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Mitos mediáticos: “Perpetuarse en el poder”

Uno de los mitos mediáticos que la derecha convirtió más exitosamente en frase hecha, es que los líderes latinoamericanos de los diversos movimientos populares surgidos en la década pasada quieren “perpetuarse en el poder”. Recuerdo un día hace más de diez años, cuando mirando distraídamente la pantalla, mientras instalaba alguna aplicación, me apareció un jueguito de apariencia infantil, cuyo título era “Los que quieren perpetuarse en el poder”, y en una secuencia sinfín iban apareciendo Chávez, Lula, Néstor, Cristina, Evo, Ortega, Lugo, Correa. Era una especie de publicidad sin anunciante visible, que lo que publicitaba era lo que se convertiría en latiguillo, en acusación y en una de las justificaciones de los golpes blandos que siguieron. Ya estaba planteado por Estados Unidos cuál era el “eje del mal” en América Latina: el que ganaba las elecciones. Si todos los beneficiarios de esos gobiernos se hubieran sentido tales, el ciclo era definitorio: por primera vez en siglos, las grandes mayorías serían las que retendrían el poder, y no las elites, como hasta entonces.

El mito mediático, que completaba su sentido con otros atributos negativos (narcisismo, ambición desmedida, robo de lo público para beneficio personal, etc.), plantaba una semilla transgénica en la mente de millones de usuarios no politizados que tomaban a la web como un soporte neutral, y en los que les creían todavía a los grandes medios de comunicación. Las grandes mayorías debían ser desarticuladas. Y lo hicieron fomentando el odio de clase, el odio racial, los bajos instintos de sectores que pertenecen al mundo del trabajo y no al del capital.

Todo ha ocurrido vertiginosamente en estos últimos treinta días. En la Argentina estamos en el final de una etapa que nos devolvió sombríamente al neoliberalismo y a su verdadera biblia, que no es la que levantó la presidenta de facto de Bolivia, sino la creencia fanática en el ajuste social para elevar el margen de la renta financiera y la reprimarización de la economía. Fue a lo largo de años y en boca de miles de comunicadores y dirigentes que hablaron desde centenares de medios, que la caracterización de los gobiernos populares se cristalizó. Esos mitos –el populismo regala a los pobres cosas a las que no tienen derecho, porque son pagadas con los impuestos de todos; simula beneficios para las grandes mayorías pero ésa es la pantalla para que “los políticos se roben todo” –, son los mismos en todos nuestros países. Es una pantomima un poco pueril, ya que Chile estalló porque su pueblo no aguanta más, en la Argentina el neoliberalismo perdió por diez puntos las elecciones y en Bolivia derrocan a Evo Morales con una excusa ridícula (irregularidades en 78 actas sobre más de 33.000) y entonces, en el país con mejores resultados económicos y sociales de la región, donde por primera vez la población indígena estaba representada en el poder, pegan un golpe duro, sangriento, ya sin pretensiones de república, se decreta que las fuerzas de seguridad pueden matar sin tener que dar explicaciones, atrás de la presidenta de facto hay un hombre al que le gusta que lo llamen “el macho Camacho”, los pobladores aymaras son repelidos con balas y asco por militares de piel oscura, y una ministra de Comunicación echa a la prensa extranjera y amenaza con acusar al periodismo de “sedición” si menciona la palabra “golpe”.

Esos mitos antipopulares y antipolíticos germinaron con su veneno adentro y nos depararon en la Argentina estos últimos cuatro años de derecha saqueadora, persecutoria, delictiva, pero ahora parecemos mirar un terrible partido de tenis, girando alternativamente la cabeza, la mente y el corazón hacia Chile y Bolivia. Ambos escenarios son inéditos. Hace más de cuarenta años que el pueblo chileno dormía el sueño neoliberal de la normalidad, y su despertar combina extrañamente dolor y alegría. Es difícil de asimilar esa combinación, cuando estos días de policía militar enloquecida están dejando, de noche, a una generación sin ojos, mientras se están cometiendo delitos sexuales en las comisarías, están arrinconando a los manifestantes para que caigan al río, están matándolos. Y de día, la nueva Plaza de la Dignidad exhibe la contracara del horror de unas horas antes: la explosión de la creatividad y la confraternidad que da la lucha callejera. Muchos vimos el video de Frank, ese joven estudiante de Historia de Maipú, que tomó por asalto una cámara de televisión para hacer probablemente uno de los alegatos y análisis más lúcidos y autorizados que se hayan escuchado sobres las mentiras del neoliberalismo. Frank reprochaba el discurso de la meritocracia porque en Chile “ya están aburridos” de escuchar que el que no tiene éxito es un flojo. Frank tiene una beca y por eso estudia, pero pertenece a esos sectores que “se rompen la cresta” de sol a sol trabajando para después usar su salario apenas en comer mal y enfermarse, porque no hay salud pública, mientras los chicos ricos aprenden tres idiomas y cursan en aulas donde hay veinte, no cuarenta, y tienen su capital cultural ya embolsado por haber nacido en el seno de familias de elite.

