sectores populares, no hay que ser tímido ni reticente. Que cuando el pueblo encuentra representantes, debe asumirse orgullosamente oficialista. Con la frente alta, destruyendo ese otro mito del establishment que pesa sobre esa palabra, que suena turbia cuando no lo es. Los dirigentes que como Néstor y Cristina se apartan del cinismo y empatizan con sus representados no son todos ni son muchos. Ese fue el bien más valioso que nos dejó él, que lo había pensado todo pero no llegó a verlo: es mentira que son todos iguales. A los que no dejan sus convicciones en la puerta de un despacho, a ésos hay que ponerles el hombro porque los hombros del pueblo son su único y su verdadero apoyo. Y su razón de ser.     

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¿Quién fue Peppino Impastato?

Cinisi es un pueblo siciliano que pasó muchas décadas hundido en el negro del traje de sus hombres y los vestidos de sus mujeres. Recién hacia 1960 Cinisi ganó un poco de fama entre los círculos mafiosos norteamericanos, porque se convirtió en un centro clave de la Cosa Nostra. Los hombres vestidos de traje negro, con sus bigotes finos y su tez aceitunada, almacenaban y distribuían heroína. Era un pueblo chico. Esos hombres eran casi todos los hombres.

En Cinisi trabajaban juntas la ‘ndrangheta calabresa y la camorra napolitana. Uno de los jefes locales era Luigi Impastato. Su hijo, Peppino, fue un poeta, periodista y militante comunista que la historia dominante se ha tragado, pero sobre cuya vida trata una película que se puede ver en estos días en Europa Europa, Los cien pasos: eran los que separaban la casa de Pe-ppino de la de Gaetano Badalamenti, su “tío” y asesino.

La vida de Giuseppe Impastato, contemporánea a una generación que en el mundo encarnó en los ’60 y los ’70 fenómenos tan disímiles como el Mayo Francés, el hippismo, la Generación Beat, el guevarismo y todas las vertientes de vanguardias políticas y estéticas de buena parte del mundo, también llegó a la oscura Sicilia, y allí queda la historia de Giuseppe Impastato, la de su madre y la del fenómeno olvidado: Cinisi fue el pueblo en el que la mafia se instaló en cada familia, y fueron los hijos y las mujeres de los mafiosos los que los combatieron. Fue una lucha política y subjetiva. Cada uno de ellos peleaba desde lo político, desde lo familiar, en lo colectivo y en lo personal. El de Peppino Impastato fue un combate de una dimensión moral notable.

El padre de Peppino, jefe local, rendía tributo a Gaetano Badalamenti, nombre fuerte de la Cosa Nostra, que articulaba el tráfico de heroína a Estados Unidos. El pueblo gozaba de tranquilidad económica, en las casas no faltaba nada, los hijos estudiaban. El problema fue ése.

Los hijos comenzaron a poner en cuestión la mentalidad mafiosa en la que habían sido educados. Empezaron a rasgar con las uñas la telaraña de supuestos morales entre los que habían crecido todos ellos, llamando “tío” a todo hombre de traje negro, sintiendo un compromiso familiar hacia la estructura mafiosa que los ahogaba. Porque ellos mejor que ningún espectador de la saga de El Padrino sabían que un “tío” querido podía aparecer muerto de repente, y no había que pedir explicaciones. Estaban amaestrados para la vida de la mafia. Tenían que adaptar sus emociones y sus sensibilidades a ella.

En Cinisi se dio el único caso en el que los denunciantes de la mafia no eran “arrepentidos” tratando de salvar sus vidas, sino hijos y mujeres que nunca habían entrado en el circuito salvo emocionalmente. No violaban la omertá, el pacto de silencio, porque nunca habían hecho el trato. Simplemente, se liberaban de aquello para lo que los habían educado. Peppino pertenecía a una familia cuyas últimas tres generaciones habían pertenecido a la mafia. Dio una lucha abierta, política, que muchos calificaron como suicidio porque, efectivamente, terminaron asesinándolo a los 24 años, en 1978. Me llama la atención la edad y el año.

