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Almagro contra la CIDH

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Columna de Sandra Russo en Juego de Damas, en Radio Nacional AM 870. Conduce Luisa Valmagia, de Lunes a Viernes de 18 a 20 hs.

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30 de agosto, 30 mil nombres

30 de Agosto. 30 mil nombres
Día Internacional del Detenido Desaparecido

No hubiésemos sido lo que somos sin ellos. En sus manos caídas, ausentes de tacto, está el recado.

Todo lo buenos que podemos ser como seres humanos estuvo plantado en ese colectivo de sueños encarnados por cuerpos rebeldes, valientes, furibundos. Dispuestos a conquistar el cielo por asalto. No seríamos, digo, ni vamos a poder siquiera a postularlo sin asumir que todo lo que vino después estuvo iluminado por sus trayectorias de voluntad amorosa y política.

Hasta sus madres, abuelas, hijos y nietos fueron reconfiguradxs por ellxs. Pero más fuerte aún: llegaron a teñir sus historias personales junto al derrotero de millones que los recuerdan, lxs llevan en las mochilas a las marchas, lxs presentifican en las Comisiones Internas de las fábricas y lxs traen al calor de la discusión junto a tres gritos de “presente”, en las asambleas interminables de las facultades y los secundarios.
Nuestrxs compañerxs, los 30 mil, son la uña encarnada del dedo índice del poder. Debe ser por eso que ya no logran señalarnos con la impudicia con que solía presumir. Los señores de la muerte ya no consiguen ocultar ninguna estrella, ni acaso desdibujar ninguna de sus apuestas militantes enclavadas en los ojos del presente.

Son y fueron vidas enteras porque su deriva en el humo de estas décadas no le permitió a los sacristanes de la tortura borrar los fragmentos de sus cotidianidades segadas. Varias canciones nos ensamblan con sus familias generacionales: las consignas reconvertidas en fotos en los pechos de sus continuadores nos rodean, como destinos, en cada movilización popular.

Para los genocidas quedará la tumba mugrosa de la ignominia y el desprecio. El peor final: la cáscara sin nombre. El epitafio raspado que nadie reconocerá ni recordará. Algunos, previo a eso, se pudrirán en sus cárceles de odio, roídos por los gusanos de su íntimo oprobio. Serán atravesados, además, por los grilletes punzantes que imaginaron nuestros huesos, clavados sine die en sus vísceras. Otros cargarán, como describió el Dante, con la degradación hecha harapos del que alguna vez incrustó su eternidad con la perpetua mácula de Caín.

Mientras tanto, como en un loop de sinfonías verdaderas, vendrán uno a uno los rostros y los apellidos de nuestrxs compañerxs. Cada vez sabremos más de sus múltiples risas. Veremos en la serie de nuestro futuro esos abrazos compartidos que alguna vez procuraron. Recién ahí empezaremos a ser capaces de entender la razón última de sus riesgos de coraje alumbrados por lanzaderas de amor trasmutadas en fuego.

Hoy son el homenaje que el llanto no logra diluir por las mejillas de la historia. Esxs 30 mil son millones. Pero no todos los millones que merecen ser. Recién serán cuando lo que conjeturaron con sus cuerpos se establezca como Matria/Patria. Y esa sea, por fin, la casa justa que pretendieron construir. Ese hogar conde los más vulnerables, los más sólxs, los más débiles y sus lastimadxs lleguen a florecer –sin obstáculos– en las formas buenas de vidas plenas. Algo que en forma empecinada, los poderosos intentaron e intentan evitar.

Su presencia no alcanza aún la altura equivalente de lo que fue el impulso de su época. Aún nos queda la tarea de instituirlos, como se debe, en la fragua de la presencia proyectada. Una promesa de memoria que asume sus programas vitales de belleza.

Las victorias y las derrotas no son capítulos finales. Son veredictos esquivos. Fuimos derrotados en una esquina brumosa de hace 4 décadas. Pero resultamos triunfantes en este gesto de rememoración presentificada que les seguimos dando. Este país empezó a ser otro con sus vidas. Hacerlos presente es seguir militando.

DiaDelDetenidoDesaparecido #MemoriasDeVidaYMilitacia #Son30Mil
Memorias de Vida y Militancia

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Czeslawa Kwoka / La historia de las fotos de Auschwitz

Colorear a veces hace revivir. No siempre, pero cuando se trata de imágenes que sólo habían sido vistas en blanco y negro, muchas de ellas rápido, sin detenerse en los detalles por lo insoportable de lo que se veía, poner color es acercar el foco, descubrir el brillo en la mirada, inclinar al que mira la foto hacia quien está fotografiado. En algunos casos, como en éste, es revivir el asesinato, la eliminación masiva y los grados de crueldad insondables que el blanco y negro va destiñendo. Casi todo el imaginario en blanco y negro que el mundo tiene sobre lo que sucedió en Auschwitz lo produjo un prisionero, Wilhelm Brasse, nacido en la Polonia ocupada. Fue capturado muy joven, cuando era ayudante de fotografía en un local de su pueblo, Zywiec, y como hablaba alemán le ofrecieron unirse a los nazis. Se negó y fue enviado al entonces flamante centro de concentración de Auschwitz-Birkenau, en 1940. Ya colgaba en sus portones de hierro la leyenda “El trabajo hace libre”.