“Me aburrí”, decía Frank, y me llamó la atención que reemplazara el me harté o me cansé. En los ´90, la derecha logró generar “jóvenes aburridos” que caían en la abulia política, porque “todos eran lo mismo”. Eso marca una enorme diferencia con lo que pasa hoy, cuando el “aburrimiento” no aísla sino junta, no aplaca sino enardece. También estos jóvenes chilenos están decepcionados de la dirigencia política, pero han descubierto que no están obligados a seguir mansos mientras otros hagan o no hagan las cosas por ellos. Han tomado el destino en sus manos, y si doscientos ojos después, decenas de muertos después, decenas de violaciones y abusos después, siguen y más inflamados todavía, es porque no se trata de espuma y no los convencerán con promesas. Hay una épica de la “primera fila”, que parece una avanzada vikinga protegida con escudos rudimentarios, atrás de la cual avanzan también uno o dos músicos, haciendo salir de su saxo o su violín la cadencia de El derecho de vivir el paz. Y uno ve eso y se queda estupefacto, porque ahí hay un pueblo que estuvo callado pero que entendió visceralmente que lo estaban jodiendo.

Frank pedía un cambio de rumbo, como piden todos los chilenos que hace un mes están en las calles. Colombia sigue esa ruta. Bolivia, mientras tanto, se desangra. No ha sido un golpe cívico militar tradicional el que sacó a Evo Morales del poder. Tuvo componentes inéditos. Los más importantes son la complicidad activa de la OEA, y el odio racial apoyado en la nueva religiosidad impulsada por las agencias de la CIA, que parece que ya abandonan las formas que nunca tuvieron contenido, y renuncian a simular que les importa la democracia. Pronto hablarán elogiosamente de una raza superior.

Todo fue farsa. La democracia nunca les importó más allá de su fachada. Quieren asegurarse que América Latina les pertenece, y han declarado a los pueblos indígenas como los nuevos blancos a eliminar. Vienen por los recursos y esos pueblos siempre han sido los mejores y más persistentes guardianes del equilibrio. El capitalismo financiero y corporativo es enemigo del equilibrio, porque necesita la gran escala en todo. En Bolivia y en Chile estamos viendo la gran escala de la crueldad.

Los gobiernos populares nunca quisieron “perpetuarse en el poder” a través del fraude. Hubo muchas elecciones, de medio término y generales en las que las derrotas fueron asumidas inmediatamente. Pero esos gobiernos, que cada uno a su modo, a su ritmo, con sus errores, con sus contradicciones, repararon más que ninguno de los anteriores las enormes deudas sociales latinoamericanas, trajeron un nuevo paradigma de distribución que la derecha no acepta. Y la repele y reacciona con ira, fanatismo y delitos de lesa humanidad porque es ella la que se ha perpetuado en el poder desde hace dos siglos, ella sí mediante fraudes muchas veces, y otras veces como mandantes de las fuerzas armadas. Es la derecha, el neoliberalismo, el racismo, el supremacismo, la política de los privilegios y la traición a la patria lo que se perpetuó realmente en el poder de nuestra región.

Los que echaron a Evo con el pretexto de que quería “perpetuarse en el poder” son, en Bolivia, los que han tenido el poder a lo largo de toda su historia. Nunca tuvieron reparos en mentir, en falsificar, en robarse lo público, en hostigar a opositores, en cometer crímenes aberrantes. De un partido o de otro, se han pasado la posta liberal y eurocéntrica primero, y neoliberal después, desde mediados del siglo pasado, y no soportan que por algo llamado democracia deban replegarse. Siempre han acusado en espejo. Pero sobre todo en esto: las proscripciones, la del peronismo o ahora la que pretenden del MAS en Bolivia, les resultaron exitosas. Vuelven a ellas. Lo que encuentran sin embargo, ya no son pueblos a los que pueden venderles sus folletos. Encuentran pueblos “aburridos” de tanta oscuridad y maleficio. Y esta vez ese aburrimiento de escuchar siempre lo mismo, de sufrir siempre lo mismo, no viene manso sino furioso. Lo seguirán intentando, pero no solamente Chile despertó. Ya viene Colombia. América Latina es para los latinoamericanos.