La madre de Peppino, Felicia Bartolotta, lo acompañó en su lucha. Ella estaba casada con un mafioso pero provenía de una familia ajena a la famiglia, de modo que le proporcionó al hijo el regalo de la duda. Las mujeres eran las transmisoras por excelencia del código entre los futuros “hombres de honor”.

En 1963, un “tío” de Peppino, Cesare Manzella, un capo, fue asesinado en uno de los Alfa Romeo cargados de TNT que fueron signos distintivos de la mafia siciliana de esos tiempos. Peppino tenía solamente 15 años, pero fue entonces cuando comenzó su militancia. Se unió a la izquierda, y a los 17 ya era un líder que llenaba la plaza del pueblo. Editaba un periódico, El ideal socialista, en el que con sus compañeros denunciaban las actividades mafiosas de sus padres, tíos, compadres, vecinos. Cuando Peppino escribió el artículo “Mafia: una montaña de mierda”, su padre lo echó de su casa. Quedaba rota la protección paterna. La expulsión equivalía a convertir al hijo en un blanco móvil.

La militancia de Peppino comprendió otras preocupaciones clásicas de la izquierda de esos años. Desde críticas a la postura hippie y drogona por eludir con ella la lucha política, hasta la denuncia contra el Partido Comunista cuando éste se alió con la Democracia Cristiana. Esas denuncias ya las hacía desde Radio Aut, una innovación para la época: Peppino fue un comunicador que durante su hora de transmisión diaria mantenía en silencio y con la oreja pegada a la radio a todo el pueblo. Hacía un programa satírico, malhablado, escandaloso, en el que cada tanto el objeto de sus burlas e imitaciones era un jefe mafioso reconocible por todos sus seguidores. Hablaba de Cinisi como “Mafiópolis”, una ciudad en la que el que no aceptaba asesinar, era asesinado.

Durante todos esos años, Peppino supo que si el capo Badalamenti le perdonaba la vida era por la supervivencia del código mafioso, que de alguna manera su vida era una prueba de que sobre él flotaba todavía el perdón de la famiglia. A medida que Radio Aut comenzó a ser cada vez más explícita y radical en sus denuncias satíricas, más evidente era que Peppino estaba probando el límite, y todos sabían, él también, que llegaría.

El límite llegó de manera salvaje y ejemplar el 8 de mayo de 1978, cuando un grupo de hombres de traje negro secuestró a Peppino a la salida de la radio. Lo llevaron a una casa cerca de las vías del tren Palermo-Trapani. Allí lo mataron a golpes con piedras, y luego depositaron su cuerpo rodeado de cartuchos de dinamita en las vías.

Al día siguiente, el Corriere della Sera tituló: “Fanático izquierdista destrozado por su propia bomba en la vía férrea”. Ese mismo día, muy lejos de Cinisi, apareció el cadáver de Aldo Moro, secuestrado y asesinado por las Brigadas Rojas. La lucha armada de las Brigadas ayudó a hacer pasar el crimen de Peppino como un “acto terrorista fallido”. La historia enorme de Peppino fue tragada así por su época, por la mafia, por los medios cómplices y por la lucha armada, en la que nunca participó, asqueado como estaba, profunda, existencialmente, por la violencia en la que creció y murió.

Sus amigos y compañeros juntaron en bolsas sus restos el día de su muerte, y luego impulsaron durante años el juicio que ningún juez quería tomar. Pero fueron tenaces. En 2002, Gaetano Badalamenti fue condenado finalmente a cadena perpetua por el asesinato de Peppino Impastato.

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Política

Gratitud

En tiempos de asepsias consuetudinarias. De sabios especuladores del desencanto. De tensiones medidas en créditos y débitos. De externas deudas que pretenden pagaderas con hectolitros de sangre laboral.

En el medio de ese laberinto –con cielo abierto para volar por donde se debe—es buena la gratitud.

Las Gracias son, en la mitología griega, las diosas del encanto, la belleza, la naturaleza, la creatividad humana y la fertilidad.

Pero hay debates: en la tradición ateniense son las tres primeras, y en la espartana son las cinco.