El primer jefe del centro era Maximilian Grabner, que en 1947 fue condenado a morir en la horca por más de 25.000 asesinatos, entre más del millón y medio que tuvieron lugar allí, entre ellos los de 230.000 menores de doce años. En el 40, había allí judíos, homosexuales, gitanos y “presos políticos”, que eran todos los miembros de la familia de cualquier comunista, o gente “suelta” que era levantada en el camino. Pronto llegó Mengele y comenzó con sus experimentos. Los nazis tenían la obsesión de documentar todo, porque estaban convencidos de que matarían a todos los necesarios para imponer su supremacía. Grabner mandó a averiguar si algún prisionero era fotógrafo, y encontraron a Basse. Le confiaron la tarea de fotografiar de frente y de ambos perfiles a todos los prisioneros, y de registrar los experimentos de Mengele.

Brasse trabajó en silencio y en medio de una profunda perturbación íntima durante cinco años. Hizo alrededor de 50.000 fotografías que hoy forman parte estructural del Museo de Auschwitz. Tuvo un trato ligeramente preferencial: cuando no fotografiaba los cuerpos que iban esqueletizándose, lo mandaban a la cocina a trabajar como ayudante. Luego de la liberación de Auschwitz por las tropas rusas, él y los sobrevivientes fueron trasladados unas semanas a otro campo para atenderlos, mientras el mundo asistía a uno de los hallazgos de deshumanización más feroces de la historia humana. Los negativos habían quedado en Auschwitz pero fueron recuperados en su totalidad.

Cuando por fin salió a la vida otra vez, y hasta sus 92 años, cuando murió, Brasse nunca volvió a sacar una foto. Fue llamado “el fotógrafo de Auschwitz” siempre: el trauma de haber visto y registrar lo acompañó como una niebla interna durante toda su vida.

Pero una de las fotos que había tomado cuando era prisionero, la de una niña de 14 años, Czeslawa Kwoka, viajó en el tiempo y un día de hace algunos pocos años aterrizó en la mesa de trabajo de la fotógrafa y colorista brasileña Anna Amaral. El proceso del color sobre la foto de la niña que poco después de ser retratada fue asesinada con una inyección de fenol en el corazón por un oficial nazi, produce el efecto de un nuevo acercamiento a esa tragedia.

Czeslawa, católica, vivía en una pequeña casa con su madre, Katarzyna Kwoka, y las dos habían sido cazadas en el camino. Llegaron a Auschwitz en 1942. A la madre la mataron a los dos meses. La foto de la niña fue tomada un año después, poco antes de su ejecución. Estaba sola y sabía que no tenía oportunidad de salvación. Ya no tenía nombre. Era el número 26.947.

Antes de la foto, mientras esperaba en la fila de prisioneros, un soldado pasó a su lado y le rompió el labio. La niña lloró pero la llamaron para posar. Brasse recordó varias veces el gesto de Czeslawa: se limpió con el puño la sangre de la boca antes de pararse frente a la cámara. Ya en blanco y negro estaba toda esa oscuridad en su mirada. Pero el color que le agregó Anna Amaral la acerca en el tiempo, acerca el foco a ese abismo de miedo y desconcierto. La niña no hablaba alemán y desde que la habían secuestrado y trasladado no sabía por qué lo hacían ni qué le decían.

Cuando llegaron los juicios, años después, Brasse, que nunca olvidó ese rostro infantil espantado, testimonió contra el oficial que la asesinó. En materia de nazismo, el blanco y negro queda lejos, está impregnado en esas fotos que hemos visto en documentales o en libros sobre el Holocausto. La cara de esa niña de 14 años, con el labio roto y a punto de ser asesinada vuelve desde el pasado para decirnos que a la ultraderecha hay que detenerla siempre, porque diga lo que diga y aunque no lo confiese más que a veces, piensa, bajo cualquier forma que adopte, que la muerte del enemigo es la solución.

Hace dos años, cuando se cumplieron 75 años del asesinato de Czeslawa Kwoka, el Museo de Auschwitz la homenajeó con la difusión de su foto de prontuario coloreada por Amaral. Ahí están sus ojos, sus ojeras, sus moretones en la cara, su traje a rayas, su cabeza pelada, su orfandad y su muerte inminente, que se huele, densa, gaseosa, en la foto. Podemos imaginarla como una niña de 14 años parecida a cualquiera de las que conocemos. El color viene a decirnos que el mal nunca está tan lejos como para creerlo en el pasado.