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Dos sonidos

De mis días fugaces en Capitán Bermúdez a mis cuatro años, recuerdo el peso del calor envuelto entre las calles de tierra. Un reencuentro con la familia santafesina de mamá que duró apenas un par de visitas después de un largo exilio. Tiempo después, la economía alfonsinista nos tendría ocupadas tratando de sobrevivir y nunca más volvimos. Pero de estas tardes en ese barrio de polvareda y de casas bajas, recuerdo especialmente la hora de la siesta. El sueño se negaba a venir y yo me amparaba en la televisión. Así supe de la chicharra paralizadora, una de las herramientas con que el Chapulín Colorado trataba algunos de los problemas que se le presentaba al personaje principal. Con un solo sonido, cualquier acción quedaba congelada y el tiempo se detenía, lo que le permitía al Chapulín cambiar el curso de las cosas. Con dos sonidos la acción se reanudaba, pero ya con en héroe sacando su ventaja.

Yo nací en ese tiempo entre un sonido y dos sonidos en la historia argentina. El primero sonó en 1976, con el último golpe. Y sonó dos veces en diciembre de 1983. Entre un sonido y dos sonidos desaparecieron treinta mil, nos endeudaron cinco veces, nos mandaron a morir al frío de la guerra y dijimos nunca más. Después Alfonsín, Menem, de la Rúa, el 2001 y después Néstor y Cristina. En el medio la vida. En el medio la democracia consolidándose poco a poco. Llegó la Patria Grande con Evo, Lula, Correa, Mujica, y Chávez, continuando con Maduro. Recordamos a Bolívar, recordamos a San Martín, a Perón, a Belgrano, recordamos al Che y a Fidel. Recordamos a Juana Azurduy. Nunca hablamos de Salvador Allende.

Pocas muertes fueron tan épicas como la del ex presidente de Chile. Dar la vida por su pueblo lo consumió en la literalidad. Pero no fue recordado ni incluido en nuestro reciente discurso latinoamericano. Y ése fue el primer éxito del genocidio en Chile: romper los lazos morales entre pueblos hermanos, neutralizando la capacidad de empatizar. Ver “La batalla de Chile” de Patricio Guzmán, permite saber exactamente qué pasaba antes de que la chicharra paralizadora sonara una vez para cambiarlo todo: un pueblo con conciencia de clase, organizado y consciente de sus derechos, y consciente también de que los embates venían de Estados Unidos con sus Chicago Boys. La previa fueron seis meses de hostigamiento, que es una de las seis etapas de un genocidio. Probaron con todo: acaparamiento, desabastecimiento sistemático, fuerzas de choque en las calles, lock out. Cuando nada de eso resultó pasaron a la etapa del exterminio. Pero esta idea de periodización del genocidio que plantea el sociólogo Daniel Feierstein, no termina sino hasta la etapa final: la realización simbólica: ¿Qué se recuerda de los asesinados? ¿Se los recuerda? ¿Se los reivindica? ¿Son símbolos para las generaciones siguientes? Si nada de eso pasa y, por el contrario, son olvidados o recordados de un modo horrible; si la imagen se distorsiona y se pierde la empatía con ese prójimo, entonces el genocidio fue un éxito. Fuimos nosotros quienes debimos recordar a ese Chile luchador, vanguardia de un socialismo por la vía democrática, que supo nacionalizar el cobre y crear las JAP ante el mercado negro. Nosotros debimos recordar a Allende en cada discurso nacional y popular de la Patria Grande, pero la demonización del enemigo – o del otro al que se quiere exterminar- fue efectiva. Estuvimos 40 años hablando mal de los chilenos mientras ellos se cocinaban al calor del neoliberalismo habitando un inframundo. Mi generación creció con un “qué feo que hablan los chilenos” de mínima, hasta que por culpa de los chilenos perdimos Malvinas ¿Podríamos decir acá que no recuperamos Malvinas porque los pibes de 18 años que fueron a morir a una guerra absurda no supieron ser los soldados que debían? Sabemos que la guerra de Malvinas fue un artilugio del gobierno militar. Había que recuperar legitimidad después de las cientos de denuncias ante organismos internacionales por la violación de derechos humanos en la Argentina. Chile también estaba en una dictadura.