Quien suscribe, como es de público conocimiento, se rige por la tradición sureña. Es decir, la que corresponde a la ascética amorosidad espartana.

Desde ahí, este mandato hermoso es que dice gracias. Y suena a algo más que un cumplido. Aferra realidades, biografías, un tiempo lastimado, un cariño de autenticidades, una convicción con aliento.

Dice gracias sin regalarla nada a la hipocresía derrotista. Agradece sin vergüenza ni disimulo. Repite con firmeza un rasgo de convicción en la memoria.

Lo hace desde ahí. Ubicado en el centro de una Patria reconvertida en Ave fénix permanente. En brazos que vuelven a plantar las semillas de una esperanza después que la guadaña plastificada del neoliberalismo produjo muerte, máscaras de risas cínicas, globos manchados de desocupación, desaliento y tristeza.

La cuarta de las Gracias es la creatividad. La que inventa en el medio de la nada. La que es capaz de ver esperanza en el exacto lugar donde muchos ven oscuridad. La que trae la linterna en le medio de la noche.

Hoy cumple años alguien que encendió una etapa. Que se empecina en renacer desde el lugar de su dolor y que elige con precisión a sus invitados de la vida. Ha sido tocada por la gracia de la elección sublime: cuando le señalaban desenlaces sacó un conejo de la galera.

Las Gracias, dice la mitología, acompañan a los decididos. Sólo a los que eligen un camino a pesar de los Magentos que atraen minerales rancios, los cantos de sirena o las amenazas carcelarias.

La gratitud también cura al oferente: lo libera del peso emocional del silencio, de la murmuración encerrada, de la prohibición del grito. Lo conecta con otros bendiciarios. Lo hace parte de algo más grande que él.

Ser capaz de agradecer es entrometerse con un universo de generosidad. Es desplegar el ansia hacia otrxs. Es salpicarnos de sonrisas.

Una de las Gracias, era conocida como Hegémone y remitía al júbilo de poder celebrar la comunión, el encuentro, detrás de un sentido compartido.

Demasiada coincidencia.
Gracias, Cristina.

Las Tres Gracias. En la mitología griega, son las compañeras de Afrodita, las llamadas Cárites, que son: Aglaya (la Belleza), Eufrósine (la alegría) y Talia (‘Floreciente’).

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Sociedad

Odio racial

Como otras pocas veces, como hace más de treinta años en Catamarca, con el caso de María Soledad Morales, un asesinato mueve y combina hilos que “normalmente” el establishment
exhibe, sí, pero deja pasar de largo. Esta vez el crimen de Fernando tuvo un gran despliegue mediático. Los grandes detalles de ese crimen eran inocultables y de una sordidez extrema. Mostró ese crimen el lado sádico de la cultura de elite. Gritarle negro de mierda antes de matarlo fue incluso menos impactante que la expresión “caducó” que usó uno de los rugbiers para referirse a la muerte de ese pibe al que habían elegido casi al azar para descargar su furia.

¿Qué enfurece a ese tipo de asesinos, tanto como para cometer un acto colectivo aberrante como ése? ¿Qué late debajo de la merca, de la cultura machista del lomo anabolizado como signo de hombría, del sistema meritócrata y cruel que barre con lo vivo porque prefiere acumular dinero? Se ha opinado mucho sobre esto. Pero más que opinar, esta muerte terrible merece que nos pongamos a pensar, a escuchar, a intentar entender un poco mejor por qué Fernando está muerto y por qué de esta manera tan ruin y tan idiota esos jóvenes van a pasar muchos años en la cárcel. ¿Qué clase de veneno liberaron esa noche?

No voy a extenderme mucho porque precisamente hay que seguir pensando. Pero quiero apuntar aquí algo que sabemos pero no del todo porque no se dice, porque queda mal, porque no se admite, porque no tiene eco ni difusión. Vivimos en un país que, como muchísimos otros, fue construido sobre el odio racial. La supremacía de las elites blancas son profundamente racistas. Vivimos en un país en el que hasta el año pasado una mujer ex actriz y estandarte de esa
supremacía, en sus almuerzos, dijo que ella era “rubia por fuera y por dentro”.