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La fórmula Menem-Duhalde: el neoliberalismo entrando por la ventana

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Vocerxs destituyentes

VOCEROS
OFICIOSOS
Los ejércitos mercenarios y los auxiliares
son inútiles y peligrosos

Nicoló Macchiavelo

Suelta de cuerpo. Muy suelta de cuerpo, Juana Viale (a) “La Nieta”, con cara de inocente y tono pseudo-beboteo preguntó “Y, ¿termina el Gobierno?… ¿Termina el mandato?”. Fue la pregunta-respuesta a un comentario ya desafortunado de una de las históricas viudas del peronismo: Julio Bárbaro, otrora funcionario menemista, funcionario de Duhalde, funcionario de Néstor e interventor del PJ de la mano de Macri. Dijo: “Este Gobierno no gana las elecciones”, refiriéndose en los comicios del próximo año. La mesaza tembló. Tintinearon las copas de cristal. Y Juanita, que percibió una suerte de reconvención silenciosa, se retractó rápidamente. E insistió en su retractación luego del programa. Pero el huevo de la serpiente había sido depositado en tiempo y forma.

Rápido de lengua pero lento de reflejos políticos, Ernesto Sanz, el que denunció Pérez Corradi, el que avaló la inclusión de jueces de la Corte por decreto, utilizó un zoom con la presidenta del PRO, Patricia Bullrich, para descerrajar su pregunta cuasi golpista: “¿Cuánto tiempo demora esto en explotar?”, dijo, consciente de que esa pregunta iba a filtrar y se iba a instalar en las calenturientas mentes de la oposición más cerril.

Con Luis Novaresio como contraparte (no es un dato menor) y en un canal de esos que los medios concentrados usan para disimular sus propias operaciones, Eduardo Duhalde, (a) “Tachuela”, se puso cómodo con la idea de un golpe militar en 2021. “Es ridículo que piensen que el años que viene va a haber elecciones ¿Por qué va a haber elecciones? Tenemos un récord, la gente no lo sabe o se olvida: entre 1930 y 1983 hubo 14 dictaduras militares presidentes militares?” dijo ante la cara de estupefacción del conductor que pidió mas explicaciones chocando con un Duhalde gestual, lleno de tic sobradores y con chamuyo sobre información que, claro, los pobres mortales no tenemos.

Tres frases destituyentes (descontando la de Javier Milei porque hay algo en mi formación que me impiden considerar los dichos de los dibujitos animados) en menos de 15 días, disparadas con mira infrarroja de armas cargadas en una misma cueva. Y con objetivos humanos precisos. Juanita a su platea de señoras antiperonistas, crédulas y paquetas; Sanz hablándole a un radicalismo gorilizado que pide sangre y sólo sangre y, Duhalde, atendiendo a un peronismo residual y trasnochado que sólo desea la derrota de cualquier cosa que se parezca al kirchnerismo, Alberto incluido, aunque no se parezca en nada.

Y atrás, en las sombras, como ventrílocuo experto, Beto de Chivilcoy & Sus Mariachis, poniéndole voz a figuras mudas, casi de cera; estáticas, pálidas, un poco aterradoras, que agradecen el momento en que les permiten volver a brillar aunque más no sea un poco.

Voceros oficiosos, hubiese definido algún viejo cronista destacado en cualquier palacio de gobierno. Operadores módicos, digo yo; los que incineran viejas o futuras glorias en servicios cada vez más humillantes e inútiles… Sólo por 24 horas de presencia discutible en medios y redes.
Bazofia mediática. Porquería.

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Pelea de fondo

La telefonía y la conectividad como servicios públicos es una forma correcta de entender la realidad en la que los extraviados no admiten que viven. Para no contagiarnos hacemos teletrabajo los que tenemos la suerte de poder hacerlo. Pero los millones de compatriotas que dependen del Ife o los niños que reciben clases virtuales la necesitan tanto o más.

Nuestro modo de vida se articula en base a la conectividad. Que el negocio sea monopólico nos devuelve a Neustadt argumentando hace 30 años a favor de poder elegir entre un teléfono azul o uno verde.

Batallaba él, neoliberal pionero, contra la vieja y estatal Entel, que ya habían vaciado para aumentar su productividad. Después ganaron y se metieron el argumento de la «libre elección del consumidor» en el tujes, porque lo que querían no era eso, sino achicar el Estado. Y nunca se pudo elegir porque dejaron que la concentración de todo fluyera hacia un par de Grupos cartelizados.

Se quejan de medidas autoritarias, de un Estado «maoísta». Es apenas un Estado protector de derechos elementales.

Cualquier cosa será Venezuela. Pero la vergüenza, la muerte, el desequilibrio, los asesinatos en cadena, el espionaje, la corrupción no está en Venezuela. Déjensela a los venezolanos y córtenla con la metáfora más sucia de los últimos años. Lo aberrante siempre ocurre en los países que están bajo el ala norteamericana. Los canallas, los mentirosos y los lascivos que ríen mientras caminan entre muertos se agrupan ahí.

Es la señal de largada de una pelea de fondo. Preparados, porque a estos les tocan un centavo y se vuelven locos.

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