Recién ahora se escuchan las primeras rajaduras de un modelo que vendieron como inquebrantable. Habrá que preguntarnos por qué recién ahora hablamos de Chile y nos emocionamos con Chile. Habrá que preguntarnos qué hicimos por los chilenos entre un sonido y dos sonidos en un tiempo de 46 años.

La chicharra sonó una vez aquel 11 de septiembre de 1973. Hoy, del otro lado de la cordillera, en este octubre de fuego, se escuchan dos sonidos inconfundibles.

Entre un sonido y dos sonidos los chilenos pasaron de llamarse “compañero” a tener todos los aspectos de su vida enredados y dependientes del sistema financiero.

Entre un sonido y dos sonidos les quitaron todos sus derechos. Pero los octubres latinoamericanos son impacientes, reveladores. La memoria histórica irrumpió como lava caliente desbordando las calles. Esto no es sólo una revuelta popular. Ni la sociología ni la teoría política me alcanzan para escribir. No hay palabras. No se inventaron los conceptos. Hace unos días mi amiga chilena residente en España me dijo: “Amiga, escribe como poeta”. ¿Acaso podríamos escribir sobre este nuevo Chile sin poesía? ¿Podríamos dar solo cifras o datos duros?

La memoria histórica salió de la clandestinidad y empezó a corroer. Se viralizan por las redes decenas de videos donde canta Violeta Parra en la voz de una mujer que se escucha en el fondo de ventanas recortadas una noche en Santiago. Circula Víctor Jara empoderado en los cientos de guitarras que entonan sus canciones. Crujen los medios de comunicación hegemónicos, principales vehiculizadores de la experiencia neoliberal. Retroceden en chancletas los intelectuales orgánicos de la miseria mientras el pueblo avanza.

Chile despertó, sí. Pero nosotros despertamos con Chile.

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Los indios del pasado y del futuro

Anoche estaba en Zapala, sola, cuando me llegaron esos videos que muchos vieron y que después no fui capaz de volver a ver. Escribí un posteo en Facebook que despedía el humo de mi rabia, un posteo descentrado y furioso que si no escribía me hubiese hecho daño. Uno ve lo que pasa. Es demencial. Esa mujer –no es casual que hayan elegido la mascarada de una mujer para hacerles de florero siniestro, lleno de flores carnívoras – hoy decretó que las fuerzas no deberán rendir cuentas por nada de lo que hagan durante la represión. ¡Y la libertad de prensa! Ese concepto de culto para acusar a los gobiernos populares de lo que nunca hicieron, censurar, salvo cuando los medios, como en Venezuela, eran parte activa de los intentos de golpe o cuando incitaban a la violencia contra quienes apoyaban al chavismo. Ahora en Bolivia las fuerzas le echan gas en la cara a los corresponsales extranjeros o los amenazan con acusarlos de sedición. Si algo tiene esta ultraderecha es libertad para expandir su odio. Ya llegarán protestas duras desde otras latitudes, pero aquí… parece un mal menor. Parece una necesidad tolerable. Consienten. Salvo excepciones, los que ya sabemos consienten todo, porque en realidad ven en Bolivia eso que quisieran hacer en todas partes, locuras tales como negar a los indígenas en un país con más de un setenta por ciento de población indígena.

Están alienados y tienen algo más que el falso diablo adentro que vemos cómo los pastores neoevangélicos les sacan al grito de “¡Vete demonio!”. Pero la presidenta de facto ha hablado de “satánica” para referirse a la Pachamama. A ella le gusta más Halloween.

Todavía no se dan cuenta, pero matan a los que han matado siempre desde hace siglos, y sin embargo no son los mismos. Matan a los indios como si hoy los indios fueran lo que fueron para las cortes del siglo XV. Y hoy son todo lo contrario: son la reserva de la especie para encontrar nuevas formas de estar y ser en el mundo, en armonía y en equilibrio.