Y pasaba de largo. Todos los días de todos los años de más de cinco siglos, hemos mamado el odio racial como algo opaco, disimulado. Cuando uno mira el color de la piel que los trabajadores de la
construcción, y el de la de cualquier bancario, también puede apuntar que hay sectores que tienen el destino predeterminado, y aunque estamos ahora frente a un caso absolutamente extremo, su
aura, su olor, es el que respiramos cada vez que alguien dijo negro de mierda. Hay una división racial del trabajo, y todavía no la abordamos.

Quizá esta vez esta muerte sirva para que reaccionemos colectivamente a la conciencia de que en este sentido también hay que llegar a un nunca más. Todos los ofendidos, las despreciadas, los
perseguidos, las violadas, los humillados y las condenadas a bajar la cabeza ante el agravio son los y las que saben mejor que nadie cómo cambiar el mundo.

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Medio Ambiente

¿Quién es Eduardo Cerdá?

En los años noventa, Argentina usaba 30 millones de litros de agroquímicos en la producción agropecuaria, y según estimaciones, en el 2019 se aplicaron 500 millones.

Un estudio de la Universidad Nacional de La Plata confirmó que las nubes tienen agroquímicos. El Ministerio de Agricultura anunció la creación de la Dirección de Agroecología y Eduardo Cerdá estará a cargo del área. Para Cerdá, el modelo agroecológico es transversal, tiene que ver con la salud, con el recuperar la vida en el campo, con el trabajo digno, pero también asegura que hay sobrados ejemplos de productores que se volcaron por la agroecología y “les ha ido muy bien, están desendeudados y más capitalizados”. “Hay muchos proyectos en todo el país que hay que acompañar, hay gente que sabe hacia dónde tenemos que ir”, dice.

Parte de su infancia la pasó en la quinta de su abuelo, productor de verduras. Escuchaba las charlas de los mayores sobre las siembras y el campo, en las visitas que se hacían de familia a familia. Recuerda haber visto una cantidad de pájaros que ya no se ven, y sabores que se han perdido. Cerdá nació en La Plata. Hizo la Secundaria Agropecuaria en Miramar y volvió a La Plata para estudiar ingeniería agrónoma.

Cuando se recibió se fue a vivir a Tres Arroyos, donde fue docente y asesor de una cooperativa. Ahí tuvo unas primeras experiencias en agroecología con productores.

En el ‘98 lo invitaron a ser el Director de Producción del Municipio y en 2003, en comunión con la Universidad Nacional de La Plata, trabajó en un libro sobre gestiones municipales y mirada sustentable con enfoque agroecológico. “El modelo de esta agricultura basada en químicos iba a dejar mucha gente en el camino, fue artificializando la forma de producir e hizo que los costos se fueran por las nubes”, dice.

Siguió trabajando con productores a los que les interesó la mirada de la agroecología, y empezar a pensar en la salud del suelo, de las plantas, de los animales, de la gente que trabaja en el campo. Hace unos cinco años el municipio de Guaminí lo invitó a dar una charla, y una vez ahí los productores se entusiasmaron con las experiencias que llevaban adelante en otros campos. Cerdá asegura que “Les ha ido muy bien, están desendeudados, más capitalizados y muy contentos. Eso contagió a otros municipios de la zona y nos hizo pensar que teníamos que trabajar en red”. Así nació la Red Nacional de Municipios que fomenta la agroecología (RENAMA). Luego, firmaron convenios con universidades nacionales, con municipios y
defensorías. España y Roma, desde Naciones Unidas invitó a la organización a dar charlas y talleres.

-¿Creés que a esta situación se llegó por una desconexión de las personas con la naturaleza?