Los jóvenes chilenos que usan punteros láser para enfrentar a los carabineros anabolizados estilo chimpancé, tienen otra idea de los pueblos originarios. El láser y la bandera mapuche se llevan bien y se necesitan. No hay contradicción entre modernidad y pueblos originarios, porque en el paradigma que todavía no tomó forma pero que germina, los pueblos originarios forman parte de lo nuevo. Tienen soluciones que Occidente no tuvo. Tienen saberes que Occidente no tiene. Lo plurinacional no es una forma de decir. Es un modo de integrar y acoplar lo reprimido, lo sabio, lo emergente, lo último, lo antiguo, y de vivir en paz.

Aunque hoy sigamos viendo escenas inenarrables dignas de torquemadas tan torpes como sanguinarios, se abre el camino de la cohesión plurinacional en todos nuestros países y la certeza de que la emancipación será con ellos o no será. No es una concesión de progresía. Es un despertar que nació en Chile pero se expandirá porque siempre nuestra región siempre fue el patio trasero que reprodujo con los originarios la opresión que Estados Unidos ejercía contra nuestras sociedades. Esos cholos y cholas que parten al alma cuando lloran a sus muertos estaban aquí desde mucho antes que llegaran los europeos y, qué paradoja, hoy nos están esperando en el futuro.

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Hay que arrancar los yuyos venenosos

Asistimos azorados y rabiosos a lo que la ultraderecha que comanda Trump tenía preparado para la región. El Grupo de Lima desfallece, y antes de que se fortalezca un nuevo polo progresista que le dé continuidad a las políticas inclusivas, Estados Unidos prefiere que mueran miles de personas. Indios, obreros, estudiantes, cualquiera que se oponga a los salvajes que si tienen poder es porque Trump los respalda. Usando a la OEA, que ya es un instrumento golpista que no puede dejar de dar explicaciones ni de pagar su responsabilidad en el desastre que tiene lugar tanto en Bolivia como en Chile, Trump se reserva el derecho de levantar o bajarle el pulgar al país que no se le arrodille.

Es totalmente inadmisible esta forma de dominación sangrienta porque la conocemos, la padecimos, la lloramos, la odiamos. Macri ha demostrado una vez más ser quien es, un sádico mentiroso cuyo gobierno volvió a gastar dinero en robots que llenaron las redes de “No fue golpe”. Fue golpe. No se discute más. No hubo fraude, hubo complicidad de la OEA y Evo fue rescatado con dificultad por México, en negociaciones en las que Alberto Fernández fue un protagonista activo. Evo iba a ser asesinado, al estilo de muerto el perro se acabó la rabia.

Bolivia y sus ultraderechistas son patéticos aspirantes a blancos que como no pueden escapar de su identidad creen que se blanquearán matando cholos y cholas que ya no son los mismos de antes. Recién escuché a Stella Calloni contar que estando en Bolivia un ultraderechista le dijo que los indios “se han vuelto insoportables porque se creen gente”. Y así del mismo modo en que el neoliberalismo nos dijo a nosotros que el bienestar de la década pasada les hizo creer a muchos trabajadores la “ilusión” de que podían irse de vacaciones o tener una casa, así en Bolivia el neoliberalismo les dice a los aymaras que no son personas. Si no son personas, pueden ser eliminadas.

La democracia ya no les interesa, como publicó en su portada el diario La Nación. No les interesa porque perdieron y no van a ganar elecciones nunca más. Trump lo sabe. Piñera va a caer. Lo que están haciendo con el pueblo chileno, disparando a los ojos, empleando técnicas de mutilación evidentemente con órdenes precisas, no quedará ahí. Es cuestión de tiempo, pero se despertaron los chilenos mientras los bolivianos vienen de trece años de estar bien despiertos con un gobierno que los representaba.

Hace mucho que venimos observando cómo en cada pueblo y ciudad por lejana que sea llegan las nuevas sectas neopentecostales, similares a las que adoran al Cristo sangriento que levantan los golpistas bolivianos bajo amenaza de que a la casa de gobierno “la Pachamama no entra nunca más”. Estúpidos. La Pachamama no necesita que ustedes le den permiso. Hace quinientos años que resiste y resistirá este embate también, porque no es una ideología, no es un concepto, sino la fuerza vital en la que creen los pobladores originarios de este continente, a los que la población mundial debería defender y rendir tributo: mientras el capitalismo corporativo banca el golpe para llevarse el litio de Bolivia, nunca, nunca se apagará el reclamo por el equilibrio. Los indios saben vivir mucho mejor que nosotros.

El partido final de ese capitalismo se juega en nuestra región. Tenemos que blindarla de alguna manera. Tenemos que ponerle fin a estos juegos siniestros que causan muertes humanas, animales, vegetales, minerales. Cualquier incitación al odio debe ser penada o expulsada. Somos demócratas, no idiotas. Pero hasta llegar a una democracia representativa la región tendrá que pasar por un período de autodefensa cultural, comunicacional y política. Ellos se complacen en el dolor. Nosotros con la felicidad. Pero si no arrancamos el yuyo envenenado, lo único que sobrevendrá será más confusión, más crímenes y más mentiras en boca de cachivaches con traje y corbata que nunca sirvieron para nada.

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Chile se despertó

En los últimos años, en estas notas, se habló recurrentemente de la “sensación de irrealidad” que intentaba impregnar en la sociedad el nuevo dispositivo de poder, más intenso y concentrado que nunca antes. Poder político, obscenidad judicial y grandes medios juntos en la tarea de culpabilizar a las víctimas. Despedidos, perseguidos, despreciados, reprimidos, invisibilizados, eran acusados de “algo haber hecho” para merecerse el dolor. Mientras tanto, los recursos escasos eran derivados hacia lo más alto de la pirámide. Se habló de la necesidad de romper ese relato hegemónico que bañaba de irrealidad la realidad.

No es el problema la construcción de un relato, porque todas las culturas, todas las religiones y todas las tradiciones políticas tienen un gran relato que las estructura, y fija su posición ante lo que está mal o bien. El problema era que este relato no llegaba a relato: cuando borraron a los héroes nacionales de los billetes (“Al fin algo vivo en los billetes”), lo que revelaron era que iban a prescindir de la historia, que desconocen y a la que ignoran, y que su relato se limitaría a acumular y esparcir básicos argumentos de resentimiento, no basados en una compresión determinada del mundo sino en la estimulación del odio. La grieta a la que apelaron no es otra cosa que mantener permanentemente dividida a la sociedad en mil debates legítimos, pero que alejaban la visión panóptica de lo que pasaba: estaban estableciendo un nuevo orden social, pensado como definitivo.

También se habló de “hechizo”, en una acepción muy lejana a la que le hace a Macri decir que su mujer es “hechicera”. El hechizo de referencia es un estado subjetivo y colectivo al mismo tiempo, cuyo trayecto se explica de afuera hacia adentro de las personas, y no la inversa, pero que luego de incorporado vuelve a salir, convertido en odio y en ceguera. Estos días nos hemos alterado al extremo, todavía asombrados de las imágenes que días antes llegaban del Ecuador. ¿Algún gran medio siguió la cobertura ecuatoriana? ¿Algún gran medio dio información sobre el encarcelamiento de correístas, de sus asilos en embajadas, de las venganzas ejemplificadoras que se tomaron contra líderes indígenas? No.

Eso forma parte de la sensación de irrealidad. La realidad se podía tapar. Pero ya no. Hay cadenas de informadores informales, nacidas del pueblo, que nos muestran, ahora, la barbarie de las fuerzas armadas chilenas. El “periodismo profesional” ha defeccionado. En el mundo y en esta región ardiente las multitudes tienen conciencia de la falsedad de las coberturas televisivas, aunque el desmadre chileno es tal, que la violencia extrema y descontrolada de los carabineros también apuntaron contra cualquiera que tuviera un micrófono, como el cronista de TN. En el pliegue abierto por las protestas masivas por una democracia que, como cantaban en España, “no lo es, no lo es, no lo es”, se pudo ver que la orden que tenían los carabineros era que su accionar delictivo debía ocultarse. Esas fuerzas parecen extemporáneas: nunca antes hubo tal proliferación de videos y fotografías y audios en los que queda al descubierto el gran delito de lesa humanidad que está llevando a cabo el gobierno de Piñera contra su pueblo.

Lo que Piñera pasó por alto es que la época ya no es aquella en la que la verdad asomaba por la televisión o los diarios. Atrasan medio siglo. Los pueblos se han hecho cargo de la información. Viene desordenada, mal fechada, sin créditos, con errores de tipeo, pero habla y vomita todo lo que los medios ocultan. Esos que no son periodistas sino aterrados vecinos que filmaron cómo los carabineros dejaban caer un detenido de una camioneta y lo mataban antes de acelerar, o los que tomaron las imágenes de otros carabineros entrando a los golpes a los domicilios de estudiantes, los que mostraron las visiones atroces de la cacería cuyo saldo de muertos se ignora todavía, han hecho por la información mucho más que los señores de traje y las señoras bien maquilladas que salen por televisión. La televisión ya no es el ombligo de la información. Las nuevas generaciones, las más libres y las más valientes, no se informan por televisión ni por los diarios.