-Totalmente, nuestra formación ha sido muy química, física, mecánica, y se perdió de vista mucho el ambiente. En las escuelas se trabaja mucho sobre la vida, y no se entiende qué es la vida. Se lo quiere representar como una cuestión mecánica, “si no te anda un riñón te lo cambio”, pensamos en una naturaleza que compite, y no es así, la naturaleza tiene mucho más de cooperación que de competencia. Si no, no existirían los bosques, la selva. Este tipo de
agronomía química nos ha llevado a querer ver en un mismo lote un solo cultivo, y donde aparece una plantita hay que matarla, y algunos plaguicidas que controlaban muy bien algunas malezas ya no lo hacen, porque se fueron haciendo resistentes. Por suerte hay mucha
sensibilidad, cada vez más. La sociedad percibe que no es necesario tener que intoxicarnos para producir alimentos, que los alimentos son otra cosa, y que hay que trabajar para recuperar la mirada sobre la vida. Lo bueno es que cuando uno charla con los productores que
vuelven a trabajar en la agroecología, una de las cosas que más manifiestan es “entro al campo y me da satisfacción volver a recordar lo que había”, porque antes estaba todo muerto.

-Hay comunidades que están generando conciencia y denuncian también cuando son fumigados. Con la creación de una dirección nacional de agroecología, ¿por dónde se empieza?
¿Cómo te imaginás un programa federal?

-Hay una muy buena intención desde de la Secretaría de Agricultura Familiar de acompañar. Creemos que es un año para visibilizar todas las experiencias que hay y también encontrarnos pensando qué tipo de agricultura queremos para el futuro a través de los municipios, con las provincias y las universidades. Hay muchos proyectos en todo el país que hay que acompañar, hay gente interesada y que sabe para dónde tenemos que ir. El problema es que muchos otros
creen que solo hay una. Nosotros siempre fuimos por los que querían, y si es desde el Estado, mejor, porque se llega de otra manera, si es con la sociedad, mucho mejor, y sino seguiremos
trabajando con nuestras redes, hermosas.

-Hay un sentipensar de pueblos originarios que tiene que ver con la comunión con la tierra, ¿lo toman?

-La agroecología incorpora y tiene muy en cuenta los saberes ancestrales, de la agricultura madre. Siempre se ha estado atento, tanto es así que toda la cosmogonía que tienen todos los pueblos indígenas, de alguna manera la hemos trabajado. Con calendarios astronómicos que piden los productores, que son útiles. Hacer agricultura no solo depende del suelo, las plantas dependen mucho de las lunas, y esa es una mirada de los pueblos originarios, y también de nuestros abuelos. Mi abuelo era quintero, agroecológico, para él era importante sembrar, podar, de acuerdo a las lunas. Hemos hecho investigaciones con el INTA y la universidad, y una fecha distinta hace que nazca menos maleza, o que tengamos una respuesta mayor en rendimientos, y todo eso no está en la agricultura convencional, tan racional. Es una cultura adicta, que cada vez pide más.

-¿Se puede recuperar un suelo sobreexplotado?

-Hay recuperaciones, y son más rápidas de lo que uno pensaba. Con plantas es como vuelve a tener vida, no es con más drogas o más veneno. Entender a la naturaleza nos libera, y nos hace repensar las formas de vida. Muchos médicos con los que trabajamos nos dicen que la enfermedad aparece cuando se pierde la coherencia. La coherencia se pierde fácil, cuando uno hace una cosa y dice otra. Cuando uno cree que no debería aplicar con agroquímico, pero lo
aplica. Eso, a la larga, puede traer enfermedad.

-¿Sos optimista respecto a que en algún momento se puedan prohibir los agroquímicos?

-No tengo esa expectativa, siempre pensamos en que ojalá podamos persuadir a mucha gente, estamos convencidos que es lo mejor que nos puede pasar desde lo profesional. Ojalá que las instituciones del agro entiendan que bajar costos es la mirada que tenemos que tener,
después se pueden repensar retenciones de otra manera, ojalá se puedan fomentar los cultivos que sean agroecológicos, y tengan mayor valor nutricional. No se puede seguir aplicando más, ya aplicamos 500 millones, la UNLP ha demostrado que hay agroquímicos en las nubes, ¿vamos a seguir así? ¿dónde paramos? ¿en 600 millones, en 1000 millones?. Hay que hacerse más preguntas.