La región arde. Parece que algún hechizo se hubiera roto. “No son treinta pesos, son treinta años” es la síntesis de un despertar aletargado pero de una potencia extraordinaria. “El pueblo se despertó”, era la frase proyectada en un gran edificio de Santiago. Los chilenos han salido a reclamar su vida digna, con la fuerza de quien ha permanecido mucho tiempo reteniendo su ira, arrodillado, reprimido de esa otra forma en que se reprime a la gente: no dejándola hablar.

En América Latina hemos vuelto a la realidad por el vacío de las heladeras pero también porque no alcanza vivir con la panza llena si apalean al de al lado, porque el de al lado puede ser uno mismo mañana, porque lo que se nos pide a cambio de no ser alienígenas es dejarnos colonizar, y la felicidad es un tejido inmaterial que entrelaza lo necesario para estar en paz con uno y con el mundo: una vida digna es imposible sin sensibilidad o sin justicia. Dice Macri que “la justicia social es un invento”. Justo en la Argentina un empresario torpe, saqueador y sin escrúpulos viene a decir que es un invento la memoria colectiva. Aquí la justicia social es una experiencia encarnada. Y eso es lo que jamás le van a perdonar a Perón.

A lo largo de la historia humana se ha mantenido a las aplastantes mayorías aceptando todo tipo de avasallamientos. Nos suelen contar la historia como una sucesión de batallas, invasiones, expansiones, conquistas. Pero hacia el interior de cada pueblo que colonizó o fue colonizado, ese hechizo también ha existido. Toda jerarquización hegemónica –étnica, de género, de nacionalidad, de color de piel, de inclinación sexual, y la lista es larga–, implica un pasado de resistencia y finalmente la aceptación generalizada de que “así son las cosas”. La aceptación del vencido forma parte del statu quo tanto como los privilegios de los vencedores.

La región está caliente. No es sólo el cambio climático lo que se acelera. Se acelera el capitalismo. Que ya no es lo que aprendimos en el colegio que era el capitalismo, así como no hemos vivido los últimos cuatro años en eso que nos enseñaron que era la democracia. Recuerdo el 83. Sacarnos la faja en el 83 fue una inmensa felicidad, porque volvía la democracia. Pero ahora ya no alcanza con eso porque la democracia fue siendo abusada poco a poco y más y más por el capitalismo corporativo. No alcanzan los conceptos. Los pueblos reclaman experiencias de bienestar.

Nos ha tocado ser contemporáneos de un momento bisagra. Lo que se quiere expulsar es el sacrificio de las mayorías para pagar esos privilegios que la señora de Piñera ya se dio cuenta que van a tener que amortiguar. No sé qué me causó más impresión: que viera al pueblo chileno como extraterrestre –es decir, asesinable–, o que hablara tan suelta de lengua de sus privilegios. Que dijera esa palabra. Que fuera tan consciente y clara en relación al orden que su marido intenta perpetuar. El de sus privilegios de clase.

La riqueza concentrada ha generado una nueva nobleza que reclama para sí lo que le resulta natural, sus privilegios. Hoy la región y el mundo están asistiendo al despertar de enormes mayorías silenciadas y mantenidas en la mugre para que unos miles acumulen todo. Se rompió el hechizo. Los alienígenas tienen la sangre del mismo color que la señora de Piñera. Pertenecen a su misma especie y a su mismo país. Y un aumento del Metro les revolvió las tripas, porque ahí sí hubo derrame: fue la gota que no contuvo el vaso. Hay pueblos que han sido tan maltratados, que ya no temen. No sabemos cuánto tiempo tomará ni qué articulaciones políticas podrán encausar este deseo colectivo de volver a vivir sin sufrimiento. Pero una vez roto el hechizo, será cuestión de tiempo. La noche neoliberal está apagándose. Se apagará más pronto si los pueblos se dan conducción política, y si siguen los dos pasos que Badiou considera indispensables para el amor: experiencia y construcción.